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Cultura

Unamuno o cuando el fútbol le derrotó

El filósofo pudo acabar antes de tiempo con el primer gran mito de San Mamés, pero Rafael Moreno Pichichi no se dejó convencer. El fútbol terminó venciendo.

Una de las mentes más brillantes de la Generación del 98 conoció de primera mano la irrupción del fútbol (entonces llamado foot-ball) como deporte de masas. Ocurrió en la década de los 20 cuando el dramaturgo y filósofo vasco dedicó varios ensayos y reflexiones a aquel deporte que por entonces empezaba a rivalizar con la tauromaquía en afición y seguimiento. Unamuno, siempre tan atento a los días que le tocó vivir, había escrito ya bastante sobre deporte. Hasta 25 ensayos periodísticos o columnas en los que se refleja su visión del deporte moderno. Un abanico de ideas que se despliega desde su vertiente como fuente de salud hasta su expansión afectiva desarrollada entre los asistentes a estos espectáculos deportivos. El deporte, al fin y al cabo, sirve en esa sociedad de principios del siglo XX para formar también al hombre nuevo, gracias a su cariz educativo, según afirmaba el propio Unamuno.

Y así lo recogió en escritos que abarcan desde la pelota vasca, el deporte de su niñez en Bilbao, hasta el ajedrez o el incipiente alpinismo. A Unamuno le seduce el componente de juego y de diversión que observa en el deporte y comienza a criticar la pátina de patriotismo y profesionalidad con la que el deporte se empieza a barnizar a partir de 1920. Ahí el fútbol es el principal exponente y su crítica mordaz aparece en textos como ¡Pasto y Deportes! (1924), Boy-Scouts y Foot-ballistas (1923), o Sobre el desarrollo adquirido por el fútbol en España (1924). En este último es donde ya encontramos esa idea del fútbol como opio del pueblo: “Favorece el acatamiento incondicional de las acciones del poder por parte de una ciudadanía adormecida con el espectáculo”.

Cuatro años antes de que la Liga de Fútbol Profesional fuera una realidad lamentaba el autor de Del Sentimiento trágico de la vida que a la tauromaquia le hubiera crecido un hermano bastardo todavía más peligroso. Eran lo que él denominaba “los partidos del pelotón” que estaban creando una “incivil” competencia entre vecinos y compatriotas, “en una manifestación del más triste localismo”. También visualizaba Unamuno una incipiente vanidad en el deportista profesional que ya empezaba a proliferar en aquella época. Tampoco los periodistas deportivos nos librábamos: “La escasa calidad literaria del periodismo deportivo, incapaz de escribir textos que canten las gestas de los grandes jugadores”, dejó escrito el vasco.


Una cuestión familiar


Y es que el fútbol estuvo muy presente en la vida de Unamuno desde muy pronto. Su auge y expansión lo vivió como testigo de excepción en Bilbao, primero en los partidos que los marineros ingleses comenzaron a disputar en la Campa de los Ingleses, donde más tarde se levantó San Mamés. Fue allí, en La Catedral, donde comenzó a destacar un joven Rafael Moreno Aranzadi, alías Pichichi. El delantero que había fichado en 1911 por el Athletic Club procedía de una familia acomodada de Bilbao. Su padre, Joaquín Moreno, era abogado y llegó a ejercer unos meses como alcalde de la ciudad. Su madre, Dalmacia Aranzadi, era sobrina de Miguel de Unamuno.

“Pichichi era la amargura de su madre por ser el díscolo de la familia. Que saliese futbolista, que hiciese novillos en los Escolapios para jugar al fútbol con los marineros ingleses era algo que no se entendía en su familia”, recordaba Rafael Moreno, sobrino nieto del futbolista en una entrevista en Deia. El delantero era además el mayor de los hermanos y gracias al crecimiento y auge del fútbol se había convertido en una de las primeras estrellas del balompié, ídolo de San Mamés y admirado por sus hermanos pequeños. Ser el autor del primer gol en San Mamés, conquistar cuatro Copas del Rey con los rojiblancos o ganar la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Amberes de 1920 solo hizo aumentar más su popularidad.

Pero esos éxitos nunca se hubieran producido si el plan trazado por su madre hubiera surtido efecto. Dalmacia pensó que su tío, Miguel de Unamuno, sería el reclamo perfecto para alejar el balón de los pies y sobre todo de la cabeza de Pichichi. Su pariente, Rafael Moreno, explicaba el intento fallido de la familia por apartarle del fútbol: “La madre convenció a Unamuno para que iniciase al chaval en la filatelia y así apartarlo del fútbol. Le regaló una colección de sellos ya empezada de sellos muy importante, pero no cuajó”. Unamuno fue incapaz de convencer a su sobrino nieto y el fútbol venció.

El cambio o la maduración ideológica que sufrió el propio Miguel de Unamuno en otros aspectos de su vida, también pudo verse reflejado en su visión sobre el fútbol. Su pensamiento crítico varió a medida que se fue abandonando la pureza del juego y ese componente amateur perdió peso frente al incipiente profesionalismo, competitividad y rivalidad. Unas características que se acentuaron tras la inauguración del primer campeonato de Liga en España, en 1928, del que Unamuno también fue testigo de excepción. Al filósofo le sorprendía el entusiasmo desatado en unas gradas cada vez más numerosas y el éxito de un deporte que traspasaba clases sociales y fronteras. Sus palabras, pronunciadas tras el recién inaugurado campeonato, ya vislumbraban algunos de los problemas que se han reproducido en los más de 90 años de Liga: “Con el tiempo el fútbol enfrentará a personas, clubes y aún ciudades”.

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