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Ryan Fitzpatrick, QB de los Tampa Bay Buccaneers. / Foto: ZUMAPRESS.com/Cordon Press

Deporte USA

Ryan Fitzpatrick, el quarterback salido de Harvard

El veterano jugador de los Tampa Bay Buccaneers lidera la clasificación de yardas de pase de la NFL por delante de Roethlisberger, Brees, Rivers y Cousins

Después de las dos primeras jornadas de la NFL (a la espera del Chicago BearsSeattle Seahawks de esta madrugada), llaman poderosamente la atención algunas situaciones. Por ejemplo, ver a los Tampa Bay Buccaneers como invictos en la primera posición de una división tan complicada como es la NFC South de los Atlanta Falcons, los New Orleans Saints y los Carolina Panthers. Por ejemplo, ver a Ryan Fitzpatrick, QB de los citados Buccaneers, como el jugador con más yardas de pase por delante de Ben Roethlisberger, Drew Brees, Philip Rivers y Kirk Cousins. Pero es que, en este arranque liguero, los números del 14 de los bucaneros abruman (819 yardas, 13.4 yardas de media por pase, un rating de 151.5 puntos, 8 touchdowns y una única intercepción) y, de repente, la franquicia de Florida se ha encontrado con un debate que posiblemente no quería: ¿Jameis Winston o Ryan Fitzpatrick? Sí, porque, en realidad, Fitzpatrick únicamente está jugando por un motivo: la sanción de tres partidos por mala conducta (entre otras impertinencias, manoseó presuntamente a una conductora de Uber) de Winston, 24 años, número 1 del draft del 2015, probowler, rookie del año en su temporada de debut y titular absoluto e indiscutible en Tampa. O, al menos, hasta ahora.

Nacido el 24 de noviembre de 1982 en Gilbert (Arizona) y, a sus 35 años, padre de seis hijos, Ryan Fitzpatrick, pick 250 en la ronda 7 del draft del 2005, es un veterano quarterback con una amplísima trayectoria en equipos con, en su mayoría, temporadas negativas (St. Louis Rams, Cincinnati Bengals, Buffalo Bills, Tennessee Titans, Houston Texans, New York Jets y los Buccaneers) y muy lejos ya de su condición de QB titular, que tuvo su máxima expectación externa (que él, con su juego, no alcanzó) en los Bills y que contó con un cénit sonado en los Jets de la temporada 2016, sobre todo después de que Fitzpatrick en la Week 3 cometiera 8 pérdidas y lanzara 6 intercepciones en un nefasto (y, para muchos, hasta gracioso) partido ante los Kansas City Chiefs (24-3). Ese día, el día en el implosionó, el QB de Arizona, aunque tal vez no lo supiera, puso el final a su condición de titular para abrazar su nuevo puesto de trabajo: ser backup, experimentado y solvente, de la estrella en ciernes, fuera en la franquicia en la que fuera. Aunque, tal vez, definir a alguien como Fitzpatrick diciendo que es un simple suplente sería limitarle demasiado, más si tenemos en cuenta este arranque liguero. Como siempre, habrá que viajar para entenderlo.

Puede que hayan tenido suerte alguna vez en su vida y que hayan ido paseando por el Back Bay de Boston, por alguna calle mítica como Clarendon Street (allí, en Copley Square, finaliza el tercer lunes de abril de cada año el Maratón de Boston) o Beacon Street, hasta superar el río Charles (con los remeros de rojo carmesí sobre sus aguas antes de que se fundan con las aguas del río Mystic camino de la Bahía de Massachusetts) y alcanzar Cambridge, la ciudad que mira a Boston desde la otra orilla, en la margen izquierda. Puede que hayan continuado teniendo suerte y que la variedad de edificaciones del Instituto Tecnológico de Massachusetts (una recomendación, deténganse a disfrutar del cambiante Stata Center del arquitecto Frank Gehry, uno de los edificios más característicos del MIT, una universidad privada por la que han pasado 91 premios Nobel) les haya conducido, ensimismados, a Harvard Square, la plaza triangular por la que se accede al Harvard Yard, la parte más antigua de la Universidad de Harvard, con sus más de 9 hectáreas de terreno, sus edificios rojizos, su césped cuidado, sus estatua de John Harvard, su verja, sus 27 puertas de entrada y sus estudiantes caminando, presurosos, meditabundos y, bajo mi apreciación claramente subjetiva, con rasgos asiáticos (en su mayoría). Puede que, incluso, se hayan cruzado en la Pizzería Otto comiendo una porción de pizza con Barack Obama (si fue en 1991), Matt Damon (si fue de 1988 a 1992), Natalie Portman (si fue en 2003) o Ryan Fitzpatrick (si fue de 2001 a 2004, aunque, para ser del todo exactos, en la Pizzería Otto no se habrán cruzado con ninguno de ellos, ya que dicho establecimiento no abrió hasta 2016). Sí, insisto, han leído bien: también con Ryan Fitzpatrick, el actual QB de Tampa Bay Buccaneers y que, muchos años antes, también fue un estudiante de Económicas en la prestigiosa Harvard, la mejor universidad del mundo según el Academic Ranking of World Universities.

Al contrario que la mayoría de universidades estadounidenses, Harvard no concede becas deportivas, así que hay que ser tremendamente inteligente y tener un expediente de estudiante impoluto para poder entrar en la citada universidad. Fitzpatrick, que se alzó con el premio a mejor jugador de la Ivy League en 2004, lo es. Ya en 2010, SportingNews le situó en el puesto número 5 de los deportistas profesionales más listos en el deporte estadounidense (Pau Gasol, que empezó a estudiar Medicina en la Universidad de Barcelona, aparecía en el puesto 15). Motivos tenía de sobra: Fitzpatrick sacó 1580 puntos en el SAT (la prueba de acceso a la universidad en Norteamérica), se define a sí mismo como “yonki” de la tecnología Apple, se pasa todo el día jugando al Scrabble y, si no hubiera sido jugador de football, se habría especializado en finanzas y habría trabajado en Wall Street. Y, además, según The Wall Street Journal, el propio Fitzpatrick logró 48 puntos de 50 posibles tras terminar en escasos nueve minutos el Wonderlic Test, un test que mide el nivel intelectual general y que las franquicias de la NFL realizan a casi todos los rookies (la puntuación de Fitzpatrick es la máxima de la historia de un QB y la segunda mejor en general tras la conseguida por Pat McInally, también exalumno de Harvard). Porque lo que sí que define realmente a Fitzpatrick (y a su mujer Liza Barber, también exalumna de Harvard) es la inteligencia. Y, de hecho, parece que la inteligencia ha sido trasladada a sus vástagos: Brady, su hijo mayor, de 11 años, es un prodigio de las matemáticas y un experto resolviendo el Cubo de Rubik. Quizá, en el futuro, también sea un backup experimentado que muestre sobre el terreno de juego méritos de sobra para quitarle el puesto al QB titular. Tal y como su padre.

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