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Dustin Hoffman y Robert Redford, en "Todos los hombres del presidente". LFI/Avalon.red / Cordon Press

Periodismo

Se va el actor y se queda Woodward

El papel de Robert Redford como Woodward le ha permitido ser cazador de historias así como cuestionar los defectos del oficio en nuestros tiempos.

La historia es conocida y el entresijo del éxito no estuvo en el resultado. La noche del 17 de junio de 1972, cinco ladrones de documentos fueron detenidos tras haber allanado las oficinas del Comité Nacional del Partido Demócrata norteamericano en el complejo de oficinas Watergate. El FBI encontró conexión entre los ladrones y dinero negro utilizado por el Comité para la Reelección del Presidente (CRP), la organización oficial de la campaña electoral de Nixon y el Partido Republicano. El incidente, considerado al principio como casi anecdótico, cae en las manos del intrépido reportero del Washington Post, Bod Woodward. Tirando de un hilo tras otro, Woodward y su compañero Carl Bernstein descubren una trama cuya realidad superó la ficción, y el final sucumbe ante el proceso que nos condujo a ese lugar en que Richard Nixon se ve obligado a dimitir de su cargo como presidente de EEUU en 1974, tras sabérsele implicado en el asunto.

En su traslado a la ficción, esta investigación periodística resulta en un filme construido sobre los detalles, los momentos de espera, entre ires y venires de una relación furtiva: la del periodista (Robert Redford) y el testigo (Harold Rowe). No hubo lugar a explosiones, ni tiros, ni sexo. Tensión sí, pero no basada en el exceso o el artificio, sino en la trémula ansiedad propia de la avidez de la revelación. All the President’s Men (Todos los hombres del presidente) es una película que no atrajo las miradas a través de la acción o de la violencia con la que se atrajo las miradas, sino de las infinitas llamadas y aumento del volumen de las máquinas de escribir y teléfonos con los que se subrayó la importancia del trabajo de una sala de redacción (un efecto sutil, que les valió un Oscar al mejor sonido).

Nadie olvidará que Redford, en el papel de Bob Woodward, y Dustin Hoffman, en el de Carl Bernstein, ofrecieron una interpretación verosímil, rigurosa y muy bien armada. El ambiente de la redacción del periódico, los encuentros con los confidentes, los sinsabores de observar cómo se escapaban los hilos, todo eso se refleja de una manera casi fría, pero cargada de tensión. La química entre los intérpretes se percibe desde el primer momento y sólo es comparable a la que se establece entre Jack Lemmon y Walter Matthau en Primera plana, o la que fluye entre el comisario Renault (Claude Rains) y Rick (Bogart) en Casablanca.

Hay una escena que hace que nos detengamos en el tiempo. En un punto de la investigación, cuando deben decidir qué rumbo tomar y hasta dónde presionar, sopesar la historia y determinar el camino, Bob Woodward pregunta: “Si un hombre se detiene en la calle y me pregunta una dirección, ¿está interrogándome o está perdido? ¿Qué historia escribo?». Justo ahí, en ese instante, cuenta Redford en una entrevista a la BBC, que dejó de ser actor para graduarse como periodista. Ese periodista que le ha permitido ser cazador de historias para trasladarlas a la ficción, así como cuestionar los defectos del oficio en nuestros tiempos.

Con firmeza aseveró hace poco que los estándares de los periódicos se encuentran en “decadencia pronunciada”. “De ahí que los documentales se hayan vuelto tan importantes”, le dijo a la BBC. “Quizás sean una forma mejor de verdad”. Cuenta que en un momento determinado las revelaciones marcaron una especie de “cima informativa” para los periódicos estadounidenses. “Sobrevino cuando los periódicos habían alcanzado una cúspide de moralidad y profesionalismo y tuve mucha suerte de vivirlo”, dijo. “Creo que es bastante obvio que se ha registrado una decadencia desde entonces, pero nunca me imaginé que sería una decadencia tan pronunciada y drástica, que las reglas que gobernaban el periodismo —por ejemplo, el que uno necesitaba dos fuentes para lanzar una noticia— desaparecerían”. “Los instrumentos de la responsabilidad fueron abandonados en beneficio de las primicias no confirmadas. Creo que eso dañó el periodismo. La gente en mi país se pregunta cómo se puede tener acceso a la verdad”.

Hablar de cómo se echa de menos que en el tiempo de la pos-verdad los periodistas escriban verdades es, quizás, como esperar que la camarera barra debajo de la alfombra cuando tiene 203 habitaciones por limpiar. Los críticos señalarán que los periódicos han descubierto varios escándalos en años recientes, pero Redford dice que los directores de cine hacen una labor más profunda, dado que los largos tiempos de producción del cine permiten hincar el diente de mejor manera que los titulares periodísticos. “Ahora se pueden mostrar cosas en documentales que, tal vez, el gobierno o alguna gran corporación podría objetarlos».

“El cine y el periodismo son dos formas distintas de ver la historia, ambas aspirando a un acercamiento a la verdad”. “Un periodista no tiene que ser actor, pero un actor sí debe ser periodista”, fueron las frases con las que concluyó aquella entrevista. Tal vez lo diría, porque a lo largo de su carrera, Redford se ha convertido en personajes reales del mundo del periodismo. Sin lugar a dudas en el papel Bob Woodward encontró una fuente que pudo explotar mucho tiempo después en Conspiración y poder, de 2015, en la que interpretó al presentador televisivo Dan Rather, vinculado a una falsa noticia sobre el período militar de George W. Bush. Pero su seducción por el periodismo no se detuvo en su faceta como actor; como director en Pacto de Silencio (The Company You Keep) dejó ver lo cómodo que le resulta. No obstante, preguntado por el film, dijo “es un arma de doble filo cuando los artistas empezamos a hablar sobre el periodismo, porque no sé si los medios se sienten tan cómodos con las críticas de alguien que no pertenece a ese mundo”.

«Nunca digas nunca, pero he llegado a la conclusión de que, en lo que a la actuación se refiere, esta será la última», dijo ayer en una entrevista a Entertainment Weekly. «He estado haciendo esto desde que tenía 21 años. He pensado que ya es suficiente. ¿Y por qué no dejarlo con algo que es tan optimista y positivo?», afirma el protagonista de Dos hombres y un destino, El Golpe, El hombre que susurraba a los caballos o la más reciente Cuando todo está perdido. Pese a que lo diga con esa seguridad que le dan los años, sin duda, por todo y con todo, habrá que decirle a Redford que él no es un actor que pueda fácilmente decir adiós a las pantallas de cine, pues paradójicamente, en la cotidianeidad, no deja de ser personaje y guion de una de sus películas, alguien que no se irá del todo mientras una pregunta siga formulándose sin importar que la respuesta sea la misma: ¿Qué historia escribo?

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