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Sociedad

Último día de clase

Un abanico de posibilidades y mundos que en tu imaginación siempre acababan de la mejor manera.

Se habla con frecuencia del primer día de clase. En las películas, en los libros, en Cuéntame cómo pasó… el primer día de clase es un recuerdo recurrente. Sin embargo, somos muchos los que nos acordamos mejor del último día de clase. Probablemente, en el top 100 de días más felices de la mayoría de la gente estén representados los últimos días de muchos cursos.

Tanto si el año había sido malo, como bueno, el último día de clase era una liberación. El sentimiento que te invade es similar al del preso que pisa la calle por primera vez tras años de confinamiento, o cuando pegas el estirón y dejas de ser gordo. Es una alegría con mucho sentido. Por fin vas a disfrutar del tiempo libre. En una ocasión, quizá al finalizar 2º de la ESO (ya ves tú), organizamos una guerra de globos de agua al salir de clase. Era el momento perfecto para tratar de intimar, torpemente, con alguna de las mozas de clase, con las que, por supuesto, no habías mantenido una conversación medio decente en todo el año.

Te habías limitado a la contemplación externa, como si de un cuadro de Dalí se tratara. Podrías dibujar con la mente perfectamente cada parte del cuerpo de la chica que te gustaba, pero no habías intercambiado media palabra más allá de “¿cómo llevas la mates?”. Quizá ese día de junio, en plena batalla campal de globos de agua, empezamos a hacernos un poco más adultos.

Otros años, terminar el curso significaba prepararse para comenzar una aventura. Significaba subirse al Halcón Milenario y encender los motores hacia el futuro. Las fiestas del pueblo, el viaje al extranjero, los días de piscina… todo era una incógnita. Un abanico de posibilidades y mundos que en tu imaginación siempre acababan de la mejor manera.

En segundo de bachillerato el efecto psicotrópico se multiplicaba. En el mismo instante en que entregabas tu último examen de Selectividad dejabas de ser el mismo. Ahora eras tu yo del futuro. Más sofisticado, más adulto, más inteligente. Dejabas el instituto y te convertías en universitario, uno de esos especímenes que tantas veces habías visto en las películas americanas.

Pero no todo es siempre alegre, para qué nos vamos a engañar. El último día de universidad no es especialmente divertido. ¿Y por qué? Porque al contrario que los años anteriores, ese día no ganas libertad, la pierdes. Incluso si se da el caso de que vas a trabajar en lo que te gusta, sabes que se acabó una era, quizá la mejor de tu vida.

Ya no volverás a vivir sin horarios, con una agenda de fiestas mayor que la de Keith Richards en sus tiempos jóvenes, ya no serás inmune a la resaca, la vida intelectual dejará de ser una prioridad y entrarás de lleno en la monotonía laboral. Pero no todo está perdido, el último día de trabajo antes de las vacaciones puedes sentirte niño una vez más. La incertidumbre por lo que puede suceder es menor, pero a cambio hemos descubierto el placer de desayunar en una cafetería a las 12 de la mañana.

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