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Tabárez, en el banquillo uruguayo durante el pasado Mundial. / Foto: DPA/Cordon Press

Fútbol

El ‘Maestro’ ya es rector

Óscar Washington Tabárez, recién renovado al frente de la selección de Uruguay hasta 2022 y vigente en el cargo desde 2006, es un unicornio de 71 años que, en este ciclo, aspira a batir varios registros de longevidad y buenas prácticas existentes en el fútbol mundial

Uruguay siempre ha crecido en la resistencia. En una resistencia activa, que no se limita a evitar derrotas, sino que aspira a las victorias más improbables desde la única condición de nunca traicionarse a sí misma. Podría considerarse una resistencia insistente. O una insistencia resistente. Lo abstracto de cualquier genética se lleva a lo concreto desde la vida y el ejemplo de sus habitantes. Y ejemplos, pasados y presentes, sobran a este lado del Río de la Plata.

Arrancando por el prócer Artigas, descendiente de aragonés y libertario en diferido, de apenas una medalla (únicamente, en toda su trayectoria como jefe militar de su pueblo, se impuso en la batalla de Las Piedras): murió voluntario en su exilio paraguayo, porque nunca quiso aceptar las invitaciones a regresar de quienes ganaron la contienda y expulsaron a los suyos. Ya muchos años después de fallecido, regresaron sus restos para descansar en un imperdible mausoleo situado bajo la Plaza Independencia de Montevideo. Artigas, ideólogo de un pueblo uruguayo que abarcaría parte del sur de Brasil, del noreste de Argentina y una amplia zona del actual Paraguay, convivió con la derrota como compañera más fiel y obtuvo la única victoria que no se mancha: la de trascender y ser reconocido a partir de nunca traicionarte a ti mismo.

El ya expresidente y exsenador, Pepe Mújica, de pasado guerrillero Tupamaro y con un historial carcelario de 15 años en prisión, canalizó su convulso periplo vital en uno de los gobiernos (2010-2015) más sociales, prósperos y honestos consigo mismos de toda América Latina. De todo el globo. Incluso Obdulio Varela, el negro jefe, capitán del Uruguay que incendió Maracaná en la final del Mundial de 1950 ante 200.011 brasileños —11 en el terreno de juego y 200.000 en las gradas— ha trascendido como figura inspiradora de la resistencia. Por ese partido y por sus cuitas personales y sociales. Cualquiera de estas tres biografías son un regalo para el alma y un espejo, con sus imperfecciones, claro, donde mirarse en la única trinchera en la que deberíamos vivir: si el mundo parece no poder cambiarse, intentemos que el mundo no nos cambie. No nos estropee, contamine y pervierta.

El mundo, su inexorable avance, no han logrado cambiar todavía la misión de Óscar Washington Tabárez en el fútbol uruguayo. El Maestro, como se le conoce en el ambiente por su pasado profesional como profesor de primaria en varios de los barrios menos favorecidos de la capital, ha renovado hace escasas semanas su vínculo como seleccionador charrúa hasta el Mundial de Catar 2022. Ni siquiera la enésima crisis directiva de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), intervenida por FIFA en agosto y en manos de una Comisión interventora tras la dimisión del anterior presidente del fútbol uruguayo, Wilmar Valdez, ha supuesto un impedimento para que su contrato volviera a extenderse. Será el quinto ciclo de Tabárez al frente de la selección celeste, tras una primera experiencia entre 1988 y el Mundial de Italia 90, y una segunda que prosigue desde 2006. Si clasifica a su país para el Mundial de 2022, alcanzará una histórica mayoría de edad y superará todos los récords al frente de banquillo nacional.

La figura de Tabárez muestra dos perfiles para una fotografía con marco dorado en las vitrinas del fútbol uruguayo. Y cualquiera de los dos son difíciles de superar. El perfil de los números está iluminado por datos rotundos. El 12 de octubre de 2018, en un amistoso contra Corea del Sur (2-1), dirigió su partido 186: 90 victorias, 47 empates y 49 derrotas. Hace ya tiempo, el 23 de marzo de 2017, en un encuentro contra Brasil, superó al alemán Sepp Herberger para convertirse ya entonces (con 168 partidos, 18 menos que ahora) en el técnico con más partidos al frente de una selección. El danés Morten Olsen aún asoma tercero en esta tabla, con 160.

Su dimensión, ya universal, presenta muchas más aristas. Bajo su dirección, Uruguay ha clasificado para todos los Mundiales en disputa, desde Sudáfrica 2010 hasta Rusia 2018, además de Italia 1990. Si hace lo propio en Catar 2022, donde Tabárez llegaría con 75 años de edad, y los charrúas alcanzan los cuartos de final con él al mando, el Maestro igualará a Helmut Schon con 25 partidos dirigidos en un Mundial. Ahora, tras los cinco partidos vividos en Rusia, asciende a la cuarta posición, con 20, tras el citado Schon, los brasileños Parreira (24), Scolari (21) y empatado con el también carioca Zagallo. Mitos como Bora Milutinovic, Guus Hiddink y Henri Michel ya han sido superados y, de los vigentes, ni siquiera Joachim Low (17), renovado tras la reciente debacle germana, aspira todavía a semejante laurel ya que, en el próximo Mundial, incluso con su cambio de formato de competición ya aprobado, se seguirán jugando un máximo de siete encuentros: dos en la fase de grupos y hasta cinco en las eliminatorias.

Óscar Tabárez (Washington le llaman sólo sus más próximos) fue el entrenador más veterano en dirigir a una selección durante Rusia 2018, siendo tres años más mayor que el argentino al frente de Colombia, José Néstor Pekerman. Sólo el alemán Otto Rehhagel, que en Sudáfrica 2010 dirigió a Grecia a sus 71 años y 10 meses, le supera en esta mirada histórica. Tabárez, que ya ha visto pasar nueve presidentes de la AUF desde su cargo actual y que convocó a Andrés Scotti, vicepresidente de la vigente Comisión Interventora, en su primera citación de 2006 (amistoso contra Irlanda del Norte: 1-0, Estoyanoff), sí se convirtió, con 71 años y 119 días, en el seleccionador más longevo en disputar unos cuartos de final de un Mundial de fútbol. Fue el pasado 6 de julio y ahí Uruguay cayó eliminada sin demasiada oposición por la futura campeona: Francia.

El Maestro, ya rector de este universo sin universidad, siempre ha sido más de letras que de números. Su mayor interés, desde que pusiera fin a cuatro años en el banquillo de Boca Juniors y asumiera de nuevo al frente de la Celeste (en la temporada 97-98, tras dejar el Milán, vivió en el Oviedo su única experiencia en el fútbol español), ha sido dotar de programa, programa y programa a un fútbol tan competitivo y fértil como desordenado internamente. Conseguir lo máximo y que, lo mucho o poco que se logre, sirva de legado ha sido siempre su mayor obsesión.

El central Lugano fue su primer capitán y Forlán, su primera estrella, en el inicial proyecto deportivo que, pese a clasificar con dificultad para Sudáfrica 2010, allí superó toda previsión alcanzando las semifinales. Era una Uruguay de piel áspera y pegada demoledora. Cavani, Suárez y Forlán suponían una amenaza de primer orden para cualquiera y eran sostenidos por siete gladiadores para la destrucción masiva. Arévalo Ríos, Eguren (ex Villarreal), el Ruso Pérez, Walter Gargano… dinamitaban cualquier intento de construcción rival, con la doble tranquilidad de que los tres de arriba se las arreglaban solos y los cuatro de atrás hablaban un idioma similar al suyo: Lugano, Scotti, Godín y, entre otros, Álvaro Pereira, quien, con 125 llamadas, ha sido el jugador más requerido por Tabárez desde 2006.

Esta fórmula, además, les hizo gritar campeón en la Copa América 2011 en Argentina, y legitimó un trabajo siempre bajo la influencia de los resultados en los primeros años. Ahora, en cambio, parece capaz de flotar en medio de cualquier naufragio. ‘Tabárez se irá cuando Tabárez lo considere’, se afirma en los distintos estamentos. Hay un modelo que se viene trabajando con las categorías inferiores en el muy renovado Complejo Celeste, centro de trabajo y entrenamiento de la selección nacional y de sus equipos menores, que permite vivir un cambio de ciclo continuado. Godín, Suárez, Cavani y Muslera se integraron en la generación anterior de Lugano, Forlán, Ríos y Eguren, y ahora ellos son los padrinos de Betancur, Torreira, Vecino y De Arrascaeta, quienes representan una propuesta de juego en las antípodas de la versión inicial, donde el mediocampo ya se declara zona urbanizable. Estos jóvenes deberían vivir su máximo esplendor en Catar 2022.

Ahí, tras estos años de nueva clasificación para un Mundial y con la intención de ponerse al día con la única promesa aún por cumplir, como es la de dedicarle atención y recursos a los jóvenes proyectos de futbolistas de fuera de la capital, con 75 años y, quién sabe, si con el récord de 25 o más partidos al frente de una selección en esta máxima competición, Tabárez pondrá fin a un proyecto deportivo y casi de vida que ni siquiera una neuropatía crónica ha sido capaz de afectar, más allá de a su movilidad, en los últimos años.

Su fortaleza va más allá de unas muletas y su didáctica siempre alcanza sin necesidad de inflamar las palabras y los tonos. Óscar Washington Tabárez ha ascendido a rector del fútbol mundial de selecciones, pero siempre será el Maestro.

Cefalópodo. Activista de imposibles renovables. Dueño, como nadador, de un diploma paralímpico único en Londres 2012. Único... porque no ganó más (50 espalda) y porque nunca nadie ha alcanzado uno igual: con 33 años y sin haber entrenado nunca antes de los treinta. Doctor Honoris Causa en México y conferenciante motivacional sin fronteras en www.delospiesalacabeza.org, regresa a la redacción deportiva tras fatigar teclados en Heraldo de Aragón y en As a principios del siglo

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