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Campeonato del mundo

El primo Alejandro

Un buen día comenzamos a querer a Valverde como se quiere a Nadal, a Pau Gasol, a todos aquellos deportistas que acaban siendo de la familia, o que nos gustaría que lo fueran.

Alejandro Valverde es un deportista querido. Podría parecer una consideración menor en relación a su palmarés y a su fabulosa carrera profesional, pero creo que es un dato fundamental para explicar la explosión de alegría que ha provocado su victoria en el campeonato del mundo. Estoy convencido de que hasta los aficionados más cuajados habrán hecho un esfuerzo por contener las lágrimas y tengo la sensación de que el resto habrá llorado abiertamente, magnífico ejercicio para liberar cortisol y mala leche.

Dentro del pelotón, Valverde lleva muchos años gozando del afecto que se tiene por los talentos superiores que no se emborrachan de vanidad. Probablemente, no hay compañero más admirado. Sin embargo, esa percepción tardó en calar entre el público que solo se aproxima al ciclismo en verano. Para el seguidor que se quedó en Indurain y que luego receló de Contador, Valverde estaba estigmatizado por la Operación Puerto. Esa mancha le desacreditaba y hay un ejército de personas que adoran desacreditar, con un eficaz departamento dedicado a los asuntos velocipédicos.

No voy a negar la responsabilidad de Valverde, compartida con el ciclismo de la época, pero estoy dispuesto a defender que fue un ciclista penalizado por el dopaje, en tanto en cuanto su talento no necesitaba de estímulos artificiales para destacar sobre el resto. Valverde fue niño y joven prodigio, y su carrera profesional ha sido la consecuencia lógica de unas condiciones innatas para competir y ganar carreras.

La prueba de cuanto expongo es que Valverde, cumplidos dos años de sanción, retomó su historia en el lugar que la había dejado. Ningún otro ciclista sancionado durante tanto tiempo ha conseguido tal cosa. Lo habitual es que los corredores que regresan anden lejos de su mejor rendimiento. No fue el caso. Valverde siguió ganando con la misma o mayor frecuencia, y hasta diría que con un punto más de rabia. Como si el destino le debiera dos años.

Valverde nunca ajustó cuentas con nadie ni juró odios eternos. Nunca ha transmitido más que amor por la bicicleta y una generosidad extraña en los campeones. Seamos sinceros: si no había ganado antes el Mundial es porque se sacrificó por Freire en campeonatos en los que hubiera podido competir por el oro, o porque compartió liderazgo otras veces, o porque la mala suerte siempre te gana un par de bazas. Y la misma nobleza ha mostrado en el Movistar, donde no ha tenido el menor reparo en trabajar para Nairo Quintana en perjuicio de sus aspiraciones personales.

Esa distinción, deportiva y personal, terminó por llegar incluso al público de los veranos. Y entonces se comenzó a querer a Valverde como se quiere a Nadal, a Pau Gasol o a Carolina Marín, a todos aquellos deportistas que acaban siendo de la familia, o que nos gustaría que lo fueran, gente que no necesita avisar para acomodarse en el salón.

Implacable como ciclista, Valverde se ha revelado siempre como un tipo encantador cuando le aproximan un micrófono, ya sea para explicar las victorias o las derrotas, en cada caso con la misma naturalidad, muy similar, pese al acento murciano, con la del gran Miguel, el rey de los plurales mayestáticos.

Su proclamación como campeón del mundo pone final feliz a una buena historia que estuvo varias veces amenazada. Primero por la Operación Puerto, después por una discutible gestión de su talento y, por último, por la caída que sufrió en la primera etapa del Tour 2017 y que le destrozó una rótula. Que Valverde consiguiera lo único que le faltaba por ganar era una aspiración que trascendía el ciclismo. Era, y es, la demostración de que hay viajes vitales que pueden terminar bien, aunque no sea lo habitual.

Dentro del círculo que cierra Valverde incluyo a Javier Mínguez. El director deportivo más carismático de los años 80 —Echavarri al margen— había quedado relegado hasta que la Federación lo rescató como seleccionador nacional. También existe una redención en su caso, porque los años oscuros nunca parecen tan lejos como hoy, ni la infancia más cerca.

Hablo de final soñado, pero ha sido más que eso por una sencilla razón: todavía no es el final. Fue hermosa la llegada a meta y la celebración, la felicitación de Nairo, las lágrimas de después y la alegría del equipo entero, pero más emocionante todavía será disfrutar la próxima temporada de Valverde vestido de arcoíris, ese juego de colores que nos regala el cielo cuando por fin se aleja la lluvia y sale el sol.

Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS y colabora con El Transistor de Onda Cero. Ahora se lanza a esta aventura de 'A la Contra' porque cree que hay que hacer cosas. Y esta tiene buena pinta y le apetece mucho.

3 Comments

3 Comments

  1. rafa

    30/09/2018 at 23:25

    Querido Juanma: ¿Recuerda usted estas palabras?:

    “Nos emociona tanto la irrupción de un joven campeón como nos conmueve el éxito tardío de quien lo probó mil veces y acertó en la última. Al mismo tiempo que admiramos los cuerpos invencibles nos gusta pensar que hay una alternativa para la juventud.”

    ¡Felicidades!

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