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Literatura

La muerte del trap

Castro presenta en su obra ‘El trap’, editada por Errata Naturae, su particular análisis de la música de la que todo el mundo ha hablado en los últimos años, pero que se encuentra en la actualidad al borde de la muerte.

La primera vez que escuché trap, cuando rondaba los 22 años, me pareció un montón de ruido enlatado con poco sentido. Sin embargo, con el paso del tiempo, ese ruido fue cobrando sentido hasta convertirse en una suerte de morfina. Desde entonces, el trap me ha acompañado en fiestas y diversos estadios vitales. Hoy, el filósofo Ernesto Castro trata de encontrarle el sentido a todo, el por qué alguien como él o como yo, tan alejados de la vida de un trapero, sin trapichear con drogas ni ‘bitches’ llamando a nuestra puerta, se siente identificado con los hits de Yung Beef o Cecilio G.

Castro presenta en su obra ‘El trap’, editada por Errata Naturae, su particular análisis de la música de la que todo el mundo ha hablado en los últimos años, pero que se encuentra en la actualidad al borde de la muerte. En un primer lugar, nos ofrece un interesante análisis histórico de cómo aquel rap de Nach Scrach y Violadores del Verso tornó en el gangsta rap de Costa, Chirie Vegas y Romo hasta llegar al trap. El filósofo apunta que el aspecto diferenciador clave entre trap y rap es que el segundo pretende presumir de aptitudes líricas y sentar cátedra sobre actitudes morales, mientras que el primero pasa de las dos cosas.

Es un interesante punto de vista en el que yo me había fijado, pero interpretándolo de otra manera. El trap, aunque a veces es bastante explícito, tiende más a la insinuación que el rap. Cecilio G no necesita lanzar un discurso político para quejarse del hastío vital diario: “Nada que contar, chico, nos vemos luego”. Según el autor, el trap baja a la calle y habla de las cotidianeidades de la clase obrera sin aspirar a ser alta cultura, principal pecado de los raperos, siempre citando a filósofos y a la beat generation. El trap es más sucio y, por qué no decirlo, “más real”.

Tras este análisis histórico, Castro se adentra en alguna de las figuras del género más emblemáticas de España: Yung Beef, C-Tangana, Cecilio G, La Zowi, Kefta Boyz, Pxxr Gvng, etc. Aunque otros importantes pasan de puntillas como Kinder Malo o Pimp Flaco (curiosamente los favoritos del autor, como él mismo ha mencionado).

Uno de los aspectos en el que se fija más el filósofo, es el mítico ‘beef’ que tuvieron C-Tangana y Yung Beef a raíz de su discusión en la rueda de prensa del Primavera Sound de 2018. Ese encontronazo antepuso dos formas de combatir el sistema: la que defendía C-Tangana, que opta por formar parte del mismo para destruirlo por dentro, y la de Yung Beef, cuya repulsión por el sistema le hace preferir intentar matarlo desde fuera.

Sin embargo, como argumentó C-Tangana, y apoya el propio Castro, es imposible no formar parte del sistema. Es curiosa la animadversión que generó entre los dos traperos este intercambio de opiniones, teniendo en cuenta que ambos guardaban buena relación antes y que ambos han compartido origen precario (quizá Yung Beef en mayor medida).

Sin embargo, bajo el punto de vista de este humilde periodista, Castro peca de un excesivo logocentrismo, como él mismo ha reconocido. Su análisis se centra en lo que dicen, pura y llanamente, las canciones y en base a tales elabora sus propias teorías e interpretaciones. En ocasiones, considero que estas divagaciones son exageradas. El problema no está en que haga su propia interpretación de las lyrics de una canción, sino en atribuir, de forma explícita o implícita, al cantante la intención de lanzar tal mensaje.

Castro tiene el mismo defecto que yo: es un mitómano, ensalza a sus ídolos a los altares y los convierte en mito. En el libro pone a Yung Beef como un referente, y Yung Beef le ha demostrado que no es ejemplo de seguir en nada. Recientemente, el trapero ha denunciado a la editorial que edita este libro y ha pedido que se retiren todas las copias por salir su imagen en portada (en realidad es un dibujo inédito que toma al trapero como modelo). Un trapero español cuyo estilo bebe de las corrientes afroamericanas acusando de ‘robo’ a una humilde editorial por dibujarle para una portada. Un millenial que inunda sus redes y su ego de selfies, quejándose cuando otros hacen arte con su imagen. Un chaval que presume de calle, de delincuente, de traficar con droga y que ataca siempre a los “chivatos” que van a la Policía, pone una denuncia porque no le gusta la portada de un libro. Surrealista e hipócrita.

Como dice Castro, “el trap ha muerto” y este último episodio es el mayor ejemplo de ello.

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