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Sevilla-Rayo./ Cordon Press

Rayo

Certificado de defunción

El Rayo no comparece en el Pizjuán y sale goleado por el Sevilla (5-0). Los vallecanos, colistas. El descenso matemático podría consumarse el fin de semana.

Hay maneras y maneras de perder la guerra. Y el Rayo eligió la peor: hundido desde el principio, sin fe en sí mismo. Ni quiso ni pudo. Aún sin ser matemático (la salvación está a siete puntos con doce por disputarse, teniendo que recibir el domingo al Real Madrid), el equipo de la franja pareció certificar lo que el último día ante el Huesca asumió sin decir: la rendición. Así, el tanque sevillano avanzó plácido en la llanura de Nervión sin más oposición que el capitán Alberto, que evitó una sangría mayor.

Poco más positivo se puede decir de los vallecanos que la actuación de su guardameta. Las ganas de Embarba, algún destello de Pozo, quizás. De lo demás, nada funcionó. Empezando por el cambio de piezas de Jémez, que colocó a Velázquez de lateral derecho y a Uche y Di Santo por los sancionados Medrán y el añorado RDT. Ni Bebé ni Ba fueron tampoco de la partida, pero no parece tampoco relevante. El equipo no funcionó ni adelante ni atrás; ni en la elaboración ni en la destrucción; ni en la confianza ni en el amor propio. Fueron unos anti-votos matrimoniales, un acta de divorcio más bien. Tocará volver a conquistar, a renacer, la temporada que viene desde la categoría de plata.

La esquela del cadáver que con desagrado tendrá que ir a reconocer Presa dará cuenta que, en Sevilla a 25 de abril de 2019, demasiado duró la vida según los méritos de unos y otros. El balón comenzó en los pies de los visitantes por pura decisión de los de Caparrós, que preferían robar en la salida de balón para, en uno o dos toques, plantarse ante la portería de la franja. Así llegaron las ocasiones de Sarabia y Vázquez (dos veces ambos), Navas, Promes o Ben Yedder. Algunas se marcharon fuera por poco; en otras intervino providencial Alberto, que metió dos grandes manoplas también a tiros de Banega de falta y Velázquez en modo fuego amigo. Del ataque rayista no hubo noticias, con un tiro de Pozo fuera sin peligro alguno como único apunte. Vaclik tuvo, en esos primeros 45 minutos, la guardia más plácida en años que recuerda.


Lo inevitable


La segunda mitad fue una continuación de lo acontecido antes del descanso, con la diferencia del acierto de los locales y el correspondiente calentamiento de las gargantas del Pizjuán a base de repetir la palabra “gol”. Se cantó hasta en cinco ocasiones (seis si contamos que el cuarto llegó tras la consulta del VAR y la consiguiente celebración en dos tiempos). Promes, que vino de delantero y ha jugado más de lateral izquierdo que en ningún sitio, anotó el primero cogiendo su propio rechazo y sacando las vergüenzas de la defensa del Rayo, en especial de Uche. De haber tenido un móvil, el nigeriano se podía haber sacado un selfie si hubiese querido mientras el sevillista perforaba la red. Y una vez abierta la herida, la sangre no dejó de manar. Solo dos minutos después, en el 56’, Munir hacía el segundo tras otro ejercicio de desajuste de la defensa madrileña. En el 61’ repitió el ex del Barça y Alavés con la fórmula de Promes de “tumbo a Alberto y yo mismo cojo el rechazo”. Ben Yedder, seco en las últimas cinco jornadas pero que está cuajando una gran temporada, marcó el cuarto en el único error de cálculo del portero vallecano y Bryan Gil cerró el marcador para entrar en la historia como el primer goleador nacido en el siglo XXI. El 11 de enero de 2001 nació el de Barbate. Casi nada. Vaya golpe de vejez.

Esa juventud y vitalidad chocan con las arrugas del Rayo, que este domingo podría desconectar su máquina de respiración asistida. Para desgracia de la parroquia de la franja, y salvo milagro a lo Benjamin Button, será cuestión de tiempo. El certificado de defunción ya está firmado.

En la selva del periodismo, A La Contra me es un gran ecosistema donde habitar. No entiendo la vida sin deporte, así como tampoco sin historias. En este espacio intentaré contar las que piense pueden resultar interesantes, y hacerlo con estilo propio. Como Hornby, me enamoré del fútbol "tal como más adelante me iba a enamorar de las mujeres: de repente, sin explicación, sin hacer ejercicio de mis facultades críticas, sin ponerme a pensar en el dolor y en los sobresaltos que la experiencia trae consigo”

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