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Vera, una mirada desafiante contra la URSS

Con once medallas olímpicas, Vera Caslavska dominó la gimnasia en los años 60, pero después sufrió la marginación pública durante décadas por su posición crítica ante la ocupación soviética.

La novia de México. Vera Caslavska acuñó su apodo a base de sudor y un gran guiño al país donde cosechó sus mayores éxitos. México fue su escenario favorito, su lugar en el mundo, una nación que la vio convertirse en una referencia junto a Larisa Latynina o Nadia Comaneci, después de conseguir seis medallas en sus Juegos. Ganó el metal dorado en el All Round, en suelo, barras asimétricas y salto de caballo. Pero además, se llevó la plata en barra de equilibrio y una plata más por equipos. Sobre aquella lona, al ritmo de Jarabe Tapatío y Allá en el Rancho Grande, Vera encandiló a un público que se rompía las manos en aplausos.

Caslavska, con sus ejercicios impecables y su moño alto y rubio imperturbable, devolvió el amor prestado al país que la vio elevarse hacia el Olimpo contrayendo matrimonio durante la celebración de los Juegos con el atleta checoslovaco Josef Odlozil, plata en Tokio 1964. La celebración se llevó a cabo en la Catedral de la Ciudad de México el sábado 26 de octubre de 1968, un día antes de la clausura de los Juegos. “Nosotros nos queríamos casar con una boda muy pequeña, muy en secreto dentro de la Villa Olímpica, pero el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (presidente del comité organizador de los JJOO de 1968) nos dijo ‘no es posible que se casen en esta iglesia que es muy pequeña’, y nos llevó a la Catedral en el Zócalo, pero la vi también muy pequeña, pero porque había mucha gente”, recordó Vera en una entrevista con Excelsior.

Cien mil personas presenciaron otra de sus actuaciones más gratificantes y especiales, aunque este matrimonio acabase en tragedia años después. Separada de Odlozil a finales de los ochenta, Josef murió como resultado de una pelea con su hijo Martin. Y es que la oscuridad también estaría cosida a los talones de Vera durante toda su vida. “Yo toqué las cimas más altas  y los abismos más profundos”.

Vera Caslavska (CSSR) I CORDON PRESS 

Nacida el 3 de mayo de 1942, sumó un total de once medallas olímpicas. Es la única gimnasta de la historia que ha logrado ganar, en citas olímpicas diferentes, todos los títulos individuales. Y sus medallas la convierten en la decimoquinta atleta (tercera mujer) en el medallero global de la historia de las Olimpiadas. Pero la checa, en aquellos Juegos que pasaron a la historia como un ejemplo de idealismo y rebeldía, será recordada como la mujer que osó girarle la cara a la mismísima URSS. Sucedió durante las finales por aparatos, cuando sonaba el himno soviético y se izaba la bandera de la hoz y el martillo para honrar la victoria de una de sus rivales rusas. En ese instante, Caslavska bajó la cabeza, apretó la mandíbula y desvió la mirada. Toda una declaración de intenciones y una potente protesta contra la invasión de su país por parte de la URSS en la noche del 20 al 21 de agosto de 1968.

Después de impresionar al mundo y desafiar a la URSS, la vuelta a casa para Vera Caslavska no fue sencilla. Debido a su lucha por la democratización en Checoslovaquia, Vera sufrió represalias del régimen comunista. Su apoyo a la resistencia provocó que se le retirase el pasaporte y que se le impidiese participar en pruebas deportivas, hecho que le llevó a poner el punto y final a su carrera. Vera firmó el Manifiesto de las 2000 palabras dentro del marco de la Primavera de Praga, un documento que declaraba su apoyo a los renovadores, planteaba reformas progresistas y llamaba a la acción contra los conservadores para defender la libertad de expresión.  Tal fue el nivel de persecución previo a los Juegos, que Caslavska tuvo que buscar refugio en las montañas del norte de Checoslovaquia en Sumperk para evitar su arresto. Dicho exilio propició que su preparación para las Olimpiadas de México 68 fuese insuficiente y carente de las herramientas de entrenamiento acordes a una atleta de su nivel. Mientras tanto, en México, las rusas ya se preparaban para el combate cuerpo a cuerpo. Caslavska fue nombrada persona non grata, y su situación no mejoró hasta que en los 70 volvió a México donde trabajó durante dos años vinculada a la formación de jóvenes gimnastas.

A finales de los 80, la gimnasta formó parte del Comité Olímpico Internacional y gracias a la mediación de Juan Antonio Samaranch, que logró que las autoridades checoslovacas le permitieran ser jueza y entrenadora, Vera comenzó a ver la luz al final del túnel. Su mundo cambió con la desaparición del socialismo en Europa del Este en 1989. “Para mí la vida fue maravillosa en México”, relató Vera a Excelsior en 1981. “Nunca olvidaré el gran corazón del pueblo mexicano; me siento unida a este país como las raíces a un árbol. Hice muchísimas amistades y por eso me voy en secreto, no tengo fuerzas para las despedidas”. En silencio, con once medallas olímpicas colgando de su cuello, pero habiéndose deshecho del yugo soviético hacía años, Vera fallecía víctima de un cáncer de páncreas el 30 de agosto de 2016 a los 74 años en su Praga natal. Una ciudad que siempre recordará su primavera y la mirada desafiante de Vera.

Periodista. Si suena Ella Fitzgerald, mejor. LaLaLandera. Tiene carácter, talento y, para colmo, nació cuando la mayor parte de nosotros ya teníamos media carrera hecha (o deshecha). Posee una gran habilidad para salir al corte en el fútbol y en la redacción, aunque es más de ponerla en la escuadra. Emperatriz de la batcueva.

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