Llegó la hora del Túnez-Panamá - Mundial Rusia 2018 - A la Contra
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Mundial Rusia 2018

Llegó la hora del Túnez-Panamá

Cada cuatro años aparcamos la afición local y, temporalmente, desempolvamos la enciclopedia de tópicos para ponernos a vivir el Mundial.

Qué extraño fenómeno hace que un ser humano con estudios superiores (o sin ellos) salga de trabajar en verano y su primera opción sea sentarse a ver un Túnez-Panamá? No lo sé, pero yo soy uno de esos seres humanos. Y sí, es probable que llegado el momento no conozca un solo jugador de los que salten al césped (podría decir que sí, pero es que no) o que, en el fondo, me dé absolutamente igual lo que ocurra en el partido. Da igual. Ahí estaré. Lo sé. Es obvio que tiene poco de racional y mucho de superstición. Asumo igualmente que mucha gente de provecho me vea como una especie de deshecho de tienta por ello. Llámenlo placer culpable, tradición, afición friki, hedonismo macabro o estupidez. Están en su derecho. Eso sí, antes de lanzar cualquier batería infalible de reproches intelectuales, piense que no sólo es una decisión inofensiva sino que también es voluntaria y placentera. Lo crean o no. No hace falta recurrir al Discurso del Método para saber que muchas de las cosas que más se disfrutan en esta vida tienen poco que ver con la racionalidad.

Los aficionados al fútbol aparcamos cada cuatro años la afición local, temporalmente y algunos más que otros, para desempolvar la enciclopedia de tópicos y ponernos a vivir el Mundial como si realmente fuese algo que nos importase. Recordando fechas, partidos, tácticas, alineaciones o jugadores míticos que creemos saber pronunciar. Léase Lev Yashin, Frank de Boer, Arthur Antunes Coimbra o Kenny Dalglish. Asociamos fechas históricas a hitos de nuestra propia vida y lo hacemos pensando que son fenómenos ligados cósmicamente. “Cuando Tassotti le partió la nariz a Luis Enrique yo ya lo veía venir porque nos habíamos quedado tirados con el coche camino de Huesca”. “Sabía que ganábamos las tanda de penaltis contra Eire porque fue justo cuando Maruja se puso de parto y no la pude ver”. Creemos vivir cada Mundial como si fuese algo único pero obviamos que hemos vivido lo mismo un millón de veces.

Todos sabemos por ejemplo que habrá una selección africana que despunte. Que pensaremos que esta vez es diferente y que creeremos que llegará a semifinales por primera vez en la historia. Luego, cuando no ocurra, diremos que es una pena porque, a pesar del evidente potencial físico, la falta de disciplina táctica hace que los equipos africanos no lleguen más lejos. Y nos quedaremos tan anchos haciendo una reflexión tan sumamente masticada. Igual que todos sabemos que habrá una selección que jugará de maravilla y nos deslumbrará en la fase de grupos, que se convertirá en el inesperado gran favorito y que caerá eliminada en la primera ronda de play-off. Que lo hará además a manos de un equipo que nadie recordaba que estuviese allí. De igual forma, en esa misma fase de playoff, aparecerá un equipo histórico que se ha clasificado de chiripa y jugando de forma horrorosa, pero que, sin querer, ha ido pasando eliminatorias hasta plantarse en la final. Es muy probable incluso que sigamos pensando que la selección brasileña juega de maravilla (sin que sea verdad) o que creamos que el juego de Alemania es sobrio, pragmático y contundente (cuando no lo es).

Hay mucha gente que piensa que el de Rusia será un Mundial especial por aquello de las nuevas normas arbitrales. Ese controvertido VAR y la posibilidad que ahora tendrán los árbitros de sancionar con carácter retroactivo cualquier acción que haya sucedido en el mismo partido. Puede ser, pero la gran novedad de este mundial, para mí, va a ser no poder ver a dos de mis selecciones favoritas: Italia y Holanda. Un drama personal. Tanto, que tendré que buscar consuelo en otra selección (todos tenemos una). No lo tengo claro.

En el grupo A estaré pendiente de Uruguay. Porque me gusta el país, porque es la selección con el ratio más alto de Mundiales por habitante y porque me gusta esa especie de espíritu colchonero con el que saltan al campo. En el grupo B está España, claro. Esa selección cuyos secuestradores se empeñan en hacerme creer que no es la mía pero que, muy a pesar suyo, lo es. Es la selección con la que sufriré cuando el balón empiece a rodar. Lo quieran o no. A pesar de todos los pesares.

Tengo simpatía histórica por el fútbol danés así que será interesante verles pelear en el grupo C con la todopoderosa Francia (¿la mejor plantilla del Mundial?). Guardo igualmente demasiados vínculos sentimentales con Argentina como para no echarle un ojo al grupo D. Esos jugadores de primer nivel, excesivamente presionados, a los que tanto les cuesta jugar como equipo. Esa espectacular afición albiceleste que en apenas unos segundos, bordeando el drama, es capaz de arrastrar a su equipo desde el cielo hasta el infierno (y viceversa).

Creo que mi placer culpable estará en el grupo E. Demasiadas cosas se cruzan en esa selección de Serbia como para no reservarles un lugar en mi corazoncito. Los últimos en llamarse Yugoslavia, esa fabulosa historia construida sobre una derrota y el hecho de que su delantero centro titular sea el del Fulham (¡Mitrovic!). Alemania lo eclipsa todo en el F y tengo verdadera curiosidad por ver a los japoneses en el H pero me da que pondré mi atención y mis reflexiones (tomen nota compañeros de A LA CONTRA) en los ingleses del grupo G. En ese combinado de Southgate que, sorprendentemente, ha llegado al mundial sin hacer demasiado ruido. Con el equipo más joven en décadas y con una inquietante mezcla de confianza y prudencia, muy poco común en un equipo de tradición extremista, que les invita a ser optimistas pero no osados.

Un par de días más y empezamos. Guarden sitio.

Se hace llamar "escritor intruso", pero ya se está convirtiendo en escritor de cabecera. Alimentó un blog en torno al Atleti (“Y los sueños, sueños son”) desde 2007 a 2017 así como otros blogs clandestinos sobre música, cine, series y política. Además, es compositor, cantante, guitarrista y teclista de los 'Happy Losers'. También ha publicado discos en solitario bajo el pseudónimo de Lukah Boo. Entre otras rarezas tiene un título de Ingeniero Industrial firmado por el Rey.

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