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Víctor Fernández, en el banquillo zaragocista. / Foto: Daniel Marzo/Cordon Press

Fútbol

Más rey que mago

El Zaragoza se declara creyente tras asaltar el inabordable Molinón y acumular dos victorias consecutivas desde la llegada de Víctor Fernández. El equipo parece y es otro, porque se sabe en manos de alguien muy capaz y, ante todo, reconoce a su jefe directo como el más fuerte del lugar. El técnico le ha cambiado al club su poco saludable centro de gravedad y el conjunto aragonés sube a planta

Desde la mesiánica llegada de Víctor Fernández hace sólo dos jornadas, el Real Zaragoza ha pasado de creerse incapaz de ganarle a nadie a hacerlo incluso donde ninguno lo había logrado. El conjunto aragonés, tras imponerse al Extremadura antes del parón navideño, en un duelo que tenía mucho de vida o muerte pese a tratarse aún de diciembre, venció este sábado al Sporting en su castillo de El Molinón. Y lo hizo, pasados los veinte primeros minutos de apuros defensivos, con una solvencia y una rotundidad sólo al alcance de un equipo dominante en la categoría. Quienes vengan siguiendo esta tortuosa temporada advertirán la novedad y entenderán que reparemos en ella y en su porqué. Siempre los hay, se trata sólo de repetir menos y pensar más.

Quizá ya sepan que estas dos victorias se tratan del mejor arranque de un nuevo entrenador del Real Zaragoza en los últimos seis años. Obviamente no se trata de ninguna hazaña, ya que habla peor del lugar que mejor del recién llegado, pero es una radiografía más que nítida de lo que viene siendo el club en estos últimos seis años y, por no quedarnos cortos, también en los cinco o seis anteriores. Un lugar donde casi nadie que viene durante una década es solución quizá tenga los problemas dentro o en sus alrededores más próximos. Ante este panorama terminal, que tras la derrota en Riazor situaba en nivel rojo el riesgo de incendio, los responsables y propietarios accedieron, en un desesperado ejercicio de supervivencia, propia y general, por la única solución posible: un entrenador superior. Superior a los anteriores, claro, y muy superior a lo que es el club hoy. A lo que es el club, de dirección deportiva hacia arriba. Hacia arriba del todo, donde siempre da vértigo mirar y aún más que nos miren.

Hacía falta un mago, parecía, y ha llegado el rey. Víctor Fernández le ha cambiado el centro de gravedad a la institución. El entrenador, habitual carne picada apenas al mes y medio de llegar, ha pasado con él a ser la pieza más sólida del engranaje. Y lo es por capacidad, por arraigo en la ciudad y por ascendencia en el entorno. Esta metamorfosis tan abrupta -quizá comparable a cuando el Atlético de Madrid viajó, con más escalas, de Jesús Gil a Simeone- está detrás de dos victorias más que convincentes y, ante todo, explica la pregunta del millón. ¿Cómo ha conseguido Víctor, nada más llegar, que el equipo que a nadie vencía parezca ahora tener muchas más virtudes que defectos?

Lo ha logrado porque tácticamente es más rico y está mucho mejor ordenado. Porque está mejor entrenado, vaya. Con algún matiz de aparente mejora: cuando coincidan en el campo, Vázquez debería ser la referencia ofensiva y Gual bajar al segundo escalón, junto a Pombo, al menos en fase ofensiva. Pero, sobre todo, lo ha conseguido porque es -y cada jugador así lo percibe- el patrón de la nave. No sólo del vestuario, sino del club. Ahora mismo, no hay ningún profesional tan rotundo, y con tanto respaldo externo, como él y eso hace que ninguna tormenta próxima vaya a hundirlo. Quizá por eso se haya tardado un par de meses en contratarlo; porque, con él en el banquillo, los próximos pañuelos y silbidos, de haberlos, ya no se dirigirán al banquillo.

Fernández también resulta impermeable a cualquier consideración interna, desde dentro de la entidad porque, aunque pueda venir de arriba, ya no será superior. No diremos que no escuchará -Víctor habla bien y escucha mejor-, pero no accederá a nada si no lo considera lo mejor para todos. Y aquí todos es el equipo. Pongámonos concretos para honrar a la profesión: Víctor jugará en rombo si cree que debe jugar en rombo. No lo va a hacer porque cree en un 4-3-2-1 atacando, que acostumbrará a replegarse en un 4-5-1. Nadie le ha dicho lo contrario, ni se lo dirá. Sigamos poniéndonos: si Álex Muñoz es uno de los dos mejores centrales de la plantilla, su comportamiento con el grupo y su rendimiento cada vez que juega -las tres cosas- rozan la perfección, será titular. Y nadie se opondrá ni obligará a lo contrario, pese a que -como ocurrió todo el otoño- el equipo se estuviese desangrando en la clasificación y Alcaraz no dejase de acumular defensas en su sistema sin reparar en su mejor defensa… Y terminaremos de ponernos, para no hacer del texto un esfuerzo demasiado incómodo en esta fecha feliz: nadie entrará al vestuario de Los Pajaritos, ni a ningún otro -como ocurrió con Muñoz en noviembre de 2014- para forzar nada, porque se sabe que ahora no hay nada que forzar. El entrenador ha dejado de ser el rival más débil para convertirse en el activo más fuerte. Tanta penuria habrá servido si sirve de aprendizaje interno, ya no con Víctor, sino con quien le suceda en el futuro.

Los jugadores lo perciben, claro, desde el primer minuto del primer día. Como lo hacen todos los profesionales por cuenta ajena cuando entienden que su jefe tiene la mente clara y la espalda ancha. Ahí se genera una contracción casi inconsciente, que enseña un músculo imperceptible hasta ese momento, capaz de ganar cuando ya nos creíamos incapaces de ganarle a nadie y hasta capaz de vencer donde ninguno lo había logrado hasta ese instante.

Pese a tanto, empatar en Gijón -un resultado que muchos habríamos firmado en las horas previas- hubiese vuelto a situar al equipo en la frontera del descenso… Se viene de muy atrás todavía. El Zaragoza ya está en planta, pero aún debe sumar un mínimo de 27 puntos más para asegurar la salvación: nueve victorias que habrá que hollar una a una y, según el tiempo que cueste, ahí calcular lo que queda. No queramos hacerlo antes, por más que el equipo y su afición vuelvan a declararse creyentes. Creyentes en sí mismos y en su entrenador, de espalda ancha y mente clara. Que parece un mago y hace magia porque aquí es el rey.

Cefalópodo. Activista de imposibles renovables. Dueño, como nadador, de un diploma paralímpico único en Londres 2012. Único... porque no ganó más (50 espalda) y porque nunca nadie ha alcanzado uno igual: con 33 años y sin haber entrenado nunca antes de los treinta. Doctor Honoris Causa en México y conferenciante motivacional sin fronteras en www.delospiesalacabeza.org, regresa a la redacción deportiva tras fatigar teclados en Heraldo de Aragón y en As a principios del siglo

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