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Mikaela Shiffrin.

Deporte USA

USA: picos y valles en Pyeongchang (I)

Cinco historias de mujeres antes de que los Juegos bajen el telón: Lindsey Vonn, Mikaela Shiffrin, Chloe Kim, Lindsey Jacobellis y Mirai Nagasu.

Mikaela Shiffrin. CORDON PRESS

USA: picos y valles en Pyeongchang (I)

Lo que sigue es una visión de los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyeongchang, a punto de terminar, desde una perspectiva estadounidense. Lo que sigue son cinco historias de cinco mujeres: Lindsey Vonn, Mikaela Shiffrin, Chloe Kim, Lindsey Jacobellis y Mirai Nagasu.

 


I. La mujer de fuego


En el anuncio televisivo de la NBC sobre Lindsey Vonn para los Juegos Olímpicos de Pyeongchang, entre imágenes de montañas nevadas, caídas aparatosas, hospitales, cicatrices, sesiones de gimnasio, podios y golpes de boxeo, se escuchaban las primeras estrofas de Girl on fire, la canción de Alicia Keys.

Por fin, la mujer de fuego estaba de nuevo sobre la nieve.

Desde Vancouver 2010 (un oro y un bronce para la esquiadora de Minnesota) habían pasado ocho largos años “llenos de altibajos”. “Diría que sobre todo con muchos bajos, especialmente desde 2013 hasta ahora”, según sus propias palabras. Años de conmociones cerebrales, cirugías (cinco en total) y lesiones en la rodilla derecha (dos operaciones de tres roturas de ligamentos y una fractura de tibia), en el húmero (desde el año 2016 lleva 20 tornillos y una placa de metal de 30 centímetros de largo en su brazo derecho), en el tobillo o en la mano (tiene un tendón amputado). Años de una complicadísima relación con su padre, de un matrimonio fallido que acabó en divorcio y de un mediático y expuesto noviazgo con Tiger Woods. Años de lidiar con la depresión que le diagnosticaron en 2005 y que combate cuidando de sus tres perros (Leo, Bear y Lucy). Años de aguantar a gente en las redes sociales que desea que se rompa el cuello o que se caiga por un acantilado y se mate porque ella mantuvo en una entrevista a la CNN que no iría a la recepción a los medallistas del presidente Donald Trump en caso de ganar algún metal en Corea del Sur.

Años, en cualquier caso, que se conjugan en pasado. Porque, por fin, la mujer de fuego estaba de nuevo sobre la nieve.

Por eso, cuando Lindsey Vonn debutó en los Juegos coreanos en la prueba de Súper G, la ilusión de los estadounidenses no tenía límites. Sin embargo, apenas un minuto después, la esquiadora norteamericana cometió un error grave en uno de sus últimos giros y se quedó sin opción de medalla.

En poco más de sesenta segundos, el regreso que todos habían soñado se había desvanecido.

No hay nada más emocionante que unos Juegos Olímpicos.

Lindsey Vonn es la mejor esquiadora de la historia, la de las 81 victorias en la Copa del Mundo (sólo el sueco Ingemar Stenmark tiene más, 86, un récord que dura ya casi 30 años), pero sobre todo es una superviviente. Su madre, Lindy Lund, casi muere al darla a luz: sufrió un derrame cerebral, se le paralizó el lado izquierdo de su cuerpo y, después de tener cuatro hijos más, todavía sigue cojeando ligeramente al andar. Su padre, Alan Kildow, fue campeón nacional junior de Estados Unidos, pero se rompió la rodilla a los 18 años. Entonces, como otros tantos padres, quiso que sus hijos cumplieran los sueños que él había tenido. Con un año, ya les ponía sobre los esquíes y, con cinco, les apuntaba a competir en carreras. Cuando Lindsey Vonn cumplió 12 años, su padre fue todavía más lejos, ideó un plan quinquenal para que ella fuera olímpica y decidió mover a toda la familia desde Minneapolis a Vail (Colorado). No tenían dinero y los niños muchas veces dormían en el suelo de su nuevo apartamento. Alan y Lindy, incluso, tardaron más de un año en decirles a sus hijos que habían tenido que vender su casa de Minneapolis. Ese día, Vonn aprendió una importante lección: “En ese momento, supe que tenía que tener éxito. El fracaso no era una opción”, le reconoció a Wayne Drehs en un reportaje en espnW.

Pero los Juegos Olímpicos no entienden de éxito y la relación de Vonn con ellos lo explica a la perfección: en Turín 2006, una grave caída; en Vancouver 2010, oro y bronce; en Sochi 2014, ausencia por una doble operación de rodilla.

En Pyeongchang 2018, la última oportunidad para convertirse en el tercer estadounidense en conseguir tres medallas olímpicas de esquí alpino (cuarta ya, contando a Mikaela Shiffrin), la última oportunidad para convertirse, a sus 33 años, en la medallista de esquí alpino más veterana de cualquier nacionalidad de la historia. “No me quedan muchas millas. Mi contador está casi rebasado. Así que el plan es dar todo lo que tengo en Corea del Sur y apostarlo todo. Tres carreras. Sin miedo. Todo lo que tengo. O gano o como mierda. O lo uno o lo otro. Eso es todo lo que puedo hacer”, le dijo al citado Drehs.

El Descenso, segunda oportunidad para conseguirlo, fue unos cuantos días después del regreso frustrado en Súper G.

Hace un tiempo, el exesquiador Steve Nyman le contó a Aimee Lewis en otro reportaje de la CNN que los corredores que compiten en el Descenso tienen un “tornillo suelto”. La razón y la experiencia le acompañan. En el Descenso, la prueba más dura del esquí alpino, los esquiadores superan velocidades de 140 kilómetros por hora (más de 120 kilómetros en el caso de las mujeres) en pendientes con un desnivel vertical de entre 15 y 30% (y, en los saltos del recorrido, superan hasta tres veces su peso corporal). Es, por supuesto, la prueba preferida de Vonn y la que mejor la define. Quizá la razón para entenderlo se encuentre en estas palabras que ella misma le dijo a Drehs: “Cuando estoy sobre la montaña, nadie puede tocarme. Soy dura y decidida y creo en mí misma. Pero fuera de la montaña, me cuesta mucho tener confianza. Nunca me siento lo suficientemente bien fuera de la pista. Quizá por eso es por lo que adoro tanto esquiar”, explicó.

Al final, en el Descenso de Corea del Sur, Lindsey Vonn fue bronce. Un día después, en la prueba de Combinada, cuando empezó a nevar en la colina y tenía opciones de sumar la cuarta medalla olímpica de su carrera, ella se saltó una puerta en el tramo de Eslalon y fue descalificada. Sus maltrechas piernas no parece que vayan a aguantar cuatro años más y a la mejor esquiadora de la historia se le escapó la opción de sumar una nueva y ansiada medalla de oro en el epílogo, pero a veces conseguir los objetivos no es más que una cuestión de perspectiva. “Las carreras de esquí te quitan mucho. Es por eso que debes apreciar cada momento que tienes”, recordó Vonn ante los periodistas.

Y, claro, también está la memoria de su abuelo.

Lindsey Vonn, inconsolable, rompió a llorar el pasado 9 de febrero en rueda de prensa cuando le preguntaron por Don Kildow, su abuelo, fallecido el pasado mes de noviembre a la edad de 88 años. Veterano de la Guerra de Corea, en la que murieron alrededor de 37.000 soldados estadounidenses y en la que él estuvo durante dos años en el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos, Don Kildow trabajó toda su vida como obrero en la construcción e introdujo a su familia en el deporte. Lindsey le adoraba y, durante las Olimpiadas, se pintó las iniciales de su nombre y su apellido en su casco y portó un medallón al cuello con parte de sus cenizas. Después, esparció esas cenizas en una de las rocas cercanas a la ladera de la prueba de Descenso. “Sé que significaría mucho para él estar de vuelta aquí. Una parte de él siempre estará en Corea del Sur”, confesó.

Fue un bonito homenaje, pero, en realidad, Vonn llevaba ya muchos años homenajeándole.

“Será mejor que te hagas amigo del dolor porque vas a tenerlo toda tu vida”, solía decir Don Kildow.

Pocos deportistas conocen mejor esa sensación que su nieta, Lindsey Vonn, la mujer de fuego.

 


II. La heredera durmiente


En ocasiones, la manera de explicar las razones por las que un deportista llega a ser el mejor de su especialidad es muy sencilla: porque se esfuerza y trabaja mucho más que el resto. Mikaela Shiffrin, la gran estrella actual del esquí alpino, es una de esos deportistas que prefiere hacer sentadillas y levantar pesas en el gimnasio en vez de estar mirando a las musarañas. “Mikaela es sobresaliente por su dureza mental y por su perseverancia. Es tan deliberada con su entrenamiento, nunca hay una pulgada desperdiciada en la colina. Tiene un montón de valor y es por eso por lo que es la mejor del mundo”, le contó Jeff Lackey, uno de sus entrenadores, a Rob Hodgetts en un reportaje de la CNN. Y Barry Svrluga le respaldó en The Washington Post: “Shiffrin es una trabajadora voraz, una atleta que prefiere hacer una carrera más de entrenamiento en lugar de una carrera menos”. Los resultados de la esquiadora estadounidense, a la que su padre Jeff le puso los esquíes por primera vez con dos años, apoyan esa tesis: entre otros, campeona olímpica de Eslalon con 18 años en Sochi 2014 (guarda esa medalla en un calcetín, en serio), ganadora de 41 pruebas en la Copa del Mundo (para ponerlo en perspectiva: Vonn, a esa edad, 22 años, llevaba sólo 7 victorias) y tricampeona mundial.

Con su presente y con su futuro (aunque pocas cosas son más inciertas que el esquí alpino), no es de extrañar, entonces, que todos los focos de la cita en Pyeongchang estuvieran puestos sobre ella.

“Soy bastante aburrida. Ustedes lo descubrirán en estos Juegos”, se presentó Shiffrin en rueda de prensa ante los periodistas. Y, de hecho, no mentía. Básicamente, es una criatura de costumbres y sus días transcurren entre dormir (su condición de dormilona es tan conocida como su obsesión con entrenar más y mejor que sus rivales), ver Blue Bloods (la serie de televisión favorita de ella y de su familia), comer y entrenar, reiteramos, mucho. Un ejemplo: en Navidad, la joven esquiadora norteamericana entrenó todos los días menos el 26 de diciembre, incluidos, en efecto, los días de Nochebuena, Navidad o Año Nuevo. “Nuestro deporte es enormemente mental. Nosotros tenemos que entrenar fuerte, ser fuertes y ser técnicos sobre los esquís, pero también tienes que estar preparada cuando viene una puerta y capacitada para controlar todo lo que te viene a la cabeza. Definitivamente es importante, sobre todo en un gran evento, estar preparado para eso”, analizó la propia Shiffrin en el citado Post.

Entrenar, entrenar y entrenar. Coger confianza con mucho volumen de entrenamiento para poder derrotar a su mayor enemigo: su miedo a decepcionar a las personas. Sus nervios. La ansiedad.

No en vano, al contrario que la mayoría de seres humanos, Mikaela Shiffrin es extraordinariamente abierta a la hora de hablar de su lucha contra la ansiedad. Nunca la ha ocultado. Ni su pánico a las cosas que no puede controlar. Ni sus problemas con los cambios de rutina. Ni su antigua tendencia a vomitar antes de las carreras (en el primer Skype que realizó con Lauren Loberg, su psicóloga, vomitó, de hecho, al describir sus problemas).

Unos problemas que parecía tener superados, pero que aparecieron de nuevo en PyeongChang.

A finales de enero, Shiffrin se cogió cuatro días de vacaciones. Todo el mundo se quedó sorprendido. Con los Juegos en el horizonte, tal vez la razón fue el agotamiento. Ella es la mejor del mundo, pero el objetivo asustaba: ir a Corea del Sur a por tres, cuatro, quizá cinco oros. Hasta ahora, la croata Janica Kostelic, en 2002, es la que ha realizado unos mejores Juegos de la historia en esquí alpino: tres oros y una plata. Ningún esquiador americano, hombre o mujer, ha ganado nunca tres oros olímpicos.

El objetivo, como decíamos, asustaba y todos los miedos de la joven esquiadora estadounidense aparecieron en forma de malas condiciones meteorológicas. Entrenamientos suspendidos. Aplazamientos de pruebas. Cambios de rutina. Cosas que ella no puede controlar.

Aun así, en su primera prueba, el Eslalon Gigante, Shiffrin demostró su talento: medalla de oro. Un día después, llegaba el Eslalon, su prueba fetiche, y un objetivo todavía mayor: volver a conseguir otra medalla de oro en días consecutivos, algo que en el esquí alpino únicamente ha conseguido la alemana Katja Seizinger en 1998. Sin embargo, algo no funcionaba bien: “Vi la mirada de sus ojos cuando llegamos a casa después de la ceremonia de medallas y pensé: ‘Oh, no’. Ella estaba agotada”, le dijo Eileen Shiffrin, su madre y entrenadora, a Tim Layden en Sports Illustrated. Y así fue: tras no poder dormir bien la noche anterior, Shiffrin vomitó antes de la primera carrera y, pese a recuperarse en la segunda manga, no pudo pasar del cuarto puesto final. “Tras la carrera de ayer fue tan emocionante. Me permití a mí misma sentir demasiado. Picos y valles. Demasiado pico ayer, demasiado valle hoy”, se sinceró Shiffrin.

Después, la esquiadora de Colorado se borró de las pruebas de Súper G y de Descenso, y terminó su participación en Corea del Sur con una nueva medalla, la de plata en la prueba de Combinada, para convertirse en la sexta estadounidense en ganar dos medallas en esquí alpino en unos mismos Juegos, la cuarta de la historia con al menos tres medallas en total en esquí alpino (Bode Miller, Julia Mancuso, Lindsey Vonn y ella misma).

Según se mire, un pírrico botín para tan ambicioso objetivo previo. Según se mire, un nuevo capítulo hacia la historia.

“Salir de estas Olimpiadas con dos medallas es una locura”, explicó Shiffrin a los periodistas tras la prueba de Combinada. Y concluyó: “Ha sido una montaña rusa mental. Era como si alguien estuviera jugando un partido de ping-pong en mi cerebro. Llegué aquí nueve días antes de los Juegos, recibí algo de entrenamiento. Y en el primer día con mis esquís, me sentí muy mal y pensé que debería irme a casa. Pero luego me sentí mejor y superé el jet lag”.

No se fue a casa y, al final, logró dos medallas más en su exitoso camino. Su futuro, como el de todos, es incierto y está a falta de escribirse. “No quiero asumir que algo más va a suceder. Cada día es un nuevo día”, dijo tras ganar su primera medalla en Corea del Sur.

No parece una mala filosofía a seguir.

 


III. La bebé dragón


Durante la bajada en la que su hija Chloe ganó la medalla de oro en la prueba de Halfpipe y se convirtió así en la medallista de snowboard más joven de la historia, Jong Jin Kim sostuvo un cartel con el texto “Go Kim” y con corazones dibujados a mano. Después, nada más terminar la prueba, ambos dos y Boran (madre de la una y mujer del otro) se abrazaron, Jong se señaló con el dedo y dijo claramente a la cámara de televisión las palabras “sueño americano”. Por último, el orgulloso padre celebró el éxito de su hija de una manera realmente muy estadounidense: bebiéndose una cerveza bien fría.

La mayoría de las veces la gente únicamente se detiene en la poderosa atracción de la quimera, en el venerado American Dream, por lo que nunca está de más recordar la realidad del concepto: el “sueño americano” casi siempre significa trabajar mucho. Y también, en la mayoría de las ocasiones, fracasar, fracasar y volver a fracasar hasta que se consigue tener una mínima posibilidad de éxito.

Jong Jin Kim llegó a Los Ángeles desde Corea del Sur en 1982 con un billete de avión sólo de ida, un diccionario de inglés-coreano y 800 dólares en metálico. Compró un 1970 Chevrolet Nova (un coche también realmente muy estadounidense), un cartón de cigarrillos Kent y alquiló una habitación de hotel por una semana a un precio de 150 dólares. Con 100 dólares en el bolsillo, comenzó a trabajar. Mucho, de cualquier cosa y en los peores sitios, tal y como sucede en el “sueño americano”. Lavaplatos en una hamburguesería, cajero en una licorería. Con el tiempo, consiguió matricularse en la universidad y obtuvo un título en Tecnología de ingeniería de fabricación. Se casó y tuvo dos hijas. Se divorció. Se fue a Suiza, abrió una agencia de viajes para coreanos y conoció a Boran. Se casaron y volvió a California otra vez con su nueva mujer para continuar persiguiendo el American Dream.

Al final, se puede decir que Jong Jin Kim sí que lo logró y alcanzó su “sueño americano”. Se llama Chloe y es su hija.

 

Cuando empezaron los Juegos Olímpicos, Chloe Kim tenía alrededor de 10.000 seguidores de Twitter. Ahora tiene más de 300.000 seguidores que han disfrutado estos días con sus ocurrencias, desde su famoso “puedo bajar a por helado” en mitad de la sesión de clasificación hasta su estoy “hangry” (palabra que procede de la unión de “hungry”, hambriento, y “angry”, enfadado) tras dejarse a la mitad un sándwich en el desayuno y tener hambre horas después. Su naturalidad sólo es comparable a su talento, a la facilidad con la que gana a sus rivales, cascos de música en las orejas.

Tras iniciarse en la práctica del snowboard con cuatro años con una tabla de 25 dólares que su padre le había comprado en eBay, Chloe Kim empezó a competir con seis años. Dos años después, sus padres la mandaron a Suiza con su tía para que aprendiera francés. Con diez, regresó a Estados Unidos y Jong renunció a su trabajo para acompañarla por el mundo: su superioridad en el Halfpipe, un embudo con muros de 6,7 metros, era más que notable pese a su precocidad.

Y, por supuesto, ella no se detuvo. Con 13 años era ya lo suficientemente buena como para ir a Sochi 2014, pero no tenía la edad mínima exigida para participar. Junto con su compatriota Shaun White, Kim es la única rider de la historia que ha conseguido un perfect score, 100 puntos. Y, faltaría más, es la primera mujer que ha logrado hacer dos giros 1080 consecutivos en unas Olimpiadas, en el ejercicio que le valió la medalla de oro con 98.25 puntos en PyeongChang.

Todo de ello, además, sin perder nunca la sonrisa.

“No siento mariposas. Tengo una buena sensación en el estómago antes de competir. Cuando no lo hago, me preocupo”, le comentó a Alyssa Roenigk en un reportaje en espnW. Y prosiguió: “Me encanta impresionar a la gente. Me lanzaré desde un puente para impresionar a alguien. Estoy bromeando. Pero sabes a qué me refiero. Me gusta ser esa persona interesante, el centro de atención”.

Hay una historia que a Jong le encanta contar a los periodistas. Chloe Kim nació en el año 2000, el año del dragón (“Imugi”) según la mitología coreana, por lo que él y su mujer llaman “Ipugi” a su hija. “Ipugi” es una palabra híbrida inventada del coreano que vendría a significar “la bebé niña dragón”. La pregunta de los periodistas después de ganar la medalla de oro no se hizo esperar. “Chloe, ¿has dejado de ser el bebé dragón y ya eres un dragón tras este triunfo?”, preguntaron. Y Chloe Kim respondió sin dudar: “Sí, soy un dragón”.

Tal vez sea demasiado aventurado asegurar que Chloe Kim es en verdad un dragón, pero lo que sí que es innegable es que la rider estadounidense, el “sueño americano” de su padre Jong, es ya la primera estrella mundial nacida en el siglo XXI. Siempre, habrá que insistir, fue avanzada en todo.

 


IV. La perseguidora del oro


Lindsey Jacobellis ha sido cinco veces campeona del mundo en la prueba de Cross de snowboard, pero no es por ninguno de esos títulos por los que es famosa. No, en absoluto. Es famosa por ser una perseguidora del oro a la que le persigue un horroroso recuerdo.

Sucedió en la final de la prueba de Cross de snowboard de los Juegos Olímpicos de Turín 2006. Allí, una jovencísima Jacobellis, apenas 20 años, iba a convertirse en la campeona olímpica, pero, cuando tenía la medalla de oro puesta casi en el cuello, a escasos metros de la línea de meta, decidió, víctima de la arrogancia de la juventud, agarrar su tabla para lucirse en un último salto y terminó cayéndose al suelo. Logró levantarse a tiempo para retener al menos la medalla de plata, pero la multitud ya había dictado sentencia en un mundo que no entiende de segundas oportunidades: su error era una vergüenza para toda la humanidad.

Fue entonces cuando Jacobellis decidió darle esa medalla de plata a su madre y seguir persiguiendo la medalla de oro olímpica mientras su error de Turín la perseguía de por vida. Las cosas, en cualquier caso, no salieron como ella quería: en Vancouver 2010 fue quinta y en Sochi 2014 cayó eliminada en semifinales. PyeongChang 2018 todavía fue más doloroso: cuarta, a únicamente tres centésimas de una nueva medalla olímpica.

O, quizá, ese cuarto puesto no es ni siquiera doloroso porque la perseguidora ha conseguido por fin alcanzar lo que perseguía.

“No amaba el deporte cuando era tan joven y empecé a practicarlo. Me dijeron que yo era la novia de América, que iba a ganar… Eso es mucha presión para poner a alguien al entrar en un escenario mundial”, le explicó a Michael Rosenberg en Sports Illustrated. Y añadió al resto de periodistas tras la final olímpica: “Quiero decir, podría estar molesta con esto, pero ¿adónde me va a llevar ese pensamiento? Cualquier cosa puede pasar en el Snowboard Cross y hoy no me lesioné. He estado lidiando con lesiones pasadas que sigo arrastrando. El hecho de que todavía estoy corriendo es genial”.

Después de tres operaciones de rodilla, tras sobrevivir a base de una “dieta de Ibuprofeno”, la perseguidora Jacobellis ya ha alcanzado lo que perseguía. No era una medalla de oro. No era olvidar aquel error juvenil de Turín. Era algo tan sencillo y tan complicado como disfrutar sobre una tabla y ser feliz.

 


V. El salto de la patinadora frágil (y obstinada)


La primera patinadora estadounidense, y segunda del mundo, en realizar un triple Axel en competición fue Tonya Harding, que en nuestra memoria perdurará, misterios del cine, con las facciones de la actriz Margot Robbie. Desde entonces, únicamente seis mujeres más lo han conseguido, tres de ellas en los Juegos Olímpicos. La última, Mirai Nagasu, la patinadora frágil, lo logró hace apenas unos días. Posiblemente gracias a su obstinación.

“Midori Ito, Mao Asada y ahora Mirai Nagasu, todas de ascendencia japonesa. Pero soy muy afortunada de ser estadounidense, así que seré la primera dama de Estados Unidos en conseguir un triple Axel en unas Olimpiadas. Clavarlo hoy es realmente emocionante. Hoy es un día de logros para mí”, manifestó Nagasu después de que el jurado le hubiera dado la puntuación máxima posible (8.50 puntos) a su histórico salto. Para lograr ese hito, la patinadora norteamericana había tenido que cambiar su entrenamiento y su dieta, además de haber entrenado 30 triples Axel al día, 10 en cada una de sus tres sesiones de entrenamiento diarias.

Mirai, por cierto, significa “futuro” en japonés, aunque esta historia se tiene que contar obligatoriamente mirando al pasado.

Mirando a sus padres Kiyoto e Ikuko trabajando largas horas en su restaurante de sushi en Arcadia, un suburbio de Los Ángeles.

Mirando a la pequeña Mirai iniciándose en el patinaje artístico a los cinco años de edad, soñando con realizar un triple Axel desde que tenía doce años o ganando el Nacional senior de Estados Unidos con únicamente catorce años.

Mirando al cuarto puesto cosechado en Vancouver 2010 y, sobre todo, a la decisión de la Federación estadounidense de llevar a Sochi 2014 a Ashley Wagner como última representante en lugar de Nagasu, que había sido tercera en las pruebas olímpicas.

En esa época, Nagasu, sin entrenador, estuvo a punto de dejarlo. Aunque no lo dejó. Porque Mirai es frágil, un caprichoso carrusel de emociones, pero sobre todo es obstinada. “Hay momentos en los que creo que no soy muy inteligente, ni muy bonita, y el patinaje es lo único que se destaca de mí. Es como el amor de mi vida. Cuando amas a alguien, a veces quieres romper”, explicó un día, hace ya casi una década, la patinadora estadounidense de ascendencia japonesa.

Así es Mirai Nagasu. A veces, frágil, con la autoestima por los suelos. A veces, obstinada, capaz de lo que se proponga.

“El fracaso es inevitable. Es la forma en la que te recuperas y te conviertes en una mejor persona la que define quién eres”, le confesó a Bonnie D. Ford en un reportaje para espnW. Y, nada más lograr pasar a la historia, con los periodistas esperando sus impresiones, concluyó: “Este viaje comenzó conmigo queriendo progresar, mejorarme y cambiarme a mí misma. No sucedió de inmediato. Pero en mi corazón sabía que este día llegaría”.

2 Comments

2 Comments

  1. Pepe Moreno

    24/02/2018 at 12:19

    Fantástico artículo que nunca veremos ni en Marca ni en El País. Enhorabuena.

  2. Pingback: La Ryder Cup y otros nueve eventos deportivos que nadie debería perderse | Multideporte | A la Contra

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