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RELATOS

Tánger II: dolor

Hacía rato que algunos corderos sonaban desde las azoteas o las puertas de las casas donde, amarrados a rejas, habían pasado la noche entre el pasto aromático verde claro que les habían servido como última cena

La llamada a la oración comenzó esta mañana cuando aún no habían dado las seis; desde el minarete, con el enorme megáfono que tenemos cerca de la casa mirando hacia el suroeste, comenzó a elevarse al cielo la oración mientras la noche aún no se había terminado de marchar. Al-lahu-akbar, Alá es el más grande, poniendo énfasis en la letra “u” para luego armonizar con una larga y salmódica “a” final, que sirve de unión tras un pequeño silencio para enlazar con los siguientes versos de la sura coránica. Ya hacía rato que algunos corderos sonaban desde las azoteas o las puertas de las casas donde, amarrados a rejas, habían pasado la noche entre el pasto aromático verde claro que les habían servido como última cena; se escuchaba el trasiego de la gente reuniéndose y llegando los unos a casa de los otros saludándose con voz queda con as saalam aleykum, que significa que Dios te proteja y te de seguridad. Cuando a las ocho y media abrí las ventanas altas y delgadas del salón, vi que mis vecinos habían colocado unos plásticos delante de ellas aunque mi vecina, a la que no conocía, al oírme, movió uno de ellos y asomándose y en perfecto castellano me pidió disculpas diciéndome con una sonrisa en la cara y encogiendo ligeramente los hombros que iban a traer a un cordero. Asentí y le dije que no había ningún problema, entendiendo que algo así, fuese lo que fuese, necesita de intimidad, o tal vez pensasen que los occidentales son bastante impresionables a esos ritos. De todas maneras, no pude evitar dejar las ventanas abiertas y quedarme allí plantado y lleno de curiosidad, pero en silencio.

A rastras, trajeron al cordero, que balaba resistiéndose, grande, hermoso y de lana amarillenta, como todos los que había visto durante el día anterior. Lo tumbaron en el suelo y pude ver su mirada claramente, ya que un plástico transparente no es lo más indicado para salvaguardar la intimidad. Me di cuenta también inmediatamente de que mis ventanas miran hacia el oeste, ya que pusieron al animal mirando hacia mis ventanas, mirando al este, mirando hacia La Meca, apoyado en el suelo por completo, agarrado fuertemente entre dos hombres y una mujer, la que me habló; levantándole la cabeza, le sujetaron la garganta, sacándosela un poco hacia a fuera, y lo degollaron de dos o tres tajos, arriba y abajo, y sus balidos desesperados pasaron a ser ronquidos ahogados mientras la sangre sonaba contra las piedras del suelo como un grifo manando agua. En ese momento me di cuenta de que los plásticos no eran para salvaguardar la intimidad ni para evitar un mal rato a un occidental, sino para contener las salpicaduras incesantes que eran enormes y que helaban el alma, como de una manguera rota aumentadas por los movimientos espasmódicos del animal. En menos de un minuto se quedó quieto por completo, habían dejado de oírse los estertores. Al poco rato, pusieron una barra de hierro entre nuestra reja y la suya y con esfuerzo, lo colgaron para poder eviscerarlo y despellejarlo, utilizando un cuchillo pequeño para separar la piel del cuerpo, dándole grandes tirones hacia abajo, y todo eso sucedió en ese minúsculo patio necesitado de pintura adonde dan tres puertas. Tuve que cerrar la ventana del olor tan fuerte y decidimos salir.

Bajamos a la calle y volvimos a escuchar balidos y estertores alternándose por detrás de puertas, en rincones, callejones y azoteas y bajando por la Rue de la Kasbah pequeños regueros de sangre desde las dos aceras a un lado y a otro se unían en el centro de la calle en un pequeño río rojizo al que se acercaban algunos de los muchos gatos que había para lamerlo antes de que terminara desapareciendo en una alcantarilla, produciendo el sonido de una fuente. Mientras, las mujeres salían a lavar las palanganas y utensilios en las fuentes públicas y los hombres iban echando agua con cubos minúsculos para hacer desaparecer la sangre y depositaban las vísceras y las pieles enrolladas en la basura, a veces con la lana hacia fuera y a veces hacia adentro, a veces colocando dentro las vísceras a modo de bolsa, quedando de todos modos todo a la vista. Mientras, por las calles, algunos jóvenes mostraban orgullosos cabezas de corderos degollados que ostentosamente mostraban a los transeúntes desde esas motos de carga que emplearon para llevarlos, lo que la gente celebraba y los hombres con sus túnicas blancas ensangrentadas, se felicitaban unos a otros, dándose la mano e inmediatamente llevándosela al pecho, a la altura del corazón, ese que Alá quiere que conserven puro y para ello les pide que sacrifiquen corderos mirando hacia La Meca.

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