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Atletismo

Mirando hacia otro lado

Debió ser en el Mundial de Edmonton, en 2010. La británica Paula Ratcliffe no pudo participar, pero estuvo en las gradas durante la carrera de lo 5.000 metros femeninos. Semanas antes de la carrera fue critica con una rival, la rusa Yegorova, que había escapado una sanción por dopaje por vaya usted a saber que tecnicismos. Las cámaras se entretuvieron tanto en la lucha por la medalla de oro como en los gritos de animo de Ratcliffe a la española Marta Dominguez, finalmente plata tras Yegorova, y proclamada campeona moral por Ratcliffe tras la carrera. La vida da muchas vueltas; quizá cuando fue la propia Marta Dominguez la involucrada en una red de dopaje Ratcliffe se sintiera traicionada o simplemente ingenua.

No es este el tema que me ocupa en esta ocasión. En el ultimo Mundial de atletismo ha habido, al menos, dos historias de dopaje. Dejando de un lado al eterno y reincidente Gatlin, su compañero en los 100 metros lisos, Coleman, consiguió la licencia para competir pese a saltarse tres controles sorpresa. En circunstancias normales, no debió participar. Posteriormente, y ya durante los campeonatos, se conoce la sanción al entrenador Alberto Salazar, por cuatro años, por prácticas dopantes. Aquí se complica un poco la trama, y no solo porque no hay atletas sancionados directamente y algunos de sus pupilos están aún en competición.

La IAAF, la federación internacional de atletismo, presidida por Sebastian Coe, había mostrado mano dura con el dopaje de estado de Rusia, obligando a sus atletas a pasar una serie de controles adicionales y a participar como apátridas, dentro de un grupo llamado atletas neutrales. Si esa decisión tuvo una gran mayoría de reacciones favorables, no tuvo tanto apoyo la no menos firme decisión de obligar a Caster Semenya a tomar medicación que reduzca sus niveles de testosterona. Sin embargo, las reacciones de la IAAF entorno a Alberto Salazar han sido mucho más tibias, con el propio Coe afirmando que los atletas que han ganado medallas durante su relación con Salazar no deberían ver su imagen dañada, porque al fin y al cabo no habían dado positivo.

Alberto Salazar estaba a cargo de un grupo de entrenamiento llamado Nike Oregón Project, financiado por la marca de ropa deportiva, un grupo que acaba de ser cerrado precisamente por Nike, que ha afirmado que ayudara a sus atletas a buscar otros entrenadores, y ha justificado la decisión por el excesivo peso que la figura de Salazar supone para los atletas. Para la IAAF como institución resultaría muy incómodo un enfrentamiento con uno de los mayores patrocinadores del deporte. Pero para Sebastian Coe lo es aún más, pues ha estado ligado a Nike de una forma u otra, durante nada menos que 35 años.

Dentro del atletismo de hoy en día quedan pocas figuras universales tras la retirada de Usain Bolt. Coleman o Gatlin. En el Reino Unido el problema es parecido una vez que Mo Farrah se ha pasado a las carreras fuera del estadio, principalmente la maratón. Pero Farah, ídolo de masas, hombre cartel de cualquier evento atlético en su país y personaje de imagen intachable, estuvo entrenado por Salazar, y fue cuando se unió al grupo de trabajo en Oregón cuando su carrera dio el paso definitivo. No sugiero con estas líneas que Farah actuase dopado, pero tampoco entiendo que se niegue la posibilidad de volver a pasar por tests antidopaje las muestras tomadas a los atletas de este grupo. No deja de ser un montaje, a menor escala, como el dopaje de estado del que se acusa a Rusia.

Durante las retransmisiones del Mundial en la BBC hubo dos momentos destacables en torno al caso Salazar. Por un lado, Paula Ratcliffe, tan vocal siempre contra los tramposos, no quiso implicarse. Teniendo en cuenta que su propia autobiografía dedica un capitulo entero a las trampas por dopaje y como afectaban a la credibilidad del atletismo, llama a atención que durante su intervención como comentarista dijese que Salazar solo era culpable de pasarse un poco de la raya y querer ganar a toda costa, como si aquello no fuese nada.

El segundo momento lo proporcionó la holandesa Hassan al completar su doble medalla de oro con un triunfo demoledor en los 1.500 metros. A pie de pista concedió una emocional entrevista a la BBC en la que se declaraba limpia, mostraba su furia por las críticas a Salazar, su entrenador, y cómo quiso usar esa furia como reivindicación. El americano Michael Johnson, ex recordman del mundo de 200m y 400m, fue crítico con ella. Dijo que era el tipo de respuesta que hacia dudar a la gente, que correr rápido no es precisamente levantar sospechas, y quizá lo que tenia que hacer era mostrar un tono mucho más conciliador, declarar que estaba dispuesta a pasar los tests que fueran necesarios y que entendía la reacción del público.

Todo está muy bien hasta que nos afecta, claro. Poca gente en España protestó cuando el danés Rasmussen fue expulsado del Tour de Francia, poniéndole en bandeja a Contador su primer triunfo, pero la descalificación de Contador por aquellos filetes “contaminados” fueron poco menos que cuestión de estado. Tampoco nos pareció mal que se desenmascarara a un tramposo, chulo y abusón como Lance Armstrong, pero cuando los deportistas al cuidado de Sabino Padilla sufren problemas, rápidamente defendemos a Indurain y, como Coe, resaltamos la ausencia de positivos.

Por si acaso lo pareciese, no trato de acusar a nadie de dopaje con estas líneas, y especialmente ni a Farah, ni a Hassan ni a Indurain. Trato de explicar la reacción de un grupo variado de gente, desde aficionados a directivos, ante una situación incómoda, y cuya primera reacción, humana y natural, es proteger. Y sin embargo es la reacción que más daño hace a su deporte. Si el aficionado no puede darle credibilidad a lo que ve en la pista, le quedan dos opciones: ver la competición como una pantomima o simplemente alejarse del deporte en beneficio de otra actividad de ocio. Por eso directivos y exdeportistas deberían tomarse su tiempo y analizar las situaciones sin banderas, amistades o lealtades personales o comerciales. Aunque el instinto sea proteger y mirar hacia otro lado.

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