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La Tribuna de Brian Clough

Trump, Johnson y sus votantes

Nadie en su sano juicio les daría un puesto de trabajo. Pero les votan. Primero porque su dinero les otorga poder, y el poder atrae a algunos.

Debo ser fácil de sorprender, es la única explicación que encuentro. Salta una noticia relacionada con Trump o Johnson y siempre pienso lo mismo: “Ya no pueden caer más bajo”. Hasta la siguiente noticia, unos días después.

Trump y Johnson se parecen tanto que hasta sus problemas judiciales parecen seguir caminos paralelos, con la diferencia de que Boris Johnson lleva unas semanas de Primer Ministro. En Estados Unidos, se ha iniciado el proceso de impeachment contra Donald Trump. El término tiene difícil traducción, pero quizá lo más apropiado sea llamarlo “descrédito”. Se trata de demostrar que el presidente ha perdido la capacidad de ocupar el cargo. Las razones para someter a Trump al proceso de descrédito se acumulan, pero el partido demócrata ha optado por no atacar con causas que se puedan considerar discrepancias políticas. Se trata de demostrar que, ética o legalmente, el comportamiento de Trump no cumple con las exigencias del cargo.

Se ha elegido una conversación con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelsnkiy, en la que Trump solicita “un favor”, consistente en investigar, junto con el abogado de Trump y el fiscal general de los Estados Unidos, a un posible rival en las próximas elecciones, Joe Biden. Trump cuenta en las conversaciones publicadas que temen que Biden haya parado una investigación en Ucrania contra su hijo. Las complicaciones para Trump son mayores cuando implica al fiscal general, William Barr, porque implica al gobierno.

Aunque Trump califica el escándalo como una gran broma (big hoax), la queja del delator fue bloqueada y solo se ha hecho pública tras una filtración. Pese a que Trump y el partido republicano no dan —públicamente— importancia al proceso, sorprende que la Casa Blanca esta vez no haya impedido la publicación de la conversación. La intención, seguramente, será darle la vuelta a la tortilla, sin que importe que la acusación contra Biden sea infundada, para utilizarla en la campaña electoral.

En este lado del Atlántico, la versión barata de Trump que es Boris Johnson sigue cometiendo errores a simple vista. Sugiere una expresión inglesa que si estás en un hoyo debes dejar de cavar. Boris ha perdido una nueva batalla legal, ya que los once miembros del tribunal supremo y por unanimidad han dictaminado que la suspensión del parlamento fue contraria a la ley. Corbyn ha pedido que Johnson se disculpe ante el país y la Reina, cosa que no ha ocurrido, mientras que los miembros más rancios del gobierno de Johnson se han atrevido a calificar la resolución judicial de golpe de estado y recomiendan que los jueces sean nombrados por los partidos políticos, ya que ahora intervienen en política. En otras palabras, “ya que no nos dejan interpretar la ley como queremos” nombremos a los jueces.

Boris volvió a dejar los titulares que necesita en su prensa afín: Corbyn no quiere elecciones, el parlamento está en contra de la gente, el parlamento actual no está capacitado para ocupar sus asientos. Dejó, además, una de las peores frases que se hayan podido utilizar en todo el proceso de la salida de la Unión Europea.

Hagamos memoria. En las fechas previas al referéndum, la laborista Jo Cox fue asesinada por un perturbado que, convencido de la retórica mas reaccionaria de los partidarios del Brexit, culpaba directamente a alguien favorable a mantenerse en la UE de los males del país. Nunca los partidarios de la permanencia en la UE usaron la muerte de Cox en su beneficio durante la campaña. El miércoles 25 de septiembre, Boris Johnson se atrevió a decir que la mejor manera de honrar a la figura de Jo Cox era salir de la Unión Europea, para sorpresa de casi todos (no solo la mía, por una vez) y múltiples críticas.

Si Boris Johnson o Donald Trump fueses ciudadanos normales, lejos del ojo público y sin el dinero que poseen, y tuviesen que pasar por una entrevista laboral, el entrevistador encontraría tipos arrogantes, que balbucean ante preguntas difíciles, que prefieren mentir y culpar a otros por sus errores, desviar la atención en beneficio propio, trabajar para sí mismos y no para la empresa; tipos con personalidad que dividen grupos y, para culminar, con un pésimo peinado y un traje caro que no les queda bien. Nadie en su sano juicio les daría un puesto de trabajo. Pero les votan. Primero porque su dinero les otorga poder, y el poder atrae a algunos.

Luego están los votantes, votantes que quizá admiran a estos dos personajes “porque se atreven a decir lo que piensan y hacer lo que quieren”, pese a que eso incluya saltarse leyes, ser xenófobos o racistas, favorecer a sus amigos, demostrar egoísmo, misoginia y mala educación. Quien quiera admirar eso debería reconocer todos esos comportamientos como propios. Sería mucho mejor admirar a gente que también hace lo que quiere y dice lo que piensa cuando esas acciones respetan, incluyen, toleran, igualan.

Estos votantes necesitan de una idea, nada más, que cuaje. Si The Sun insiste en sus titulares —“Corbyn es un traidor que se quiere rendir a la UE”— lo creerán. Quieren creerlo, y da igual que les digas que es imposible que Boris Johnson, Rees-Mogg o Trump estén a favor de la clase trabajadora, o que proteja la seguridad social o el bienestar social. Ellos han leído ese titular, ellos han visto un mensaje en Facebook que les ha llegado. Y no quieren saber más. No tienen tiempo para investigar si es cierto; lo aceptan y eso es todo, es su verdad. Son como los que creen que la tierra es plana: Da igual que les des muestras de evidencia en contra; siempre tienen una respuesta por rara que sea. Y aun me sigo sorprendiendo.

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