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Han Solo, sinvergüenza con media sonrisa.

Cultura

Lo que nos enseñan los sinvergüenzas

La historia está llena de grandes personajes que fueron auténticos sinvergüenzas, pero que aportaron más a la sociedad y al mundo que cientos de modélicos meapilas

Rodéate de sinvergüenzas. Si puedes, conviértete en uno de ellos. Los sinvergüenzas nos enseñan que se puede ser buena persona sin ser un pringado. De hecho, existe una amplia diferencia entre estos dos últimos conceptos, aunque en ocasiones no lo parezca. La inocencia y la maldad no están reñidas. Un tonto puede ser lo más dañino para la sociedad.

Cuando hablo de sinvergüenzas no me refiero a aquellos que delinquen, roban o no pagan lo que deben. Sino a aquellos como Han Solo, que nos enseñan que se puede luchar por el bien, incluso arriesgando la vida, sin mear colonia, ni dar constantes lecciones de lo políticamente correcto. Además, con una sonrisa de medio lado que ya la quisiéramos muchos.

“¿Me amas porque soy un sinvergüenza?”, pregunta Solo a Leia. “Me gustan los hombres decentes”, responde ella. “Lo soy”, sentencia el contrabandista antes de besarla. El personaje de Harrison Ford huye de la impostura, de los cuentos de princesas y masca la realidad como lo que es, polvo galáctico.

Probablemente todos recordamos a aquel rebelde sin causa que cohabitaba con nosotros en el instituto. Ese que siempre que podía llevaba la contraria o desafiaba lo establecido. Fumaba en el recreo, llevaba los pantalones por debajo del culo y podría haber sido interpretado a la perfección por Marlon Brando en sus años mozos. Vale, quizá la estética no era su punto fuerte, ni la ética, en muchas ocasiones, pero se lo pasaba tres veces mejor que los demás. Sobre todo, más que sus archienemigos, aquellos “deportistas de la matrícula de honor”, como los llamaba Gregorio Marañón, jóvenes con el único fin de sacar buenas notas “que se esfumarán en la penumbra intelectual”. En cambio, escribió el médico, “un mal estudiante puede ser, andando el tiempo, un gran hombre”. Exactamente igual que un sinvergüenza.

Quizá los buenistas molestarían menos al profesor, pasarían más inadvertidos y serían tan inanes como Luke Skywalker. Pero no olvidemos que el hijo de Anakin fue incapaz de revelarse a los deseos de su tío y con casi treinta años seguía deslomándose en las granjas de Tatooine, sin absolutamente nada en kilómetros a la redonda más que jawas y algún que otro pedo de Bantha. El joven Luke solo se atreve a seguir sus designios cuando su familia muere asesinada y no le queda otra, algo que nadie de la pasta de Solo hubiera soportado.

De vivir en nuestra época, el contrabandista hubiera sido todo lo contrario a un alumno o trabajador modélico. “Me voy un rato y a todos les entran delirios de grandeza”, señalaría sobre alguno de sus compañeros. La historia está llena de grandes personajes que fueron auténticos sinvergüenzas, pero que aportaron más a la sociedad y al mundo que cientos de modélicos meapilas.

Pío Baroja tardó en rebelarse, pero tras algunos años ejerciendo como médico rural, montando broncas constantes con los pacientes, decidió que su destino estaba lejos de lo que su padre había esperado de él: la literatura. De su historia nace El árbol de la ciencia, un libro donde se pone de manifiesto que comer la fruta prohibida, la de la razón, supone poner fin al paraíso. Eliminar el blanco y negro y darse cuenta de los matices. Esto es algo que los sinvergüenzas, a quien también podríamos llamar antihéroes, saben.

Ramón María del Valle-Inclán era hijo de una familia bien que terminó viviendo mal durante largas temporadas. Su concepto de la vida le podía llevar a perder un brazo por pelearse con un amigo periodista en un bar de Madrid, tirando por la borda su carrera de actor, y al mismo tiempo a perdonar a quien le hirió, comportándose con él como si nada de esto hubiera acontecido. Es en esa dualidad donde encontramos la riqueza de los sinvergüenzas. Es la nobleza y el descaro sentados en la misma mesa, compartiendo menú y charla apacible.

Ser un sinvergüenza supone también vivir contando los veranos que quedan por delante. Piénsalo. ¿Cuántos veranos te quedan? ¿20? ¿35? No son demasiados. El tiempo tiene verdadero valor si se arriesga y gasta en algo que tenga sentido. Quizá Hemingway lo sabía y, por eso, se suicidó tras haber sobrevivido a una Guerra Mundial, a África, a la Guerra Civil española y a la pobreza parisina. No le quedaban más borracheras por vivir.

Por cierto, un inciso. La sinvergonzonería está reñida con lo light, lo zero, lo hipoalergénico, el footing, el crossfit, el coaching, el spinning, los cuerpini, el unboxing y el relaxing cup of café con leche. Para entrar en este selecto club hay que echarle pelotas. ¿Recuerdas lo de los 35 veranos?

Existe una delgada frontera entre el villano y el pícaro del que venimos hablando. Mientras que el primero solo busca joder al personal, el segundo busca sobrevivir a las inclemencias del presente, ayudando a los buenos, pero sin besar los zapatos de nadie. Reivindicando su estilo, sus formas, su bofetón bien dado en ciertas ocasiones.

Otro que sabe bien de lo que hablo es Humphrey Bogart. O más bien, los personajes que interpretó a lo largo de su carrera. Esos hombres de mirada enjuta, actitud derrotada y facilidad para enamorarse. Personajes que acarician constantemente la ilegalidad, porque la justicia tantas veces nace alejada de los juzgados.

Cuando Rick en Casablanca dice que es de nacionalidad borracho, está hablando con el corazón. El mundo sibilino obliga a muchas buenas personas a dejar a un lado la elegancia pueril y beata para abrazar la elegancia del forajido. Lo que no significa que renuncien a sus valores, pero prefieren disfrazarlos entre licores, cigarrillos y noches en vela. Raymond Chandler decía que “Bogart no necesita una pistola para parecer un tipo duro”.

Otro que encaja en la descripción de antihéroe es Star Lord, el líder de los Guardianes de la Galaxia. Este Han Solo 2.0 no renuncia a una buena recompensa económica o a pasar una noche de sexo intergaláctico cuando se dé la ocasión. Por si fuera poco, su humildad es inexistente. De la misma forma, su trabajo consiste en salvaguardar el bien en el universo, pero sin renunciar a disfrutar del dinero, las mujeres bonitas y a quererse a sí mismo.

Los sinvergüenzas también nos enseñan que no hacen falta palabras, ni discursos grandilocuentes cuando tus actos tienen significado de por sí. Un granuja como Star Lord no es capaz de articular una frase medianamente lírica, o ya directamente con cierto sentido. Pero aprieta el gatillo a cambio.

En el mundo en que vivimos ser un sinvergüenza así es cada vez más difícil. No se acepta el silencio. Hay que pronunciarse sobre todo y a cada momento. La retórica se sobrepone a los hechos. Los discursos a las acciones. Los sofistas retoman el ágora y no hay ningún Platón que nos prevenga de ello.

Un sinvergüenza de pocas palabras es Batman. Vale, no es ni la mitad de ingenioso que Han Solo o Rick. Está más callado que una tumba. Pero no sigue las reglas. Hace caso omiso de la Policía y detesta al pulcro e impoluto Superman. Vive en una cueva y sus relaciones sociales son más limitadas que las de un elfo en el país de los orcos. ¿Acaso no hay que tener poca vergüenza para eso hoy en día?

Perder la vergüenza va más allá de comportarse como un idiota o un excéntrico. Es llegar al sumun del nosce te ipsum (conócete a ti mismo) que predicaran los estoicos hace cientos de años. Significa alcanzar la libertad, olvidar el qué dirán, las normas establecidas, las tendencias de Youtube o lo que sea necesario para acariciar el propio yo.

Estoicismo aderezado con buenas dosis de hedonismo, en eso se puede resumir cualquier sinvergüenza de los buenos. La perfecta fusión entre Epicuro y Marco Aurelio. Es en ese delicado equilibrio entre la vanidad y la conciencia donde se parapetan los verdaderos antihéroes. Son conscientes de lo que son y aceptan la inexistencia de reglas en un mundo loco y muy difícil de explicar. Un sitio donde un cuadro, una canción, un poema o una película componen mejor la auténtica existencia que un razonamiento lógico. La ausencia de sentido, sin embargo, no es óbice para que ellos dejen de intentar pasarlo bien a cada rato, acariciar como si fuera la última vez o reírse de todo, porque nada importa mucho. Hemingway resumió a la perfección esta idea del carpe diem en su decálogo del escritor: “Permanece enamorado, mézclate estrechamente con la vida, no pierdas tiempo, no intentes explicarte, ¡calla! La palabra mata el instinto creador”.

Se puede salvar al mundo sin perder lo que nos hace humanos. Muchos de estos sinvergüenzas no entenderían las discusiones de Twitter de este nuevo milenio. Preferirían actuar a parlotear, montarse en el Halcón Milenario a dar discursos en el Congreso de los Diputados, emborracharse y mear en la calle, pero ponerse la alarma para cumplir con su deber al día siguiente.

Los sinvergüenzas nos enseñan que hay cosas que se hacen mejor con resaca, como disparar al enemigo, pilotar una aeronave o escribir este artículo. Con ellos aprendemos que estábamos equivocados, que lo que se enseña en la escuela no sirve, los buenos modales sobran y hasta las palabras. Responder “lo sé” a un “te quiero” es quizá mayor acto de amor que un poema.

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