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“No le llames, no va a cogerte el teléfono»

En teoría es parte de la rutina del deportista de élite, antes de los momentos cumbres como un Mundial o unos JJOO, pero el teléfono de Lopetegui…

Siempre recordaré a Juan Carlos Higuero en los Juegos Olímpicos de Pekín. Intuía que era su momento. Quiso vivirlo a fondo como lo que era. En las semanas y hasta en los meses previos su concentración era tal que era incapaz de tomarse hasta un helado. Vivía al margen del teléfono y, como decía su entrenador, nunca era buen momento para llamarlo, “porque no va a cogerte el teléfono, casi no se lo coge ni a la familia”. Pero ese era el precio de unos JJOO, de esa clase de momentos que, como el Mundial, tal vez están condenados a no repetirse más en la vida. Y por eso a uno le extraña que, en estos últimos días previos al Mundial, el teléfono de Lopetegui no estuviese bloqueado a todo aquel que no fuese de su familia. ¿Qué clase de concentración era ésa? Así que, a través de esa pregunta, entiendo a los que ya se negaban a tragar a un entrenador que fue capaz de dividir a media España en el momento cumbre y de arriesgarse a que el mundo le recuerde que no hay nadie imprescindible en esta vida. Ni siquiera tú, amigo.

Incluso, hasta podría salir del mundo de los deportistas olímpicos y recordar que estas tentaciones no sólo le pasan a Lopetegui. También le pasa a gente que se tira años (o siglos) en la lista del paro esperando un trabajo y el día que, por fin, llega se duplican las ofertas lo que implica el maquiavélico riesgo de decidir y la maldita posibilidad de equivocarse. Pero, precisamente, decidir significa que no se puede estar en dos sitios a la vez lo que quizás sea lo mismo que decir que no se puede estar preparando la fase final de un Mundial y la pretemporada del Madrid con esas prisas. Y entonces también podría escribir en nombre de todos esos que dicen que esta decisión le ha hecho un daño irreparable a la Selección. De la misma forma que se les puede entender también se les puede replicar que nadie sabe lo que pasará mañana. Por eso no quisiera despedirme sin escribir en nombre de ese hombre, Luis Rubiales, un sindicalista de pura cepa que ha entrado en nuestras vidas con un mensaje innegociable: es preferible perder un campeonato que perder los valores. De ahí esa decisión valiente suya, incapaz de tolerar a un entrenador que se olvidó de que este podía ser un momento único. Justo lo que no paraba de repetir Higuero con vistas a aquellos JJOO de Pekín. Y no le fue tan mal. Compitió como nunca y se quedó a 28 centésimas de la medalla olímpica en el 1.500. Pero vivía por y para eso, incluido su teléfono.

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