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Atletismo

María Vicente: título, récord y momentos inolvidables

Si son aficionados a la saga Men in black les sonará esta frase de la tercera entrega: “Este es mi nuevo momento favorito de la historia de la humanidad”.

Algo parecido pensé yo cuando contemplé la recta final de María Vicente en la última prueba del heptatlón del Europeo Sub-20 de atletismo que se está disputando en la ciudad sueca de Boras: pocos momentos tan redondos como este, tan memorables.

María Vicente es hija de madre conquense y de padre cubano. De esa mezcla solo puede salir algo único, y único es, desde luego, el talento deportivo de esta joven catalana, coleccionista de récords y gestas. Su entrada en Wikipedia es una ensalada de números, una progresión infinita de registros crecientes. Y detrás de cada uno de ellos hay horas y horas de esfuerzo en el tartán, de renuncias, de trabajo duro.

Todo ese trabajo ha cristalizado en un título continental y en un imponente récord de España absoluto de 6.115 puntos, batiendo el anterior por más de 200 puntos, una barbaridad en esta disciplina. Pero empecemos por el principio.

La competición comenzó con la prueba de vallas, uno de los puntos fuertes de María. Su crono de 13.68 no era especialmente bueno, pero un detalle invitaba a la esperanza: lo logró luchando contra un huracán de casi tres metros de viento contrario. El peso (11.96) y la altura (1,72) fueron trámites solventados con eficacia, aunque sin brillantez. En la prueba que cerraba la primera jornada, el 200, logró marca personal con un excelente crono incluso para una velocista, 23.76. El récord estaba a su alcance y la medalla también, sí, pero lo mejor estaba por llegar.

El segundo día comenzó en tono menor: el 6.25 en longitud dejó un regusto relativamente amargo. Sin ser mal registro en absoluto, se encuentra relativamente lejos de sus mejores marcas. La medalla seguía siendo posible, el oro se complicaba.

Y tras este inicio con sordina, un crescendo imparable.

Los atletas de combinadas pueden clasificarse principalmente en dos tipologías: longilíneos o fortachones (las expresiones no son muy técnicas, pero ustedes me entienden). Los segundos destacan, claro, en los lanzamientos. Los primeros, en carreras y saltos. María pertenece a este grupo: es rápida y flexible, pero tiene ciertos problemas con el peso y la jabalina (su mejor marca era de algo más de 39 metros). Pues bien, en esta ocasión el dardo se clavó en la hierba tras un vuelo de 44 metros y su explosión de alegría —saltos, risas, brazos al cielo— era significativa: pocas satisfacciones más hondas que las que proporciona superar los propios límites.

Sin embargo, la prueba nos había reservado un giro de guion, como si fuera una película de Night Shyamalan. Sus dos máximas rivales (la suiza Kalin, la irlandesa O’Connor) mejoraron también sensiblemente sus marcas de la temporada en jabalina y se llegó a la última prueba con la helvética —lideraba el ránking europeo hasta ahora— en primera posición, seguida a cortísima distancia por la española y la irlandesa. Para rizar el rizo, ambas tenían un registro sensiblemente mejor que el de María en el 800, la carrera que cerraría la competición.

Más allá de tablas húngaras o cálculos complicados, la cosa era sencilla: el oro sería para quien cruzase antes la meta. No siempre el heptatlón nos lo pone tan fácil a los espectadores (más bien, casi nunca).

Tras el pistoletazo de salida, O’Connor tomó el mando. Se sabía superior y, a falta de una vuelta, cambió el ritmo para descolgar a sus competidoras. Kalin, buena especialista, no perdió su estela y Vicente, audaz, se unió a la suiza por una cuerda invisible.

En la contrarrecta apareció la magia.

La irlandesa volvió a cambiar de ritmo en busca de la victoria y Kalin flaqueó mínimamente. María supo ver que el oro se estaba dirimiendo en esa maniobra y no lo dudó. Amplió la zancada y adelantó a la helvética, que se resignó a su suerte.

O’Connor sostuvo su ataque y por unos momentos (que me parecieron eternos) pareció que la española perdía su rastro. Empezó a cabecear, a abrir la boca para aspirar aire y fuerzas. Yo comencé a pensar que una plata no estaría nada mal, después de todo.

En la última curva, para mi sorpresa, Vicente se abrió a la calle dos anunciando su ataque: si había que morir, moriría en el intento. Por alguna razón el encuadre de la cámara se acercó a su cara justo en ese instante y captó una de las mejores definiciones gráficas posibles del coraje, el esfuerzo y la fatiga: los dientes apretados, los ojos entrecerrados, el rictus tenso.

A falta de veinte metros para la meta, la irlandesa cedió y María voló en solitario a recoger su premio: su medalla, su récord, su momento.

Uno de mis nuevos momentos favoritos de la historia del deporte.

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