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Seductor nocturno con alevosía

Lo bueno se acaba, se desgasta o se deja de valorar con el paso del tiempo. 

Esta campaña electoral me ha recordado a las primeras citas. Si os fijáis, no hay tantas diferencias entre el comportamiento de los contendientes de los debates a 4 y el de uno mismo cuando se enfrenta por primera vez a una velada romántica. Incluso si tu única intención es terminar en la cama con la otra persona no podrás evitar que todo lo que digas suene impostado. 

En la primera cita muestras la mejor versión de ti mismo, y en ocasiones una versión que ni siquiera existe. Tus movimientos son precisos, aunque seas un elefante en una cacharrería en tu vida diaria. La voz se te agrava y suenas como un crooner profesional, un Frank Sinatra regresado de la tumba. Por no hablar de tu elegancia, Humphrey Bogart se queda pequeño a tu lado. Todo lo que dices es profundo, intenso e inteligente. Tienes aficiones bohemias. Escribes haikus. Recitas a Rilke en alemán en tus ratos libres. Fumas en pipa y das largos paseos por el barrio de las letras en busca de inspiración para tu próxima novela. El mundo se queda pequeño ante tu genialidad.

También intentarás ser divertido y soltarás un par de chistes sobre el camarero, el local o la situación que se te venga a la cabeza. Siempre miras a los ojos e interpelas a tu cita con cada gesto. Hablarás de tus viajes, de cuánto has vivido, de cuántas aventuras has afrontado. A tus veinte y pocos años de vida ya te has convertido en un joven Indiana Jones travieso. Tu bohemia va unida a tu gusto por el alcohol, la farra y el tabaco, elementos imprescindibles del seductor nocturno con alevosía. Hablarás de tu trabajo y será emocionante, un cúmulo de riesgos y éxtasis diario solo al alcance de unos pocos elegidos como tú, el bohemio, el Humphrey Bogart, el galán de camisa de Primark y zapatillas de deporte.

Con todos estos ingredientes la velada transcurrirá entre risas y conversaciones intensas, como si la noche estuviera guionizada por el mismísimo I.A.L. Diamond. Si nada se sale del guion, cenaréis, os besaréis con pasión, quizá echéis un polvo, quizá no, y habréis tenido una noche de ensueño con una persona… Una persona que olvidaréis al día siguiente. Porque la perfección no hay Dios que la aguante. Hace falta un pedo, un exabrupto, algo que rompa con la monotonía del sobresaliente. La perfección aburre tanto en una cita, como en un candidato político. No deja nada para la anécdota o para el recuerdo. Hacen falta platos rotos, manchas de vino, cagarla o hacer el ridículo. Lo que más enamora de otra persona son los defectos, porque esos la acompañarán siempre. Lo bueno se acaba, se desgasta o se deja de valorar con el paso del tiempo.

¡Ojo! Tampoco hace falta que deslumbréis a la otra persona con toda vuestra sinceridad desde el primer día. Puede resultar más agobiante que inventarte que eres Cary Grant. Pero seamos honestos, yo no soy Humphrey Bogart, soy de Palencia, y tú probablemente no seas Marilyn Monroe.

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