¡Síguenos!

Fútbol

Todo empezó en Asunción

Jugaban la Fiorentina y el todopoderoso Manchester United que, además, terminaría ganando la competencia. Y jugaba, sobre todo, Gabriel Omar Batistuta, con la número nueve y la banda de capitán.

Gabriel Omar Batistuta, 183 goles en 318 partidos en la Serie A.

Yo tenía nueve años y, por el trabajo de mi madre, nos habíamos mudado a esa pequeña ciudad, que para mí era lo mismo que una palabra desconocida o una canción en alemán. Paraguay podía ser Uruguay, podía tener la bandera celeste y el sol amarillo en una esquina porque, como le pasa a gran parte del mundo, no tenía idea de su existencia.

Asunción era calor, calles empedradas, gigantescos árboles de mangos y aguacates, gente en sandalias tomando tereré en los porches de sus casas. Era una película en sepia: lejana, nostálgica, melancólica. Yo no entendía nada. Todo olía a lapacho, el árbol típico de la ciudad, una mezcla de jazmín y rosas. Mientras, el cielo se tapaba, llovía a raudales —yo nunca había visto una tormenta, porque en Lima el cielo solo suspira—, y poco después reventaba el sol y era hora de la piscina. Porque sí, teníamos un jardín con piscina, algo que en Lima era, más bien, un sueño húmedo.

Y también teníamos ESPN. Me permito el salto del romántico sepia a la cruda televisión por cable porque ahí, en la sala de una casa ubicada en la calle Ocampos Lanzoni, y de número 213, empezó todo. Fue un 23 de noviembre, hacía calor, como siempre en Asunción, y mi hermano y yo recién llegábamos del colegio. En ESPN estaban dando la Champions, de la que yo recién empezaba a enamorarme. Pero el amor verdadero, el que nació esa tarde, y el que me mantendrá atado probablemente para siempre, fue de color morado.

Jugaban en el Artemio Franchi la Fiorentina y el todopoderoso Manchester United que, además, terminaría ganando la competencia. Y jugaba, sobre todo, Gabriel Omar Batistuta, con la número nueve y la banda de capitán. En el United estaban Stam, Neville, Keane, Beckham, Scholes, Giggs, Yorke y Cole. En la Fiore, estaban Batistuta, Rui Costa, Toldo y ocho más. Bati hizo un gol y generó el otro, que marcó Balbo, delantero argentino de estirpe.

Es el primer recuerdo que tengo, y el que utilizo cuando me preguntan por qué soy hincha de la Fiorentina, ese equipo bastante desconocido, lejano, aunque romántico, por ser de esa ciudad tan artística y poética, y por llevar esa camiseta morada que pocos utilizan. A partir de ese momento, no dejé de seguir a la Fiore, ni siquiera cuando el club fue liquidado y básicamente desaparecido en el sótano de la cuarta división italiana. Ni siquiera en segunda, cuando Batistuta logró que la Viola volviera a primera. Ni siquiera hoy, que los canales de pago retransmiten los partidos de Polo de la liga Argentina —pocas cosas más obscenas que ver a millonarios argentinos montando a caballo y dándole a una pelotita—, pero casi ninguno de mi equipo. Y no dejaré de hacerlo.

Todo empezó en Asunción, después de la tormenta, con olor a Lapacho. Asunción tiene la culpa.

Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).

Comenta

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Anuncio
Anuncio

Más en Fútbol

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies