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Sporting de Gijón, 1981.
Redondo, Rivero, Maceda, Joaquín, JIménez y Ciriaco; Abel, Mesa, Cundi, Uría y Enzo Ferrero.

Fútbol

Sporting: no podemos olvidar

Hoy, que el Sporting pelea el sueño del ascenso, recordamos uno más antiguo y que nos enseñó que “sólo se envejece cuando no se ama”.

Lo difícil es olvidar. Lo imposible es decir que los recuerdos no son importantes. Por eso es parte de nuestro trabajo volver a ellos, recuperar lo que aprendimos de la vida como en aquel estadio de El Molinón gobernado frente a las cámaras por los puros de los directivos en el palco y por futbolistas sin gomina en el césped. Al contrario. Tenían el pelo desordenado porque, en realidad, el pelo de los futbolistas no era importante. Vestían pantalones de pana y jerseys de escote en pico al salir del vestuario. Pero eso no les impedía correr los 100 metros por debajo de 11 segundos como pasaba con Enzo Ferrero. El número 11, el extremo izquierdo en una época en la que el fútbol no se entendía sin el uno contra uno. Todo lo que no fuese eso era una amenaza sin buen gusto, imposible de pronosticar de cara al futuro.

Pero lo que no imaginábamos entonces es que el futuro tiene los ojos cerrados. Tampoco lo imaginaba Enzo Ferrero que se quedó para siempre a vivir en Gijón y que hoy ya tiene 65 años. Sufrió un infarto que complicó su calidad de vida y que le impidió correr tan rápido como antes. Pero jamás nos olvidaremos de él ni de su velocidad ni del año 81 cuando el Sporting no sólo opositó a ganar la Liga. También fue parte de esa película de Garci que iba a lograr el Óscar en Hollywood a mejor película extranjera: Volver a empezar. Un estímulo que hoy nos invita a recordar, sea o no con la compañía de la música de Cole Porter, Begin the begín, la banda sonora de la película y de su brillante mensaje “Sólo se envejece cuando no se ama”.

Así fue la película en la que el protagonista era un ex futbolista del Sporting, Antonio Albajara, que acababa de ganar el Premio Nobel de Literatura y que, instalado como profesor en EEUU en la Universidad de Berkeley, venía de paso a la ciudad. Y volvió a El Molinón a pisar la hierba más verde de la tierra y a recordar con esos viejos ojos de los que no se olvidan de nada. Y a la escuela de Mareo, de la que siempre escuchamos hablar con tanta admiración. Y allí, en una comida de homenaje, en la que estaban los jugadores del Sporting de la época, el gran José Bódalo hizo una descripción del Albajara futbolista que valdría para hoy y para toda la vida. “Los jóvenes teniáis que haber visto como Albajara paraba la pelota a media altura y sin dejarla caer, la colocaba a la derecha, 25 o 30 metros, justo a los pies del extremo. Antonio era un jugador duro pero noble, valiente, que tenía una mano en lugar de una pierna. Pero, sobre todo, lo que tenía Albajara era un cambio de ritmo brutal”, añadió antes de que sonase el educado aplauso de la sala.

El otro día, volviendo a ver la película, volviendo a escuchar ese discurso de José Bódalo, volviendo a ver la mirada de Albajara, volviendo a recordar la fachada del hotel Asturias, entendí que el fútbol no ha cambiado tanto en los últimos 40 años. Quizás los dorsales de los futbolistas alteraron nuestra memoria: ya no recitamos alineaciones como cuando éramos niños. Quizás ya tampoco estamos convencidos de volver a ver a esos viejos extremos con el número 11 como Enzo Ferrero que regateaban hasta su propia sombra. Quizás ya ni tan siquiera Gijón sea una ciudad con ese acento industrial de entonces. Quizá algo tenía que cambiar para que no todo siguiese siendo igual. Pero los futbolistas como el Albajara que nos describe Bódalo en la película, los futbolistas que tienen un guante en vez de una pierna, siguen siendo los más admirados. La música de Cole Porter también conserva la capacidad intacta para emocionarnos, para acompañar esos paseos de invierno por la playa de San Lorenzo o la siguiente oportunidad de gol en El Molinon una tarde de domingo.

Pero hay cosas que no cambian porque no pueden cambiar: no importa que hoy el Sporting ya no pelee por ganar la Liga, porque eso es parte de la vida. Fue lo único que no nos contó Garci en Volver a empezar. Pero entre Antonio Ferrandis y Encarna Paso sí nos contaron que sólo se envejece si no se ama. Y entonces, aunque fuésemos muy jóvenes, entendimos que uno se puede enamorar igual de un ascenso a Primera que de un título de Liga. El primero, Enzo Ferrero, ese señor mayor de hoy que ya tiene 65 años, el pelo cano y no tan rizado como en el 81.

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