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Tour de Francia

Una carnicería camino de Roubaix

Esas carreteras estrechas y adoquinados recuerdan a un atajo al infierno. Ahí se fue Richie Porte con la clavícula rota antes de que Degenkolb rubricara su triunfo.

Coger turno en una carnicería es algo casi del pasado, de la vida de pueblo, esa de preguntar a los vecinos por el tiempo mirando al cielo. Esa práctica, tan rústica como entrañable, convierte al ser humano en especial, algo que también desprenden los adoquines en el ciclismo. Tienen algo de místico, solamente reservados para unos pocos. Entre ellos se pone en juego en abril la Paris-Roubaix, pero el Tour de Francia quiso incluirlos en el menú y convirtió esta novena etapa en una pelea dramática, llena de sustos, de caídas, de pinchazos y de persecuciones. De ese envoltorio salió un triunfador, John Degenkolb, y un castigado, Richie Porte, a quien la diosa Fortuna volvió a jugarle una mala pasada. Caída, rotura de clavícula y para casa. Otra vez.

No se llevaban veinte kilómetros de etapa y el aspirante australiano ya estaba fuera de carrera. Cuesta entender su mal fario con las pruebas de tres semanas. El año pasado se cayó bajando el Mot du Chat, en la primera etapa de montaña, cuando se le veía al nivel de Froome. Pero es que esa es una historia que se ha repetido constantemente. Caídas, averías, pájaras… La vida de Richie Porte es así desde que saltó a la primera plana. Habrá que replantearse su favoritismo en el futuro, pues el ciclismo es subir fuerte, contrarrelojear bien y tener un halo de invencibilidad que te protege si te caes o que te lleva a cruzar un campo de punta a punta sin pinchar. Y eso se tiene o no se tiene.

 


Un Infierno en el Norte


En los quince tramos de pavés camino a la emblemática ciudad de Roubaix hubo miedo y sustos para todos. Esas carreteras estrechas recuerdan a los caminos del pasado, a una batalla por escribir, a un atajo al infierno. Nada bueno se intuye en su cercanía. Solo me puedo imaginar a un demonio y su caldero chorreando fuego y salivando ante la llegada inocente de nuevas víctimas. Nadie se libra de su maldad, de su tiranía. Y cuando digo nadie, es nadie.

Se cayó Froome, auxiliado por el omnipresente Kwiatkowski, Mikel Landa, que salvó la jornada gracias a un excelso Movistar, y Romain Bardet, que tuvo que parar cinco o seis veces, por caídas y pinchazos y acabó tan desnortado como indemne. El grupo de los Movistar le salvó el Tour. Quien se dejó media vida en los adoquines fue Rigoberto Urán, que se fue al suelo y ni el incansable trabajo de Education First pudo minimizar perdidas. Perdió más de medio minuto con respecto a los favoritos para ganar en París.

 


Movistar, un diez


De Movistar toca hablar bien esta vez, así que hagámoslo. En una etapa que era una trampa y una encerrona para sus líderes, respondieron de forma inmejorable. Valverde ofreció una clase maestra, siempre a rueda de Sagan, hábil, listo, evitando contratiempos, sin perder la cara a la carrera. Sale reforzadísimo de su primera semana. Quintana mostró solidez, utilizó a sus compañeros al principio, pero cuando estuvo solo se defendió de maravilla. Y también toca dar un diez a Amador y a Erviti, especialmente, guardianes de la fortaleza de Landa. Se quedaron con él tras su caída y lo llevaron en volandas hasta el grupo en el final de la etapa. Cum laude para los telefónicos.

La etapa se jugó en la parte final, con las piernas echando chispas y los favoritos alternándose en la cabeza del grupo. De entre el polvo de los adoquines de Champin en Pevele emergieron con unos metros tres maestros de estas lides, el maillot amarillo Greg Van Avermaet, libre de trabajar tras el abandono de Porte, el campeón belga Yves Lampaert y el veloz alemán John Degenkolb. Fue el único momento en el que Peter Sagan no estuvo al quite y eso le costó la etapa. Intentó reaccionar, pero fue tarde ya para él porque el trío de cabeza se alternó en los relevos para poder jugarse la victoria.

 


Degenkolb, una historia que conocer


Levantó los brazos el sprinter de Trek, emocionado como ningún otro, con lágrimas en los ojos recordando aquel terrible accidente entrenando en la pretemporada de hace dos años, cuando una británica al volante se llevó a unos cuantos de su equipo. Estuvo cerca de abandonar, le costó recuperar la forma, pero no hay mayor recompensa que ésta, ganar en una de las etapas grandes del Tour y hacerlo por delante del maillot amarillo. La persistencia tiene premio.

El Tour respirará, que falta hace a todos después de la sangrienta carnicería de este domingo veraniego que nos ha recordado a la Pascua de Resurrección. Pero la calma del lunes solo será el preludio de la tormenta que se desatará en los Alpes a partir del martes. Viene otro Tour por delante, uno sin Porte, con Urán herido, con Froome como favorito y con Movistar enseñando las uñas. Yo, si fuera usted, no me lo perdía.

1 Comment

1 Comment

  1. dani

    20/07/2018 at 09:52

    Richie Porte no había tocado un adoquín cuando se fue al suelo. Tu artículo da lugar a error por querer vender sangre y es tendencioso, ni siquiera en los últimos 20 años, en las numerosas etapas por pavé que ha habido en el Tour ningún ciclista (de los considerados importantes) se ha tenido que retirar por caerse en las piedras, ni Froome en 2014 que se cayó dos veces, pues ninguna de ellas fue en el pave, y Contador se retiró por caerse bajando un puerto, pero nadie habla del infierno de las bajadas.

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