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Tato Abadía, al frente de La Casa de los Quesos, en Logroño.

Fútbol

Tato Abadía, del fútbol a vender quesos: “No he cambiado tanto”

De desbordar por la banda derecha en los ochenta a regentar su propio negocio, La casa de los quesos, en Logroño, donde los recuerdos viven en paz.

No fue un mito pero pudo serlo en los ochenta. Y, en cualquier caso, hoy es algo más que eso: es un ejemplo de las vueltas que da la vida. De futbolista a regentar su propio negocio, La Casa de los Quesos, en Logroño, cara al público, horario comercial, mañana y tarde al pie del cañón, donde a los que le conocieron entonces tal vez les parezca “una contradicción”. El Tato Abadía, aquel interior derecho del Logroñés que corría por dos y que jugaba siempre con la camiseta por fuera del pantalón, era un hombre que “no hablaba nada”. Así lo recuerda él que hizo de la timidez una bandera y que hoy, a los 56 años, juzga que ha “mejorado en esa faceta” siempre y cuando no sea él “quien tenga que iniciar la conversación. Pero esto es así, la vida es así, yo siempre pensé en abrir este negocio para mi mujer, a la que le encanta el trato con el público, pero la vida ha venido así. Si hubiera sido por mí, me hubiese dedicado toda la vida al fútbol pero en mi último trabajo, como director deportivo del Logroñés, acabé agotado. El club estaba destrozado y casi que ya prefiero ni recordar, la vida es la que es”.

“Hay que mirar al futuro”, añade tomando las riendas de la conversación. “Siempre lo tuve claro. Siempre supe que iba a ser así, porque en mi época de futbolista no se ganaba tanto y había que pagar el 48% de tus ingresos a Hacienda”, recuerda el Tato Abadía que, pese a todo, se declara “un afortunado”, aunque sólo sea al recordar “las broncas que me echaba Sarabia por llevar la camiseta por fuera del pantalón en el Logroñes. No le gustaba nada, decía que eso no era elegante”, ironiza hoy, transcurridos tantos años, irreversible la nostalgia. “No añoro el fútbol de los ochenta. Añoro el fútbol en el más amplio sentido de la palabra. Añoro al futbolista que fui, a los años que tenía entonces, la posibilidad de llegar y tirar un centro desde la línea de fondo. A medida que ha pasado el tiempo, a medida que te has hecho mayor, has descubierto que eso son cosas que no tienen precio. Pero el tiempo pasa para todos”.

Tenía esa pinta el Tato Abadía, ese calva y ese bigote inconfundible, que todavía respeta como si fuese ayer, “y hay gente que me reconoce, sí, porque no he cambiado tanto. Apenas he ganado peso”. Sin embargo, la diferencia está en los recuerdos que ilustra su lenguaje en el que a veces lamenta “haber sido demasiado obediente” con los entrenadores. “Yo tenía más visión de juego. Podía haber sido más creativo. Pero en aquella época se estilaba el marcaje al hombre y de todo jugador que se movía por mi banda siempre me encargaban a mí y yo siempre obedecía. Y fueron tantos que me resulta imposible recordar sus nombres. Pero lo que sí recuerdo es que cuando tenía el balón ya no me sobraban las fuerzas para ver el fútbol con la claridad que lo veía de chaval”. Aun así en esos años ochenta hubo gente que pidió la internacionalizad para el Tato Abadía, que era uno de los actores principales de aquel Logroñes, presidido por el bodeguero Marcos Eguizabal, que casi se clasifica para la Copa de la UEFA. “Yo hacía lo que podía y después lo que opinase la gente ya no dependía de mí”.

Tato Abadía.

Tato Abadía.

La realidad es que Abadía fichó por el Atlético de Madrid, con Javier Clemente de entrenador, donde, sin embargo, no llegó a triunfar. “No me supe adaptar a la gran ciudad y eso que yo había hecho el servicio militar en Madrid. Incluso, vivía en un buen sitio, en Majadahonda, y entrenábamos en Las Rozas, con lo que apenas viví esos atascos de la Carretera de La Coruña. El coche me asusta. Pero por la razón que fuese la gran ciudad pudo conmigo. Si añades que en el Atlético había grandes jugadores, no vi solución para mí y mire que, a pesar de la pinta que pueda dar, yo siempre he sido un hombre de gran confianza en mí mismo. Pero hay cosas que están por encima de uno”. El caso es que ahí está su biografía de futbolista que luego pasó por el Compostela y terminó a los 36 años en el Binefar, el mismo equipo en el que empezó. “No se me puede comparar de ninguna manera con los grandes futbolistas. Me quedé a años luz de ellos, pero ejercí esta profesión con responsabilidad. Gané mi dinero para comprar una vivienda, hacer unos ahorros, mantener a la familia, en fin…”.

Hoy, al lado de la famosa calle Laurel de Logroño, regenta La Casa de los quesos como nadie le hubiese dicho entonces. Pero el futuro tiene los ojos cerrados como él le dice a sus dos hijos, “uno trabaja en una lavandería y el otro, que estudia música, nos echa una mano en el negocio”. Un negocio que arrancó hace siete años. “No teníamos mucha idea de esto. Pero a mi mujer le pareció que podíamos dominarlo y aquí estamos hoy, aquí pasamos la vida. He aprendido de los quesos lo que no podía ni imaginar y nos va. Tampoco estamos para tirar cohetes, pero hemos avanzado muchísimo desde que montamos la tienda hace siete años. He sabido dejar el fútbol a un segundo plano y adaptarme, porque la vida siempre está probando nuestra capacidad de adaptación. Nunca tuve miedo a esa posibilidad y creo que ahora lo estoy demostrando, porque le puedo prometer que es mucho más difícil hacer caja que marcar un gol o dar un pase de gol”.

1 Comment

1 Comment

  1. Ismael

    08/01/2019 at 17:21

    Físicamente no ha cambiado mucho. Se reconoce perfectamente. Y en su actual faceta tiene un trato agradable y correcto. Visita recomendada.

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