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Mundial Rusia 2018

También podemos ganar con muletas

El mundo gira al revés para Óscar Tabárez, el milenario seleccionador de Uruguay que hoy necesita una muleta para caminar y que en 1990 ya dirigió al equipo en el Mundial de Italia.

La muleta, sí. La muleta que acompaña a todas partes a El Maestro, Óscar Washington Tabárez y que nos demuestra que las piernas a veces envejecen más rápido que la motivación. Ahí sigue un tipo de 71 años, un hombre que ya podría estar jubilado, disfrutando de la bahía de Montevideo, sin las exigencias del minuto 90. Pero así es Tabárez, el entrenador imprescindible de Uruguay, el hombre que la ha dirigido en cuatro Mundiales, el mismo que no se cansa de estar en todas partes. Ni siquiera con esa muleta que le acompaña hasta para celebrar los goles y que añade una carga heroica a toda esta historia, la suya, la de El Maestro, la del hombre que, antes de ser entrenador, fue profesor de instituto. Un caballero de los pies a la cabeza, con ese pelo aplastado y esa voz que podría ser la de Frank Sinatra y su inolvidable legado: «Brindo por la confusión de nuestros enemigos», decía La Voz.

La muleta, sí, claro que sí, partidaria de las vocaciones que no mueren nunca, capaz de resumir a un país como Uruguay en el que la literatura futbolística ha construido su propio mundo gracias a la imaginación de Benedetti o Eduardo Galeano. Gente capaz de señalar a Montevideo, esa ciudad en la que nació el entrenador hace 71 años, como «un campo de fútbol con casas». Desde allí, Tabárez aprendió a triunfar, a sobrevivir y a fracasar cuando no quedó más remedio. En el viaje intentó explicar que, pese a todo, el mundo no se termina por perder un partido o un campeonato. Cosas fáciles de entender y difíciles de explicar en un país de la vehemencia de Uruguay, que jamás renunciará a la idea de volver a ganar un Mundial. El secreto está en organizar tanta pasión, y el que lo hace sigue siendo Tabárez, un hombre que atravesó tantas generaciones de futbolistas que, a los que no le conocemos en persona, nos parece un sabio.

Hace 28 años, en el Mundial de Italia 90, ya fue seleccionador de un equipo en el que estaban Francescoli o Rubén Sosa. Luego dirigió a personalidades como Recoba o Forlán. Gente que, como la de ahora, habla con locura de El Maestro, con ese aspecto de galán de Hollywood en el que esa muleta de hoy, sí, indica que la edad no perdona a nadie. Ni siquiera a él, que aun así sigue conservando la confianza de todo un pueblo que se emociona al escucharlo porque es como si nosotros volviésemos a escuchar al fallecido Luis Aragonés. Cosas obvias y a la veces inolvidables: «Nos propusimos ser un equipo difícil para cualquiera y lo logramos», continúa diciendo El Maestro.

Y la muleta no le desdice y, a los 71 años, tampoco desconfía de los milagros ni de aproximarse con responsabilidad hacia ellos en un país que vive los partidos al límite. Quizá porque esa es la grandeza de Uruguay. Su población total no alcanza ni el número de futbolistas federados en Brasil. Sin embargo, eso no es impedimento para que la Uruguay de Tabárez siga siendo un enemigo de atar. El país, a pesar de su inseguridad y horas de comisaría, siempre presume que en su hábitat «la esperanza se levanta varias veces al día» y también presume de Tabárez, el entrenador milenario. Un entrenador que no fue muy afortunado en Europa. Entrenó al Milan o el Oviedo, donde dejó huella por esas frases suyas que tal vez siga repitiendo con la muleta, partidario de desconfiar «del complejo de superioridad de las grandes potencias» y de apelar siempre al fuego de la cancha, «donde el mundo gira al revés».

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