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Tiger, el pasado marzo en el Vaspar Championship.

Masters de Augusta

Tiger Woods y The Masters: el regreso más esperado

Después de cuatro operaciones de espalda, el exnúmero 1 del mundo es uno de los grandes favoritos al título en el legendario torneo.

Tiger Woods y The Masters: el regreso más esperado

La primera vez que Tiger Woods participó en el Masters de Augusta como profesional (en 1997, con apenas 21 años y unos meses después de abandonar su condición de amateur) se adjudicó su primer título en el legendario torneo de golf con 12 golpes de ventaja sobre su más inmediato perseguidor (Tom Kite) tras batir el récord de golpes del campo (270, un resultado de 18 golpes bajo par únicamente igualado por Jordan Spieth en 2015).

Desde esos cuatro días inolvidables han pasado otros 21 años en los que el ganador de 14 majors ha sumado tres chaquetas verdes más (la última, en 2005) y ha terminado entre los cinco primeros clasificados en otras siete ocasiones más en el campo de Augusta, pero pocas veces su presencia caminando entre las azaleas de Georgia del hoyo 13, el venerado par 5 de 510 yardas, es tan esperada como en este Masters.

Incluso, sin exagerar, puede que su presencia nunca fuera tan esperada como la de este año.

Porque se trata, en efecto, de un anhelado regreso que tiene una explicación y, también, una fecha de inicio.

Hay que retroceder hasta el 2 febrero de 2017 para entender ese anhelo. Ese día, en el Omega Dubai Desert Classic, Tiger Woods, cojeando mientras recorría el campo, terminó una insufrible primera jornada con 77 golpes y decidió retirarse del torneo. Apenas un par de meses más tarde, el 19 de abril, el exnúmero 1 del mundo entró al quirófano para someterse a una fusión espinal que eliminara el dolor nervioso de su espalda. Esa intervención era su cuarta operación en otros tantos años tras haberse sometido previamente a tres operaciones de microdiscectomía lumbar para tratar un problema discal en la parte inferior de su citada espalda. El periodo sin poder practicar golf tras esa última operación era de seis meses, pero, en realidad, Woods ni siquiera pensó en esa circunstancia. Él, de hecho, en lo único en lo que pensaba era en poder hacer una vida normal. Él lo único que deseaba era vivir sin dolor.

“Durante la mayor parte de entre cuatro a seis meses, tuve que ser ayudado para salir de la cama todos los días. Y hubo algunos días en los que tú vendrías a ayudarme y yo no podría levantarme. Tendría que dejarme caer al suelo o simplemente quedarme en la cama”, le confesó hace unas semanas a Marty Smith en una entrevista en ESPN, al tiempo que reconoció que durante la mayor parte de los últimos cuatro años no podía ni mover un carrito de golf o jugar con sus hijos debido al dolor que sufría. Un par de semanas antes, Woods todavía había sido más gráfico sobre el dolor que sentía a preguntas de los periodistas: “No, no echaba de menos la sensación de poder jugar al golf. Estaba viviendo minuto a minuto. No tenéis ni idea de lo difícil que fue”, aseguró. Sirva una anécdota como ejemplo: en mayo del año pasado, Woods fue detenido en Florida a las tres de la madrugada por conducir intoxicado y se descubrió que estaba bajo los efectos de cinco drogas diferentes. Todas ellas habían sido recetadas para aliviar sus dolores.

Instalado en el puesto 656 del ránking mundial a finales de 2017 (esta semana ocupa el puesto 103), no sólo volver a ganar parecía una quimera para Tiger Woods. En realidad, cualquier cosa que no fuera la retirada del golf profesional parecía una quimera para él.

Pero llegado este momento hay que destacar que Tiger Woods es el hijo de Earl, excombatiente de Vietnam fallecido en 2006, que puso por primera vez a su niño a jugar al golf con dos años y que le insultaba continuamente llamándole “Pequeño pedazo de mierda” o “Hijo de puta” para que cuando creciera y fuera mayor se convirtiera en el deportista más fuerte mentalmente. El método es ampliamente criticable, del todo execrable, pero parece que le funcionó.

Porque, superada su última operación, Tiger Woods regresó a la competición esta temporada en el campo de Torrey Pines con un vigesimotercer puesto (y tres golpes bajo par) en el Farmers Insurance Open y, tras fallar el corte en Riviera, terminó con par en el campo del PGA National para acabar en la posición 12ª del Honda Classic. Y lo mejor de todo no fueron los resultados, sino lo que el laureado golfista más deseaba: por primera vez en cuatro años, Woods pudo jugar al golf sin dolor.

Ya el pasado mes de marzo, tras únicamente cuatro torneos y doce rondas en un regreso a la competición en el que muchos no confiaban (ni siquiera, probablemente, él mismo), Tiger Woods aumentó todavía más el optimismo de los norteamericanos en su anhelado regreso al liderar durante casi una hora la segunda jornada del Valspar Championship celebrado en el Innisbrook Resort (finalizó el torneo empatado en la segunda posición con nueve golpes bajo par después de quedarse ligeramente corto en un último putt con el que habría igualado al ganador Paul Casey). Su quinto puesto empatado en el Arnold Palmer Invitational (concluyó con diez golpes bajo par en un torneo que se adjudicó Rory McIlroy) es su último resultado en un camino hacia el Masters en el que Woods ha acumulado razones para los optimistas y, por el contrario, también para los pesimistas.

En el aspecto positivo, la primera razón es obvia y poderosa: su citada buena salud, que le está permitiendo jugar sin dolor en la espalda y en los nervios por primera vez en cuatro años. Asimismo, también cabría destacar la clara mejoría que ha mostrado Tiger Woods en su golf. Pese a que está teniendo problemas con la precisión con el driver y las maderas, el exnúmero 1 del mundo ha recuperado algo de profundidad en sus golpes de salida y, sobre todo, su acierto en los putts decisivos. Las estadísticas lo demuestran: Woods acabó el Arnold Palmer Invitational con 20 birdies y en la tercera jornada del Valspar, el torneo previo, había logrado alcanzar la mayor velocidad con un golpe (129 millas por hora) de entre todos los participantes. Son unos datos halagüeños para sus aspiraciones en el Masters de Augusta, sobre todo si se unen a una tercera razón: la consistencia.

No en vano, Tiger Woods ha sido capaz de participar en cuatro torneos en cinco semanas consecutivas por primera vez en años sin que su juego se resienta. Las estadísticas, de nuevo, avalan la sensación de que Woods vuelve a ser más consistente: en el Valspar Championship, el golfista estadounidense logró una ronda de 67 golpes, su puntaje más bajo desde la cirugía, y fue el único jugador que consiguió bajar del par en cada uno de los cuatro días de competición. Por su parte, en el Arnold Palmer, Woods jugó tres de las cuatro rondas por debajo de los 70 golpes (no lo conseguía desde el año 2015) para acumular siete de las últimas ocho rondas que ha disputado jugando por debajo del par. “Es como montar en bicicleta, pero en una bicicleta nueva. Es un cuerpo nuevo. Sé qué hacer, sé lo que puedo hacer, pero se siente diferente. Y esa es una de las cosas a las que todavía me estoy acostumbrando. Todavía estoy aprendiendo”, le dijo sobre su juego a Marty Smith en la mencionada entrevista en ESPN. Pese a todo, ese aprendizaje será fácil en The Masters para Tiger Woods, ya que casi nadie conoce los secretos de ese campo como él: en sus 18 participaciones, únicamente se ha quedado cinco veces fuera del top 10 y una vez fuera del top 25.

Mientras, en la vertiente negativa, Woods también encuentra argumentos con los que deberá lidiar en Augusta. El primero, aunque sea obvio, es la edad. Tiger Woods ha cumplido ya 42 años y, entre los mejores golfistas de la historia, únicamente Jack Nicklaus (el único golfista con más majors que Woods y también con más títulos en The Masters) y Gary Player consiguieron enfundarse la chaqueta verde con 42 años o más. El segundo argumento es similar al anterior, pero tiene algún matiz diferente: el paso del tiempo. En más de 150 años de existencia de los torneos majors, sólo ocho golfistas han logrado adjudicarse un major en tres décadas diferentes y únicamente tres jugadores (los citados Nicklaus y Player, además de Ben Crenshaw) han conseguido volver a ganar The Masters más de una década después de un triunfo anterior. Tiger Woods podría unirse a ambas listas plagadas de ilustres si gana este domingo en Georgia, pero por ahora las estadísticas están en su contra: desde el año 2005 no se adjudica el Masters, desde 2008 no vence en un major (bien es cierto que fue un increíble US Open que ganó a Rocco Mediate en el playoff pese a estar visiblemente lesionado tras haberse sometido apenas un par de meses antes a una artroscopia en su rodilla izquierda, haber sufrido durante la rehabilitación una doble fractura por estrés en la tibia izquierda y tener que pasar por quirófano nada más terminar ese torneo para reparar su ligamento cruzado anterior), desde el 4 de agosto del 2013 no vence en ningún torneo y, hasta el segundo puesto del Valspar Championship del pasado mes de marzo, no había logrado finalizar un campeonato entre los diez primeros clasificados desde el año 2015.

Continuando en la arista pesimista, la falta de rodaje sería también otro de los argumentos en contra de un posible triunfo de Tiger Woods en Augusta. No en vano, el exnúmero 1 del mundo solamente ha jugado 25 torneos en los últimos cuatro años, seis de ellos en los pasados 365 días (esta temporada, llega al Masters habiendo disputado 18 rondas en cinco torneos). Además, pese a que su conocimiento del campo de The Masters es una de las razones utilizadas anteriormente para el optimismo, también tiene su reverso negativo: al contrario que en el pasado, el golfista estadounidense decidió acudir hace un par de semanas a practicar en el legendario y exigente campo de Georgia, donde no juega desde 2015 (terminó empatado en la 17ª posición después de nueve semanas de baja) y que, además, es un campo exigente físicamente que cuenta con cuatro hoyos de par 5, incluidos los míticos hoyos 13 y 15. “Si me hubierais dicho antes del inicio del año que yo iba a tener oportunidades para ganar dos torneos, os habría tomado la palabra en un abrir y cerrar de ojos”, recordó un optimista Woods ante los periodistas al término del Arnold Palmer Invitational.

Aunque, claro, en la vertiente negativa también hay que tener en cuenta a aquel otro anhelado regreso que no terminó con el deseado final feliz de Tiger Woods poniéndose la chaqueta verde sobre la hierba de Augusta.

De nuevo hay que retroceder en el tiempo para entenderlo, esta vez hasta el Masters del año 2010, aunque todo se había iniciado en noviembre de 2009, un día antes de la festividad de Acción de Gracias. Ese día, el tabloide sensacionalista National Enquirer publicó un reportaje sobre una posible infidelidad del golfista a Elin, su mujer. Apenas un par de días después, el día 27, Tiger Woods estrelló cerca de su casa en Florida su Cadillac Escalade y lo que parecía un simple accidente automovilístico destapó una pelea marital previa esa misma noche y un escándalo de grandes proporciones de infidelidades y adicciones por parte del golfista. Después, como bien detallan Jeff Benedict y Armen Keteyian en su reciente libro Tiger Woods y también recoge la revista Golf en su último número, vino la marcha de Elin y de los hijos del matrimonio de la casa familiar. El papel de carnicero cubriendo las ventanas para evitar las fotografías de los paparazzis. Los libros de autoayuda sobre la encimera de la cocina. El mes en tratamiento por adicción al sexo. Las visitas a un consejero matrimonial. Los ejercicios de meditación. El estado de continua vergüenza. La redención en forma de confesión de lo que había hecho a la gente que más amaba. La necesidad de ser un hombre diferente a sus 35 años tras años de mentiras a sí mismo y a los demás.

Y, sobre todo, la decisión de regresar a la competición en The Masters y de enfrentarse por primera vez públicamente a los medios de comunicación en conferencia de prensa tras el escándalo.

“Lo que he hecho en los últimos años ha sido terrible para mi familia. Y el hecho de que ganara torneos de golf creo que es irrelevante. Lo relevante es el dolor y el daño que he causado, ya sabes, a mi esposa, a mi madre, a la familia de mi esposa. Mis hijos, en el futuro, van a tener que… Tendré que explicarles todo esto”, se sinceró. Y, acto seguido, confesó haber utilizado Vicodin (un opioide derivado de la codeína) y Ambien (un análogo de la benzodiazepina que se toma para el insomnio). “Necesito ser un hombre mejor”, concluyó, atemorizado por la forma en la que le recibiría el público cuando comenzara el recorrido en el campo de Augusta.

Pero sus temores fueron infundados y, cuando Tiger Woods apareció en el hoyo 1 en la jornada inaugural, el público rompió a aplaudirle. Él, que había sido siempre hermético y agresivo, sonrió ampliamente antes de realizar un golpe de salida perfecto y terminar el día con 68 golpes, su mejor inicio de Masters hasta entonces. El resultado final del torneo, en cualquier caso, no fue el deseado: Woods concluyó empatado en el cuarto puesto (a cinco golpes de Phil Mickelson, el ganador) y su matrimonio con Elin acabó meses después en un millonario divorcio.

Entonces, ¿por qué esta vez tendría que ser diferente? ¿Qué es lo que les hace creer a millones de estadounidenses que en este anhelado regreso de ahora no ocurrirá lo mismo que en aquel otro regreso anhelado del pasado?

Es sencillo de explicar: simplemente porque se trata de Tiger Woods y del Masters de Augusta, el mítico campo de azaleas de Georgia en el que sus anchos fairways invitan al ataque a jugadores valientes y en el que los greens son veloces y ondulados.

“Estoy ansioso por jugar. Es el mejor torneo del mundo. El campo, los patronos, toda la atmósfera. Es el paraíso de los golfistas”, dijo hace unos días Tiger Woods en su página web. “Soy un milagro andante”, añadió. Y finalizó: “Tengo una segunda oportunidad en la vida. Estoy allí (en The Masters) para ganar”.

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