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Opinión

Pequeño tratado sobre la felicidad para madridistas

Ya puedes haber ganado cuatro UEFA Champions League en cinco años que cualquier contratiempo te sumirá de nuevo en la más absoluta de las tristezas.

Estemos contentos… porque nunca conseguiremos ser felices”.

L’alegre Festa
Ramon Folch i Camarasa
(Barcelona, 30 de octubre de 1926-Mollet del Vallés, 2 de enero de 2019)

¿Qué es la felicidad? ¿Somos felices? ¿Somos completamente felices o felices con algún matiz? ¿Por qué motivo es tan fácil perder la felicidad, caer en desdicha, y tan difícil recuperarse de la tristeza y recobrar la alegría? Dando vueltas a esta duda existencial, en esta pretemporada un tanto convulsa en el seno del madridismo, para no faltar a la costumbre, he llegado a la conclusión de que existe una curiosa similitud entre los campos gravitatorios, que determinan el movimiento mecánico de los cuerpos con masa que en él se hallan inmersos, y el sentido trágico de la vida que por defecto es inherente a la mayoría de los seres humanos y que condiciona nuestro estado de ánimo. Si el campo gravitatorio tiende a provocar la caída de los cuerpos hacia los valles, nuestra particular visión pesimista de los acontecimientos tiende a sumirnos en un estado de ánimo pusilánime, depresivo, del que siempre resulta difícil escapar.

Los máximos o cúspides en un campo gravitatorio, tal como que ocurre con los estados de felicidad, son puntos críticos de equilibrio inestable. Imaginemos una bola sobre la cima de un máximo, en equilibrio. Cualquier mínimo desplazamiento de la bola respecto ese punto de equilibrio la lleva indefectiblemente a una caída irremediable, en busca de un valle o depresión, como así ocurre con nuestra felicidad ante la más mínima adversidad; por eso los estados de dicha nos duran tan poco.

Igualmente, los mínimos en un campo gravitatorio son puntos críticos de equilibrio estable porque cualquier cuerpo o bola que sea desplazado de él en una cierta medida, al ser dejado en libertad, tiende a retornar a dicho punto de equilibrio; tal como nos ocurre cuando caemos en una depresión emocional: ya te puedes esforzar por salir de ella que en cualquier momento vuelves a caer a los abismos; cualquier excusa, sea completamente razonable o enteramente irracional, es suficiente para volver a sentirse un desdichado.

Desde la perspectiva madridista, solo es necesario un mínimo cambio, el más nimio inconveniente: un fichaje que no llega o el último fichaje realizado, un gol fallado por Benzema, Bale jugando al golf, Lucas Vázquez de titular, un regate fallido de Isco, el enésimo error de la defensa o que nos empaten un partido que teníamos ganado en el minuto 88, cada uno que escoja al gusto, para retornar a ese perpetuo estado de infelicidad del que el madridismo ha hecho su hábitat. En cambio, ya puedes haber ganado cuatro UEFA Champions League en cinco años que cualquier contratiempo te sumirá de nuevo en la más absoluta de las tristezas, abandonando ese estado de felicidad que tanto nos costó alcanzar. Si te mueves del zénit, por muy leve que sea el cambio, estás irremediablemente condenado a caer a los abismos como bola que rueda, desde una cima, cuesta abajo y sin freno.

Que el madridismo andaba alicaído este verano era un hecho palpable, por eso, ante la pobre pretemporada que estaba haciendo el equipo, Zidane quiso salir al rescate de ese madridismo taciturno intentado que no pereciera en un valle de lamentos, insuflando algo de optimismo con que calmar el mal ambiente reinante, declarando: “Tengo un equipazo. Solo necesitamos ganar un partido”. Y el madridismo lo compró gustoso: Si lo dice Zizou, ya está. Así es el instinto de supervivencia. Si en medio de un naufragio ves una puerta flotando te vas a agarrar a ella sí o sí, independientemente de que otras personas estén sobre ella a salvaguardo, excepto si eres Leonardo Di Caprio interpretando a Jack Dawson, lo que se ha hundido es el Titanic y sobre la puerta está una bellísima Kate Windslet en el papel de Rose DeWitt Bukater, para mayor gloria de las bellas historias de amor.

Siguiendo a pie juntillas a nuestro prócer madridista, todos creíamos haber encontrado la fórmula de la poción mágica (que fielmente custodia Panoramix y que nos haría invencibles) cuando conseguimos la primera victoria en Balaídos. Incluso no hubo decaimiento del ánimo aun habiendo perdido a Modric por el camino, nuestro Axtérix redivivo, por una de esas nuevas normas arbitrales que solo suelen aplicarse a principios de temporada, con el Real Madrid como chivo expiatorio ejemplarizante, para acabar aplicándose aleatoriamente a medida que caen las hojas del calendario a gusto del trencilla de turno o VAR mediante, para confundir, cuando no enfadar, al aficionado.

Parecía una fórmula mágica sencilla, simple, con la que pronto recuperaríamos la felicidad extraviada un día de verano en el séptimo infierno de New Jersey; pero por muy sencilla que una receta sea, la experiencia me ha demostrado que, sin un intelecto que la sepa desarrollar, llevarla a cabo puede resultar un completo desastre. A mí me sucede a menudo con las sopas de ajo o sopa Castellana, que es como se la conoce en Salamanca y otras zonas de Castilla y León, cuando intento replicar las que me hacía mi madre frecuentemente para cenar: pan duro, agua, aceite, ajo, sal, pimentón, comino en polvo, huevo y taquitos de jamón. Si uno echa un ojo a un libro de cocina, la elaboración parece sencilla, cosa de coser y cantar; pero cuando no se me pasa el sofrito de los ajos, me excedo con el pimentón o el comino, me quedo corto de sal o no doy con el punto exacto de pan y se me quedan aguadas o pastosas. El caso es que rara vez he conseguido dar con la medida justa en los ingredientes que replique fielmente tanta exquisitez como le daba mi madre a una receta tan austera.

Y para muestra de que no hay una forma sencilla de obtener la felicidad, ahí tenemos la fábula de la camisa del hombre feliz. Cuenta la leyenda que un hombre acaudalado, que tenía todo cuando podía desear pero que no era feliz, acudió a un sabio para que le diera una fórmula con la que pudiera ser completamente feliz, y este le respondió: Póngase la camisa de una persona completamente feliz y heredará su felicidad al completo. El hombre viajó a lo largo y ancho del mundo buscando una persona completamente feliz para comprarle su camisa. Estaba dispuesto a pagar cuanto fuera necesario, el dinero no sería un problema; pero hete aquí que no encontraba personas completamente felices pues todos esgrimían siempre algún pero que no les permitía serlo por completo. Finalmente, el hombre acaudalado consiguió dar con un hombre completamente feliz, sin ningún pero que pudiera coartar su felicidad; aun así, para su desdicha, ni con todo el oro del mundo pudo cumplir con la sencilla receta que le había dado el sabio, porque se daba la curiosa circunstancia de que aquel hombre, que era completamente feliz, no tenía camisas.

Así que ya saben, las recetas mágicas para conseguir la felicidad no existen. Por mucho que los grandes almacenes y las agencias de publicidad insistan machaconamente en que debemos comprar esto o hacer aquello para ser felices, créanme, son hechos concretos, momentos puntuales y fugaces en nuestras vidas y que, incluso, alguna vez hemos considerado intrascendentes, los que nos harán sentir felices momentáneamente; pero la felicidad como tal, como estado de ánimo perpetuo, no existe, es solo un concepto abstracto, metafísico, de una naturaleza platónica que únicamente cobra sentido en el mundo de las ideas. No es nada nuevo, esto ya nos lo advirtió Ramon Folch i Camarasa en su novela L’alegre festa. Ante cualquier adversidad siempre debemos mostrarnos contentos, porque nunca conseguiremos ser felices. Y esto, queridos compañeros de sentimiento merengue, es lo que deberíamos procurar como madridistas: estar contentos, porque el vinagrismo no conduce a nada y porque, dichosos nosotros, tenemos suficientes motivos para ello; sólo basta pagar 25 míseros euros y meterse para el cuerpo un chute de adrenalina en forma de Tour por el Bernabéu.

Dicho así pudiera parecer una desgracia, pero en el fondo, el no ser felices como madridistas, es una bendición. Esa insatisfacción perpetua del madridismo es la que nos ha llevado a ser los más grandes. Esa búsqueda continua de la efímera felicidad de un instante de gloria es lo que nos ha enseñado a no rendirnos jamás. La máxima felicidad se disfruta en el momento de la culminación, como si se tratase de un orgasmo, y, cual cuerpo que alcanza una cumbre y avanza desplazándose de su punto de equilibrio inestable, un instante después volvemos a caer, pero nunca hacia el abismo sino con la intención de recuperar fuerzas para retornar de nuevo a lo más alto. La celebración de una victoria no es más que la antesala de una nueva etapa de infelicidad, del comienzo de una nueva batalla, un nuevo desafío por conseguir otro éxito con el que alcanzar una vez más la cúspide, el trono, nuestro lugar de privilegio en el Olimpo del balompié en una historia que se ha de repetir cíclicamente, sin fin, como senda que van dejando las huellas de una hormiga caminando sobre una cinta de Möbius.

Madridistas, estemos contentos… porque, ¿para qué queremos ser eternamente felices si nuestro sino es morir y resurgir de nuestras cenizas, indefinidamente, cual ave Fénix?

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