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Un enemigo del pueblo.
'Un enemigo del pueblo' | El Pavón Teatro Kamikaze

Teatro

El juego de la democracia

‘Un enemigo del pueblo’ es un ejercicio de democracia encomiable, un ejemplo de que se trata de un sistema sometido a debate constantemente.

En la vida, muchas veces nos encontramos ante una disyuntiva, un terraplén que nos da únicamente dos opciones: tirarnos y caer o, simplemente, quedarnos en tierra firme. Cualquiera de las dos decisiones acarrea consecuencias. Sobre eso va Un enemigo del pueblo, la obra de Henrik Ibsen que ahora versiona Álex Rigola en el Teatro Kamikaze: un ejercicio de democracia encomiable que no será comúnmente aceptado, aunque desde la dirección tampoco pretenden que así sea, de lo contrario iría en sentido opuesto al de su mensaje.

A lo largo de nuestra corta y fugaz existencia, tomamos millones de decisiones, emitimos juicios a diario, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, solos o acompañados, esa también es una sentencia más o menos compleja según para quién la tome. La vida, a veces, no acepta grises, y si en algún momento los toma por válidos, con el tiempo te das cuenta de que no era así. No hay medias tintas, o estás con un bando o perteneces al otro. La vida, ocasionalmente, formula preguntas que solo se pueden responder con un sí o un no, sin matices. A los asistentes de Un enemigo del pueblo les pasa igual, se les entregan dos papeletas, una verde y una roja, y con el poder que otorga la democracia pueden dinamitar el resultado final de la función.

Tres preguntas, o, mejor dicho, tres contestaciones, marcan el devenir de Un enemigo del pueblo: la primera, si creemos en la democracia; la segunda, si pensamos que el teatro en el que estamos debería poder decir lo que piensa sobre el escenario, sin miedo a las represalias; y la última y más juguetona, si queremos dar por finalizada en ese mismo instante la función como acto reivindicativo a favor de la libertad de expresión.

Israel Elejalde, uno de los actores y, al mismo tiempo, uno de los directores del espacio, advierte de que no es un juego, pero lo que no sabe es que la mayoría del público, en representación de sus conciudadanos, se toma la democracia como si así fuese: nada más que eso, un juego, pura diversión, un casino en Las Vegas. Eso explica algunas de las circunstancias que nos gobiernan hoy, por qué ocurren cosas tan irracionales contra el ser humano en este mundo cada vez menos apacible.

En el ensayo general, el acto no duró más de quince minutos porque el público así lo quiso. Parte de los allí presentes no daban crédito, algunos incluso estaban conmocionados (habían venido desde el pueblo para ver aquello) y otros pedían explicaciones, estaban ofendidos, se sentían estafados. Solo unos pocos y tímidos aplausos lograron eclipsar las protestas, una especie de motín que no fue más allá. La obra que viene después, en la que además de Elejalde intervienen Irene Escolar, Nao Albet, Óscar de la Fuente y Francisco Reyes, no es más que un ejemplo de que la democracia es un sistema que está sometido a debate constantemente, aunque para ejemplo, inmejorable, lo vivido en el ensayo general. La representación pone al límite cuestiones éticas y morales como la corrupción, los intereses propios frente a los comunes, o la libertad de prensa. Al final de esta, el ágora dictamina quién es realmente el enemigo del pueblo (¿será la democracia?). Aviso: no todos se marcharán contentos de la sala.

Más de cuarenta años llevamos viviendo bajo este régimen en España y, sin embargo, parece que no nos hemos acostumbrado a vivir con él, ni siquiera hemos aprendido a respetar las decisiones de quienes nos llevan la contraria. Empezando por el propio Ibsen, que admitía que la mayoría no tiene la razón, sino la fuerza, y que, a través del personaje de Stockmann, interpretado por un inspirado Elejalde, transmite y trata de convencernos de que el sufragio universal es el mayor mal de la humanidad: solo unos pocos elegidos, pertenecientes al star system de los intelectuales, están realmente capacitados para ejercer el voto.

Pagan justos por pecadores. Eso debía de creer, en parte, Ibsen. Razón tiene, pero democracia es más que eso, nos guste o no, democracia supone también arrodillarse, doblegarse de vez en cuando a las opiniones del resto, aquellos con los que no estás de acuerdo. Aunque para algunos no es más que un juego; luego, también están los que no la apoyan, por supuesto.

Yo voto sí a Un enemigo del pueblo: una genial ocurrencia con consecuencias, con un inicio rompedor difícil de igualar, una lección de democracia planteada con asombrosa sencillez. El teatro es debate, debe plantearnos cuestiones de este tipo constantemente y los actores tienen que oler el peligro sobre el escenario, sentir esa adrenalina en sus propias carnes. No obstante, un voto no hace la fuerza y tampoco tiene la razón, la mayoría es la que manda, en un teatro y en la calle.

Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.

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