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Selección

Scariolo y el poder estocástico del baloncesto

De repente, el camino hacia la final y las ansiadas medallas se vislumbra con más claridad que nunca, y algunos ya incluso emplean el término expedito.

En una época en la que la verdad y la razón se hallan tan solo a un clic de distancia, la proporción de sabios cínicos ha adquirido niveles estratosféricos, y en demasiadas ocasiones se obvia que el deporte es terreno abonado a las sorpresas. Hasta las dos de la tarde del domingo, el consenso general de expertos y aficionados —perdón por la redundancia— resultaba implacable: España tenía una cita con la derrota, acaso con la humillación, ante el combinado de Sasha Djordjevic. La única duda residía en quiénes serían los señalados, pues el vulgo hace calceta con el olor de la sangre y toda hecatombe requiere unas cuantas cabezas de turco. A priori, las de Sergio Scariolo y Víctor Claver parecían verdaderamente propicias.

Desde el inicio del ciclo glorioso de la Selección, allá por 2006, cada campeonato ha presentado una pátina circense en comparación con el anterior: “Y ahora, más difícil todavía”. Ora entregando la primera fase, ora jugando sin Gasol, ora compitiendo contra los mejores norteamericanos desde el 92, ora cruzándose con el anfitrión en semifinales. En esta ocasión, la dificultad está radicando en una convocatoria de entreguerras con una lista de ausencias que, bien por inevitable agotamiento o bien por falta de compromiso, ha incluido a algunos de los puntales que aún conforman los restos del núcleo del combinado español. La cortedad de la plantilla supone un argumento poderoso para los profetas del apocalipsis antes mencionados, quizá más ávidos de tener razón que de advertir constructivamente los problemas.

España, acostumbrada a reinventarse, no ha dudado en hacer de la defensa la piedra sobre la que sentar las bases de su competitividad. Contra Serbia, tras un arranque un tanto timorato, Scariolo supo ofrecer soluciones desde la pizarra, colocando una zona que se le atragantó a los balcánicos. Sabedor de la intención de Djordjevic de percutir en la pintura, el italiano protegió la zona y cambió los esquemas del rival. Si quieres ganarme, vino a decir, tendrá que ser por medio de triples. Una apuesta arriesgada que funcionó gracias a las ayudas defensivas para obstaculizar el tiro de tres en que se afanaron los jugadores españoles, por encima de los cuales destacó Claver, eterno ceniciento que en este torneo por fin ha convertido las calabazas en diamante. Tras un goteo de lanzamientos punteados, los Bjelica, Micic, Lucic, Bircevic… fueron perdiendo confianza hasta fallar incluso los liberados. El desquicie serbio llegó a ser tal calibre que Jokic acabó en el vestuario antes de tiempo. La inteligencia de Ricky Rubio permitió administrar las ventajas, que se estiraron como un muelle entre los nueve y los veintiún puntos, y aún hubo tiempo para que Marc Gasol recuperase las sensaciones que necesitará para los cruces.

Mañana martes España jugará contra Polonia. De repente, el camino hacia la final y las ansiadas medallas se vislumbra con más claridad que nunca, y algunos ya incluso emplean el término expedito. Afortunadamente, Scariolo sí conoce de sobra el potencial estocástico del baloncesto, y sus obligaciones incluirán templar los ánimos. Es posible que, después de todo, el no dejarse llevar por la euforia constituya el nuevo “más difícil todavía” al que tenga que enfrentarse la selección. De cualquier manera, confiamos en ellos.

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