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Messi, durante un partido de la Copa América contra Venezuela en 2016. CORDON PRESS

Fútbol

Venezuela: el espejismo del fútbol contra la crisis humanitaria

La selección de Venezuela jugará hoy contra Argentina (Metropolitano, 21:00) y el lunes contra Cataluña en mitad de una crisis nacional. Habrá que ver si la relación de la sociedad con uno de sus símbolos más importantes también se ha roto.

La manipulación de íconos deportivos en favor de intereses partidistas no es nueva; lo novedoso en el caso venezolano, con la Vinotinto, es que haya sido el fútbol el deporte que agrupó a buena parte del país en una misma dirección: Mundial de Fútbol, Copa América… Daba igual la competencia: lo importante es que la Vinotinto gane en un país con una marcada influencia beisbolera. Entendido esto, durante los últimos años se juega algo más que el capital deportivo de una nación; está sobre la mesa, incluso más allá de las manipulaciones políticas, la relación que la sociedad establece con ella, si aún sigue siendo una distracción.

La búsqueda del triunfo se hizo cruz con el paso del tiempo porque condicionó el debate acerca de las bases del fútbol local. Su crecimiento en el apartado de las selecciones no es el resultado de una liga local sólida porque el país no la tiene en casi ningún sentido. No es realmente competitiva (basta ver los resultados en copas regionales), pocos proyectos funcionan a largo plazo y pocos equipos tienen sedes propias. A esto se suman las deudas entre las partes y las sospechas de fondos venidos de los distintos caminos que encuentra la corrupción para proliferar. Pero los triunfos del equipo de mayores, al que luego se sumarían los de las categorías Sub-20, transmitían la sensación de que la base del fútbol venezolano avanzaba.

A diferencia del béisbol, un deporte mucho más asentado en el imaginario colectivo, entendiendo éste a partir de relación la asistencia a estadios y fanaticada, el fútbol ofrece un color en el cual cabe todo el país. A este factor se suma que, en los torneos en los que el béisbol representó al país recientemente, los resultados tampoco fueron positivos. Ahí radica otra diferencia en relación con la Vinotinto: su épica es una esperanza, invita a todos a ser parte de ella, mientras que la de los beisbolistas, en muchos casos consagrados en las Grandes Ligas de Estados Unidos, ya se estableció como personal.

Extrapolando las potenciales simbólicas de la Vinotinto, esa selección puede ser el reflejo de un país posible, en el que todos avanzan hacia un mismo fin. Sospecho que esa visión no está instalada en la conciencia de la sociedad, mucho menos en un contexto hiperinflacionario, con problemas en los servicios básicos, y una crisis política que desangra a las instituciones del Estado y martilla la convivencia. Pero esa esperanza, en el fondo, puede que sea la que mueva a la gente hacia el televisor para ver el partido; puede que simplemente se trate de variar la programación habitual: no siempre se juega contra Lionel Messi ni Cataluña.

En Caracas, al menos hasta no hace mucho, era sencillo encontrar un televisor en cualquier lugar para ver un juego. Esto, en una ciudad tan futbolizada como Buenos Aires, es una rareza. En Venezuela, no pocos tienen su lugar de preferencia, el mítico bar en el que se cuentan tantas historias de fútbol como de la vida, como si fuera posible separarlas; o algún espacio abierto, restaurantes con terrazas o sillas desplegadas sobre plazas para encontrarse ahí: “Nos vemos en El León”.

Hiperinflación mediante, cabe la sospecha de que esa dinámica se alteró en favor de espacios más íntimos como las casas. Vengan todos. No es la primera dinámica que altera la situación del país: bodas, fiestas, bautizos, casi cualquier celebración fue dejando atrás los horarios nocturnos para dejarse acompañar por la luz del sol, ante el miedo de que la inseguridad condicionara la experiencia; o que la crisis del sistema de transporte no ofreciera alternativas; o que los amigos con los que antes se compartían y que ahora sólo están en WhatsApp: durante 2018, se calculó que 5.000 venezolanos dejaban el país diariamente.

Es posible que la crisis venezolana también haya roto esos nexos fomentados desde el deporte hacia la sociedad; que no es lo mismo que decir “desde la Federación Venezolana de Fútbol hacia la sociedad”. Aquella sólo gestiona a conveniencia un producto más; pero las emociones, desperdigadas o no, siguen siendo un asunto enteramente personal. Eso, en tiempos tan complejos, bien puede ser una tabla de salvación momentánea: durante noventa minutos la crisis deja de existir. O no. Esa es la incógnita: puede que la relación de la sociedad con uno de sus símbolos más importantes en la historia contemporánea también se haya roto a raíz de la crisis humanitaria. Aunque si se gana a Argentina o Wuilker Fariñez vuelve a salvar al equipo como lo hizo la última vez que se enfrentó a Messi en Buenos Aires, al menos, se podrá hablar de otro tema.

Otro tema.

Periodista y fotógrafo. Voyeur con serios problemas en la vista. Descubrí que me gustaba escribir por el mismo motivo que suele mover a los guitarristas hacia las cuerdas: una mujer; en el mismo motivo estriba mi gusto por la cocina: aunque en el fuego solitario hallo un medio de distracción poderoso, eso no supera la posibilidad de cocinar para alguien más. A través del periodismo y la fotografía he procurado rentabilizar mis pocas habilidades. Crecí como fotógrafo en Roberto Mata Taller de Fotografía. Colaboro para Prodavinci en Venezuela, Espacio Angular en Argentina, y en esta casa madrileña, A la contra. Me gusta la actitud de los surfistas ante las tormentas y huracanes: habrá buenas olas. Cuando William Finnegan escribe que "el surf encarna esta paradoja: el deseo de estar a solas con las olas se funde con un deseo equiparable de ser observado, de actuar", tengo la sensación de que también se refiere al periodismo y la fotografía.

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