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RELATOS

Tánger I

Pocas cosas puede haber en el mundo como contemplar la Bahía de Tánger desde la Kasbah.

Todo luz, todo azul y blanco, desde el cielo y el mar hasta las casas y las túnicas. La Kasbah es un laberinto de calles que suben y bajan sin sentido, estrechas, caóticas y desordenadas donde se alternan puertas de madera vieja y de madera antigua con otras de color azul cián que pareciera que dan directamente al cielo.

Nuestra casa se enclava dentro de la misma muralla, cortándola, aquella muralla que construyeran los portugueses en el Siglo XV para defenderse de los ataques de españoles, ingleses y berberiscos, para defender por fin esta ciudad tras veinte siglos de conquistas por todos los imperios y todas las dinastías árabes, a la espalda del antiguo Palacio del Sultán, convertido hoy en Museo de la Kasbah, aunque hoy en la casa y en señal de paz y concordia ese trozo de muralla con quinientos años de antigüedad y que tanta sangre derramada ha visto, se usa como leñera. Es una construcción de dos plantas con el suelo hecho de pequeñas losetas alargadas de adobe de color claro dibujando infinitas espigas, irregulares debido a los irregulares tamaños de su fabricación artesana y con una tenue capa de barniz por encima, que hace que apetezca andar descalzo a todas horas, combinando su tacto con el de las alfombras de algodón y lana que van cubriendo el suelo del salón, del dormitorio y del baño. Las dos ventanas del salón, alargadas y muy altas, de madera blanca con un cierre de manivela, dan a un minúsculo patio de entrada donde hay tres puertas de otras tantas viviendas, cada una de un tipo y donde tanto las puertas como las paredes necesitan una mano de pintura y desde detrás de una de las puertas entreabierta oigo los rezos de mi vecino.

Hoy es domingo y ayer, por toda la Kasbah, había corderos, grandes y con mucha lana en venta amarrados a rejas y paredes, para el Eid al-Adha que viene a significar algo así como “La celebración del sacrificio” aunque comúnmente se la llama “La fiesta del cordero” y en la que se conmemora la voluntad de Abraham de sacrificar a su hijo Ismael (o Isaac, según el libro sagrado que leamos) antes de que Dios le permitiera cambiarlo por un cordero y todas las familias quieren uno para sacrificarlo ellos mismos. Los llevaban en motocarros, en los maleteros de los coches, a hombros o a rastras y había puestos donde vendían pasto fresco con hierbas aromáticas para alimentar el último día de vida de esos corderos por todos sitios, además de parrillas, anafres, pastillas para encender fuego, carbón y madera y El Gran Zoco era un hervidero de gente comprando dulces y pan, gente que a pesar del tumulto, nunca se roza ni se toca, convirtiendo ese maremágnum de cuerpos en una danza suave interrumpida solamente por el claxon de algún coche mientras en las calles, en las aceras, en el suelo, había multitud de rifeñas vendiendo hierbabuena, limones, cebollas y cilantro, con sus grandes sombreros de paja con adornos negros y sus túnicas rayadas, algunas de ellas rubias y con los ojos claros mirando impávidas a los transeuntes. Los tangerinos son muy amables y nos explican muy contentos que esa celebración equivale a nuestra Navidad y que es muy importante para ellos Los sacrificios comenzarán esta tarde y durarán hasta mañana por la mañana y no imagino como se pueden sacrificar tantos corderos de ese tamaño en medio de una ciudad.

Paseando por este laberinto que inexplicablemente y a pesar de todo nunca es oscuro porque la luz aparece por todos sitios, se puede entender tanta literatura parida desde esta puerta abierta a un continente aún misterioso para la mayoría de nosotros, y a Paul Bowles, Becket, Capote, Yourcenar, Tennesse Williams, a quien el escritor Mohamed Chukri salvó de su ansiedad y de las malas compañías, Pérez Reverte y a tantos otros porque todos están en Tánger y en su Kasbah, y en ella hay retazos de todos ellos, de lo mejor y de lo peor pues en Tánger se cumplían sueños imposibles de cumplir en otro sitio y desde la terraza de la casa, a la que se accede por una estrecha escalera con una barandilla de hierro pintada de blanco, adornada con grandes macetas con rosales, adelfas, helechos y un pacífico, y otras pequeñas con romero, orégano y albahaca que embriagan el aire, veo a lo lejos el mar y la playa y la parte moderna de la ciudad con sus grandes edificios de apartamentos y sus maneras de vida europea, y mientras atardece con un suave viento de poniente, con la luna casi llena al fondo, con la Medina a nuestros pies y mientras escribo esto, junto con los aromas que desprenden la albahaca y el romero, se mezclan en el aire los sonidos de la algarabía de los niños en días de fiesta, los balidos desesperados de los corderos y el sonido de los afiladores ambulantes que terminan de preparar los instrumentos para el multitudinario sacrificio colectivo, y tal vez Tanger sea eso, fiesta, serenidad y alegría y sangre derramada, todo mezclado en una danza suave interrumpida solamente por el claxon de algún coche y donde se cumplen sueños imposibles de cumplir en otro sitio.

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