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Cima de Col du Tourmalet | @Meteo_Pyrenees

Tour de Francia

El Tourmalet, último juez

Si alguien quiere pegar el último revolcón al Tour de Francia, tendrá que hacerlo en esa carretera que apunta al cielo, pero que abrasa como el infierno.

Ante San Pedro acudimos todos a resolver nuestras últimas deudas sembradas en vida, y ante el Tourmalet se presenta mañana un pelotón herido, al límite de sus fuerzas, que tendrá que rendir cuentas a la cima pirenaica por excelencia. Si alguien quiere pegar el último revolcón al Tour de Francia, tendrá que hacerlo en esa carretera que apunta al cielo, pero que abrasa como el infierno. Sobre sus pendientes se han escrito infinitas batallas ciclistas y 2018 no debería ser menos. Si Dumoulin quiere, el Tour tendrá que buscarlo ahí; si Roglic quiere el podio, más de lo mismo. Si Movistar quiere condonar todos sus pecados, el Tourmalet le brinda un escenario inmejorable.

La salida de la etapa, desde el santuario de Lourdes, debe ser un presagio, un intento de pedir clemencia ante lo que eleva por delante. No me pregunten por qué, pero soy un incondicional del Tourmalet. No niego la inmensidad del Mont Ventoux, la leyenda de Alpe d’Huez o la eternidad del Galibier, pero el Tourmalet tiene algo que los demás no. Su colocación, a 100 kilómetros de la meta, debería recibirse como una invitación al jolgorio, a lanzarse a escribir una página bellísima del ciclismo. Y respecto a todo esto, noto cierto pesimismo porque en el ambiente sobrevuela el temor a que se pase al ritmo que imponga Sky y su dúo de líderes.


El Aubisque menos duro


Como soy de ilusión fácil y corazón débil, ya estoy viendo esos ataques en La Mongie, esos desfallecimientos por sus galerías y unas persecuciones dignas de película noventera por las rampas del Aubisque, suavizadas por la vertiente por la que se afronta este viernes. Eso es un arma de doble filo. Que la pendiente no sea de vértigo es negativo para atacar y romper la carrera, pero si ahí la etapa llega en mil pedazos, eso puede ser un cementerio en el que ir arrastrando los cadáveres. Si Froome lo hizo en el Finèstre hace apenas tres meses, ¿por qué no se puede revivir algo así aprovechando el Tourmalet?

Antes de la gran subida del día, los corredores ya habrán cubierto 60 kilómetros, dos puertos de cuarta y el Aspin, de primera categoría, terreno suficiente para desgastar a Sky, limitar sus fuerzas e intentar dejar a sus primeras unidades. Pero es que tras Tourmalet ya se coge la carretera hacia el Aubisque sin casi descanso, y tras coronar este, un rápido descenso hasta Laruns, ciudad a la que se llegará con más 200 kilómetros en el día y más de 3.000 en el total de las tres semanas.


Crean en el Tourmalet


No hay justicia que valga en el deporte, no hay justicia que valga en el ciclismo, pero ante el Tourmalet todos tendrán que presentarse como almas solitarias, con sus glorias y sus penas. Todos tendrán que subir como un peaje que pagar rumbo a la capital, París. Ustedes puede que visualicen ya la Torre Eiffel, pero para los ciclistas queda redimirse, atravesar el último círculo del purgatorio. Queda Tour y todo puede estallar por los aires a la mínima duda. Tengan fe, hagan un último esfuerzo por creer en este bendito deporte y si tienden a la desesperanza, confíen en el Tourmalet.

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