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Ciclismo

Las ‘Ruthis’, dos mujeres en bicicleta por Irán

«Las mujeres tienen prohibido pedalear allí. En algunos sitios está legalmente prohibido y en otros tácitamente prohibido».

Las Ruthis, Ruth Moll y Ruth Gómez, decidieron viajar a Irán para hacer algo diferente, reivindicativo por la igualdad y empaparse de paso de la cultura de ese país. Tras quince días de aventura, y subir al Damavand, el volcán más alto de Asia con 5.610 metros, y recorrer 800 kilómetros en bicicleta por el país, algo que está prohibido a las mujeres porque se considera «insinuante», han completado su desafío.

«Todo comenzó en España cuando decidimos ir a Irán, un viaje en autosuficiencia de forma independiente, sin respaldo de agencia y a un país tan complicado, del que hay poca información y muchas restricciones. Los primeros problemas empiezan a aparecer con los preparativos, con el tema de visados, cambio de moneda y tarjeta para el móvil», cuenta Ruth Gómez a Efe.

Una vez resueltos los primeros trámites, ambas comenzaron a diseñar el recorrido. El objetivo lo tenían claro: realizar un viaje en bicicleta con una parte de trekking en el Damavand. Y ahí fue donde surgieron nuevos problemas y más dificultades.

«Las mujeres tienen prohibido pedalear allí. En algunos sitios está legalmente prohibido y en otros tácitamente prohibido. Además, el tráfico en ciudades importantes como Teherán o Isfahán es una locura, porque te juegas la vida. Y hay otras zonas con menos tráfico, donde el gobierno no permite pedalear. De hecho, una ruta que íbamos a hacer al Mar Caspio la descartamos por tráfico y otra en la que bajábamos desde Teherán hacia el sur, quedó también descartada por trafico, y porque pasábamos por una zona que no estaba permitida por el gobierno», asegura Gómez.

Finalmente, las dos lograron diseñar un recorrido para conocer los diferentes rincones del país, sin jugarse la vida y sin correr demasiados riesgos. Desde la capital iraní tomaron un autobús de línea que les dejó en Isfahán, donde comenzaron su ruta en bicicleta. Una vez allí se dirigieron al sureste, por la zona desértica, hasta terminar más allá de Yazd, donde tomaron un nuevo autobús para volver a Teherán, última parada antes de regresar a España.

 


Subida al Damavand


Antes de comenzar su periplo por el país asiático, las Ruthis subieron al Damavand. Y aunque en un primer momento pretendían hacerlo junto a Parvaneh Kazemih, una de las mejores alpinistas iraníes y del mundo, con cinco ochomiles en sus piernas, lo cierto es que las españolas realizaron esta hazaña en solitario.

Además, previamente, querían ir a Nepal para aclimatarse a la altitud que se encontrarían en el volcán, pero para ello necesitaban ayuda de patrocinadores, algo que finalmente, no fue posible. «Por tema de patrocinio no pudimos ir a Nepal a aclimatar. Tuvimos meses de esperanza de conseguir un apoyo para ir, pero al final no salió. Así que fuimos directamente a Irán», explica Gómez.

Sin embargo, eso no fue un impedimento para que lograrán hollar el volcán más alto del continente asiático. «Nos sorprendió el paisaje, porque vimos todo muy desértico. Desde el campamento base se veía la zona del Mar Caspio que era lo más bonito. Fue una experiencia muy diferente a la del Kilimanjaro, porque se pilla altura en muy poco tiempo, de hecho el primer día ascendimos hasta las 4.200 y empezamos a notar algún síntoma del mal de altura. La experiencia fue muy diferente, pero no nos gustó tanto como la del año pasado», reconoce Ruth Moll al recordar el viaje que realizaron a la montaña más alta de África.

 


El deporte en Irán


Cuando las Ruthis tomaron la decisión de viajar a Irán sabían que el deporte se vivía allí de una manera muy diferente. Sabían que las mujeres tienen prohibido practicarlo en la calle, pero querían conocerlo de primera mano. Sin embargo, no fue hasta que lo vivieron en primera persona cuando realmente se dieron cuenta de las diferencias entre las dos culturas.

«Como sabíamos que allí las mujeres tenían prohibido hacer deporte al aire libre y prohibida la bici, queríamos ver qué pasaba si dos mujeres hacían eso. Por supuesto, siempre respetando sus normas. Queríamos vivir el deporte de la mujer y ver cómo lo practican ellas», asegura Moll.

Horarios restringidos, diferentes espacios para chicos y chicas, o los pocos deportistas que se ven por la calle son algunas de las diferencias que allí se encontraron. «En las piscinas, los gimnasios, los polideportivos, los hombres y las mujeres no pueden estar juntos. Todo es por separado. Las piscinas tienen horario de mañana para mujeres y por la tarde para los hombres», cuenta Ruth Gómez.

A lo que Ruth Moll añade: «Fuimos a un gimnasio de chicas que estaba a un lado del gimnasio de hombres. Y cuando entramos nos chocó que las mujeres estaban haciendo gimnasia en ropa interior. Como están tan cohibidas, allí se sienten liberadas. Pero una vez que terminaban su ejercicio se volvían a tapar y salían», dice.

«También fuimos a un polideportivo donde había un entrenamiento de voleibol de mujeres. Estaba todo tapado con cortinas para que no se las viera. Solo al percatarse de que se corrieron las cortinas se asustaron y se taparon, pensando que era un hombre, aunque eran conscientes de que no iba a entrar ninguno. Nos sentamos a ver el entrenamiento y nos dijeron que no grabáramos. Estaban entrenando en pantalón y manga corta con el pelo al descubierto», explican.

 


Situaciones de riesgo


Pese a que ambas montaban en la bicicleta totalmente tapadas, con el «hiyab», varias capas de camisetas y un pantalón ancho encima del culote, aseguran que «el 90 por ciento del tiempo» que no circulaban por el desierto, se sentían «observadas», y rematan al comentar que en ciertas ocasiones se les prohibió montar en bicicleta porque eran «mujeres».

Además, cuentan que vivieron dos situaciones delicadas. «La primera fue en el desierto. Paramos a hacer unas fotos en unas casas en ruinas y una señora que estaba lavando la ropa comenzó a decirnos cosas, pero no la entendíamos. Hasta que nos dimos cuenta que nos estaba echando, y comenzó a tirarnos piedras y palos», argumenta Ruth Moll.

«La segunda fue en el viaje de regreso a Teherán. El chófer del autobús nos chantajeó para que compráramos otros billetes con los que poder llevar las bicis, aunque los nuestros ya incluían su traslado. Finalmente nos sobornó y le dimos dinero para que nos las llevara. A mitad de camino tuvimos que bajarnos por un control de drogas con perros y militares. No sabíamos si nos habían metido algo en nuestras cajas y pasamos miedo. Gracias a Dios no pasó nada, pero en vez de ocho horas, tardamos once. Y ahí sí que vimos peligrar nuestro regreso a España», reconoce.

Sin embargo, ambas coinciden en que lo mejor de dicha experiencia ha sido la hospitalidad de la gente iraní. «En españa no abres la puerta de tu casa e invitas a la gente a que entre y se quede a dormir. Allí sí, allí es un halago, un orgullo. La gente te ve pasar con la bici y quieren mostrarte su amabilidad. Te sacan té, fruta en abundancia que ellos cultivan, y te insisten en que te quedes a dormir», explican.

«Así pasaban nuestros días. Después de la ruta en bici, acabábamos en un pueblo en mitad de donde fuera y en ese pueblo alguien quería ser tu anfitrión. Pasabas, te duchabas en sus baños, y en seguida te daban de comer. La mujer te mira y se preocupa porque comas, aunque ella no come. Luego echábamos allí la tarde con tés o dátiles y te enseñaban el pueblo. Además, te daban tomates, calabazas o pepinos como regalo», añaden.

 


Próximo reto


Ambas compitieron durante más de veinte años y aunque ya no se encuentran a un alto nivel competitivo, el deporte sigue siendo una necesidad de su día a día, lo llevan en la sangre. Es por ello que decidieron iniciar juntas esta aventura.

Ahora, una vez que han subido al Kilimanjaro, al Damavand y de haber recorrido Irán en bicicleta, las Ruthis no descansan y ya piensan en su próximo reto, donde tratarán de ir a una zona de frío para ver el impacto medioambiental. Eso sí, siempre con su bicicleta.

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