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RELATOS

Smoke gets in your eyes

Mientras ella comenzaba ya a girarse de nuevo para marcharse para siempre, y con el árbitro terminando de contar hasta diez, le respondió que sí, que solo le había entrado humo en los ojos.

No debería ser difícil de hacer, ya que lo había hecho antes en otras ocasiones. Siempre era él el que lo hacía. Intentaría ser amable y echarse la culpa y, luego, poner una carita, entre trágica y lastimosa, mientras encendía su Chesterfield sin filtro y fin. La cuestión era que había estado a punto de conseguirlo, pero solo a punto, a un palmo de tocar el cielo, pero no había podido ser. Siempre le pasaba algo, aunque no fuese cierto. Mientras escuchaba tintinear su bourbon en el vaso de grueso cristal pensaba en ir a ver a Joe Louis.

El local era amplio y con muchas mesas que conformaban un círculo donde se situaba la pista de baile, donde algunas parejas bailaban el éxito de ese año, “Perfidia”, unas más agarradas que otras, y entonces la vio llegar. Espléndida, con su blanco vestido ceñido y su melena rubia en la que se perdían sus ojos azules, pero que contrastaba cálidamente con el rojo de sus labios, mientras se acercaba con ambas manos por delante sosteniendo un bolso pequeño de fiesta, a juego con su vestido y que él comparó con un pequeño parapeto ante las adversidades, un escudo inconsciente ante algún desconocido peligro que pudiese acecharla y ese gesto, hubo de reconocer que le llegó más profundo de lo que hubiese querido.

Él se levantó a recibirla y tomándole la mano, la besó en su mejilla derecha e inconscientemente también aspiró profundamente su perfume mezclado con su olor personal, sin quererlo, sin planteárselo siquiera y, acompañándola con la mirada mientras se sentaba, comenzó a soltarle la mano que aún mantenía suavemente cogida, casi con tristeza, terminando de soltársela de una manera apenas perceptible, percatándose en ese momento de las miradas de admiración que ella había recibido de su alrededor, de hombres y de mujeres; cuando terminó de sentarse, colocando su pequeño parapeto a un lado lo miró sonriendo y él comenzó a replantearse todo y a darse cuenta de su error.

El solícito camarero se iba acercando mientras ella miraba a su alrededor con esa mirada que tienen las mujeres bellas, distraída y sin cruzar sus ojos con nadie o al menos solo por una imperceptible fracción de tiempo, sin importancia para ella, pero arrebatadoramente cálida para cualquier hombre que la hubiese disfrutado; entonces, lo miró a los ojos, hermosa, resplandeciente, tímida y recatada, desarmándolo ya por completo y sabiéndolo, dejándolo a merced de la impetuosa tormenta que se acababa de desatar en su corazón, dándose cuenta de que se había equivocado y de que no podría dejarla, como a las demás, pues jamás lograría olvidarla.

Cuando el camarero se situó junto a ella, la orquesta había iniciado un tema que ya tenía un par de años, “Smoke gets in your eyes”; ellos me preguntan cómo supe que mi amor verdadero era verdad, yo por supuesto le respondí: algo aquí dentro no se puede negar, porque había estado ciego y quería decirle que tirara ese parapeto porque no lo necesitaba, porque nunca más le haría falta y, entonces, negando con la cabeza al mismo tiempo que sonreía, le dijo al camarero que no quería nada, porque se marchaba y mirándolo a él le dijo que la perdonase, pero que no quería hacerlo largo, y que había sido bonito, pero la esperaban fuera y no quería entretenerse, mientras se levantaba cogiendo su pequeño bolso y pensando sin que él lo supiera en el Packard azul descapotable recorriendo Ventura Highway hasta la casa con vistas al mar en Montecito, en un desvío a la derecha justo antes de llegar a Santa Bárbara.

Ella, dura y fría, lo acababa de tumbar en la lona con dos derechazos como Joe Louis a Henry Lewis, mientras a él, intentando ponerse en pie, dolorido y sin que se lo pudiera creer aun, se le acababan de saltar las lágrimas; entonces, girándose ligeramente mientras se marchaba, ella le preguntó si se encontraba bien, y mientras ella comenzaba ya a girarse de nuevo para marcharse para siempre y con el árbitro terminando de contar hasta diez, le respondió que sí, que solo le había entrado humo en los ojos.

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