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Guedes celebra el gol que abrió el marcador. CORDON PRESS

Real Madrid

El Madrid de la triste figura

Zidane alineó a ocho de los jugadores que fueron titulares en la final de Cardiff. Futbolistas con mucha experiencia, pero con poca chispa.

Los madridistas más próximos a este teclado susurran a estas horas que perder en Mestalla duele menos porque la Liga, a estas alturas, ya es un dejar pasar el tiempo. El objetivo no es terminar bien, sino acabar cuanto antes. El Valencia es la otra cara de la moneda. El equipo remonta desde las proximidades del averno y todo le parece primavera, incluida la borrasca del ártico. El contraste es doloroso o feliz, según se mire.

Diría que no pasó mucho, al menos en el largo inicio del partido. El primer disparo (Kroos) no llegó hasta el minuto 21, y ni siquiera exigió la estirada del portero. Poca cosa, por tanto. Por cierto, cualquier guardameta de los ochenta hubiera aprovechado ese tiro inofensivo para regalar una palomita a los fotógrafos; Miguel Ángel, Ablanedo o Arconada se habrían colgado del aire durante dos o tres segundos. Pero ya no hay porteros como los de antes, ahora son demasiado altos para echar a volar.

El Real Madrid controlaba relativamente y el Valencia se dejaba dominar también de forma relativa. Después del experimento contra el Huesca, Zidane alineó a ocho de los jugadores que fueron titulares en la final de Cardiff. Futbolistas con mucha experiencia, pero con poca chispa. Ya no hay rastro del equipo que planteaba cada partido como un concurso de velocidad. Supongo que las medallas pesan. Y los años. Y el hartazgo de las caras mil veces vistas.

El Valencia es todo lo contrario. Adora correr. El equipo está pensado para la estampida; es la diferencia entre ir y volver. El gol de Guedes, sin embargo, fue un latigazo mal defendido por Ramos, uno de esos chutazos eléctricos y sin preparación que sorprenden a los porteros. Cada vez que alguien dice que Guedes tiene un aire a Cristiano se muere un gatito en el mundo, pero es la pura verdad.

A partir de entonces al Real Madrid se le notó la edad, e incluyo a Asensio, de 23 años. No se conoce un caso de vejez tan prematura. A estas horas ya debería ser la estrella que nos habíamos imaginado. Carlos Soler, de 22 años, sigue una evolución más coherente y va camino de ser un jugador más valorado. Al tiempo.

En la segunda parte, el Real Madrid experimentó una ligera evolución: de equivocar el penúltimo pase, empezó fallar el último. El juego se enredó y se aproximó al gol regañado de la infancia. Entraron Isco y Bale (por Kroos y Asensio), pero nada cambió. El caos beneficiaba al equipo con más energía; la sabiduría es el disfraz de la lentitud. El cabezazo de Garay en el 83′ fue testimonio de una dramática realidad: el Madrid está tieso. El gol de Benzema en el añadido nos reveló otra realidad no menos dramática: solo marca goles el delantero al que no le sobran.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

2 Comments

2 Comments

  1. Jairo Castillo

    03/04/2019 at 22:39

    «Las medallas pesan», que buena definición profe.

  2. Pingback: Un Rayo de esperanza | Rayo | A la Contra

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