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Víctor Fernández ya ejerce como entrenador del Real Zaragoza. / Foto: Twitter @RealZaragoza

Fútbol

Salvador del presente, prócer del futuro

Víctor Fernández es mucho más que el mejor de los extintores para que la Fundación 2032 no se convierta en la fundición 2019. Su llegada le cambia el centro de gravedad a un club donde, por vez primera en todo este vía crucis, el entrenador no será el rival más débil. Salvado el hoy, quizá estemos ante el presidente del mañana

Víctor Fernández será director general o presidente del Real Zaragoza del futuro, quizá ambas cosas consecutivamente, si, desde este sábado y desde el banquillo, consigue que el Real Zaragoza sobreviva a su endemoniada actualidad y tenga algún futuro. Cuesta imaginar que no haya un más allá terrenal, a pesar de todos los pesares, y por eso conviene pensar en él, para que dejemos de ser víctimas de este presente traidor, que casi siempre nos atropella porque pocas veces lo prevemos y analizamos. El periodismo debería ser entender, anticipar y explicar. Para dar fe y levantar actas ya están los notarios y los forenses.

Los autoproclamados -y hasta probables- salvadores necesitan que los salven. Que nos salvemos todos, claro, pero a ellos también y si es posible, primero. La Fundación 2032 -ya muy expuesta por tantas decisiones alternas entre los errático y lo antojadizo- parece conformarse con no convertirse en la fundición 2019. Sólo así se explica que hayan recurrido a una figura que cambiará el centro de gravedad de la entidad. Porque Fernández es un extintor para el sábado y quién sabe si será el prócer del futuro.

Hasta ahora, sacado Muñoz con un fórceps no esterilizado y sin un ícono que pesase más que el vacío imperante, siempre había bastado con diseñar el relato y contarlo con la voz adecuada. Con Fernández de vuelta al banquillo -aunque los próximos meses sólo haya que ponerse las gafas para ver de cerca y concentrarnos en evitar el descenso- resultará imposible que el club siga siendo lo que viene demostrando ser desde que la nueva propiedad sustituyó al infame Agapito en julio de 2014. La llegada de Víctor, de apariencia mesiánica, sofoca las llamas previstas para toda la semana y desinflamará el ambiente inicial del sábado en La Romareda. Había mucho miedo interno -fuera del vestuario- a este próximo partido contra el Extremadura y ese sentimiento ha precipitado los acontecimientos hasta gastar el último comodín. Se acabó el automatismo de lapidar al entrenador en plaza pública, apenas dos o tres meses después de sacarlo en procesión… presumiendo de él.

La figura de Víctor Fernández es un búnker en sí misma, en buena parte porque se lo ha ganado con unos éxitos que hoy suenan a epopeyas incluso para quienes los disfrutamos en persona. Con él, el entrenador dejará de ser el rival más débil cuando venga la próxima tormenta. De hecho, será el más fuerte y cuando reciba su primer silbido será porque ya no quede nadie por encima suyo -en el organigrama y palco actual- a quien instarle a que abandone el plató. Fernández tiene otra ventaja respecto a quienes lo intentaron esta temporada: Idiákez -inexperto y sin peso en el lugar- y a Alcaraz -experto, pero también un peso ligero en la ciudad-. Él es experto y es un peso pesado. Nadie va a poder -ni a intentar- decirle cómo jugar; ni va a tener que esperar un par de partidos para recibir ninguna autorización pública, ni va a aceptar que su mejor central pase un partido más sin jugar si deportivamente no lo merece.

Por primera vez desde Muñoz, el mayor activo deportivo de la entidad se sienta en el banquillo. Con la saludable diferencia de que a Fernández, por la crítica situación actual y porque maneja mejor los impulsos reptilianos, nunca le harán un Ranko. Y su andadura demostrará que, en el fútbol, hay un asunto todavía más terminal que un entrenador al que no le acompañan los resultados -latiguillo para acumular destituciones cada cambio de estación- y es un proyecto deportivo e institucional que se escuda detrás de un entrenador sin fortalezas y de relatos a medida.

Cefalópodo. Activista de imposibles renovables. Dueño, como nadador, de un diploma paralímpico único en Londres 2012. Único... porque no ganó más (50 espalda) y porque nunca nadie ha alcanzado uno igual: con 33 años y sin haber entrenado nunca antes de los treinta. Doctor Honoris Causa en México y conferenciante motivacional sin fronteras en www.delospiesalacabeza.org, regresa a la redacción deportiva tras fatigar teclados en Heraldo de Aragón y en As a principios del siglo

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