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RELATOS

Softer than satin was the light

Porque los besos que no llegamos a dar se quedan flotando bajo el cielo y nunca desaparecen del todo de nuestras vidas.

Más delicada que el satén era la luz, el dulce placer de no hacer nada, mirar nubes, escuchar el rumor de las olas y sentir que el viento te da en la cara cambiando suavemente de poniente a levante, sentir la arena en los pies descalzos y como las olas se acercan mojándote, sin pensar en nada, ni recuerdos ni planes, solo el dulce placer de no hacer nada, y me resulta tan abrumadoramente sencillo….

Suena en mi cabeza Dream a little dream of me tan perezosa, tan calurosa, birds singing in the sicomore tree, porque uno de los grandes placeres de la playa en verano es la posibilidad de no hacer nada, de dejarse llevar por esa pereza que se nos prohíbe el resto del año, de estar tumbado mirando el cielo azul donde no aparecen nubes mientras escuchas la risa de un niño, y no es solamente tomar el sol, porque tomar el sol ya es hacer algo.

Vaciar tu mente es otra cosa, tumbarte en una toalla grande y recién lavada de rizos gruesos que empapen las gotas de agua que resbalan de tu cuerpo y escuchar el rumor de las olas una y otra vez, siempre iguales, siempre distintas lamiendo dulcemente la orilla y haciendo sonar los guijarros que se mueven perezosamente al ritmo que le marcan las olas, dejándose llevar. Pero entonces siempre, en ese momento, no puedo dejar de levantar la cabeza y mirarla, porque me gusta mirarla mientras hace sus cosas, tan concentrada, tan ajena a todo, tan ocupada, con el pelo cayéndole perezosamente sobre la cara, mientras yo intento fundirme con el sol, con la arena y con la sal, y mientras en mi cabeza se cuela esta vez tras el graznido de una gaviota At last…at last, my love has come along y la voz de Etta James se funde también con el sol, con la arena y con la sal…. y entonces le digo hola y ella me sonríe, porque le encanta que la mire y le encanta que le diga hola mientras le sonrío, porque ella sabe que puedes acariciar a la gente con palabras como decía Scott Fitzgerald.

Eso es lo que hago cuando le digo hola, acariciarla, sintiendo cuando la miro que es como la primera vez, aunque en realidad ella sabe que lo que le estoy diciendo es te quiero, oh, bésame, le susurraba Daisy Buchanan a Nick Carraway tumbada perezosa en el sofá del porche que daba al campo de golf en aquel verano del 22 en Long Island, suave y etéreo como la seda, delicado como el satén, she wore blue velvet, bluer than velvet was the nigh, softer than satin was the light, mágico como lo son todos los veranos, perezosos, calurosos y llenos de besos, de los que damos y de los que no, porque los besos que no llegamos a dar se quedan flotando bajo el cielo y nunca desaparecen del todo de nuestras vidas, y nos acompañan revoloteando, aunque a veces no nos percatemos y los ignoremos pensando en nuestras cosas, esas cosas que no nos dejan escuchar el viento de poniente susurrándole a las olas ni los grillos por las noches ni los graznidos de las gaviotas que hacen que cambien las canciones, y por eso me gusta tumbarme en la playa sin pensar en nada, para poder sentir esos besos revoloteando y para poder ver una sonrisa y un pelo cayendo perezoso sobre una cara mientras al fondo suena un pájaro cantando sobre un sicomoro, oh, bésame….

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