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Southgate, durante la tanda de penaltis ante Colombia | CORDON PRESS

Mundial Rusia 2018

Southgate derrotó a su pasado

Inglaterra rompió la maldición que le perseguía desde los once metros. Lo hizo con Garreth Southgate en el banquillo, el inglés que más lo necesitaba.

La parada de Pickford a Bacca y el posterior gol de Dier significó para los ingleses mucho más que una clasificación a los cuartos final del Mundial. Inglaterra volvía estar entre las ocho mejores selecciones del mundo doce años después y, además, lo conseguía de forma agónica, cuando parecía que los fantasmas del pasado volvían a aparecerse sobre una de las aficiones más apasionadas del fútbol europeo. Los tres leones llevaban seis eliminaciones consecutivas desde los once metros, en los Mundiales de 1990, 1998 y 2006 y las Eurocopas de 1996, 2004 y 2012. Si hay algo que aterroriza a un inglés, más que una tarde sin té, eso es una tanda de penaltis.

De entre los más de 50 millones de ciudadanos en Inglaterra, hay uno que se sintió especialmente liberado. En la Euro del 96, el fútbol volvía a casa. Ese fue el eslogan que la Federación inglesa empleó para promocionar el segundo gran torneo futbolístico en celebrarse en suelo británico. El primero fue el Mundial del 66, en el que los anfitriones se alzaron con la Copa del Mundo tras derrotar en la gran final a Alemania con un gol fantasma de Hurst que, hoy, hubiera sido anulado por el videoarbitraje. Con la esperanza de repetir la hazaña alcanzada en casa 30 años atrás, la selección inglesa se plantó en las semifinales ante, precisamente, su contrincante en la final del 66, la selección germana. La venganza de los teutones fue la más cruel de todas, derrotando a Inglaterra desde los once metros y alcanzando una final que terminarían llevándose. El jugador inglés que falló en Wembley el penalti decisivo fue Garreth Southgate, el actual seleccionador del país británico.

Ese fallo le persiguió a lo largo de su vida durante más de veinte años. “La caminata pareció durar para siempre. La multitud estaba tratando de distinguirme: es Southgate, el chico sin experiencia”, escribió en 2003. “No miré a mi alrededor, no hablé con nadie. Yo era el sexto hombre. Era mi turno, nadie me había obligado a ser voluntario. Dentro de mi cabeza, la lucha ya había comenzado: puedes lidiar con esto. Se definitivo, ten confianza, no cambies de opinión, no mires al portero, no te caigas”. Las críticas de la prensa fueron feroces con Southgate, una persona de familia bien al que en Inglaterra banalizan en ocasiones por su acento del sur un tanto pijo. Cuando Sam Allardyce fue destituido como seleccionador nacional 67 días después de su nombramiento por una trama de corrupción en fichajes, la Federación inglesa apostó por un técnico joven, con una mentalidad abierta en la que cupieran ideas futbolísticas más allá de las islas británicas.

El perfil escogido fue el de Garreth Southgate, un hombre de la casa, para rejuvenecer a una plantilla que tenía que pasar página a esa eterna generación dorada, de la que siempre se esperó más de lo que luego ofreció, de Terry, Lampard, Gerrard o Rooney; que dieron paso a los Stones, Dele, Sterling o Kane. El nuevo seleccionador se cargó el sistema 4-4-2, con más años que la Reina Isabel II, e inculcó un mensaje positivo, de valentía y de no mirar al pasado. Lo decía por propia experiencia. Si como futbolista contribuyó a esa leyenda negra de Inglaterra y el punto de penalti, como entrenador quiere empezar a desmitificar la sombra de pupas que persigue al conjunto inglés. Por el bien de su país y por el suyo propio.

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