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El Real Zaragoza se reencontró ayer con el triunfo. / Foto: ZUMAPRESS.com/Cordon Press

Fútbol

El mentalista

Víctor Fernández es un mago de la palabra y de la seducción. Tan míster como coach, empoderó a un Real Zaragoza devastado mentalmente antes de su llegada y desactivó dos bombas, clasificatoria y ambiental, que parecían en el final de su cuenta atrás

Riazor situó a todo el Real Zaragoza con medio cuerpo colgando de un acantilado. Se esperaba perder en la visita al Deportivo y se sabía que esa derrota declararía algo parecido al estado de sitio de cara al siguiente partido en casa, ante el Extremadura. No imponerse ayer a un rival directo suponía que la salvación quedase ya a tres puntos, con Sporting y Málaga afilando la guadaña en los primeros días de 2019: demasiada distancia y demasiados rivales para un equipo que se mostraba inferior a todo y a todos. Y acaso lo peor, La Romareda iba a convertirse en una hoguera de vanidades, donde arderían hasta quienes llevan décadas vistiendo los mejores trajes ignífugos que se conocen.

En este contexto, ya descrito y hasta anticipado con cierta precisión en textos anteriores, llegó el nuevo Víctor Fernández de siempre: hoy actual porque ya anteayer resultaba un adelantado a un tiempo que, 25 años después, sigue siendo el suyo. Alguna década antes de que ambos conceptos siquiera existiesen en nuestra sociedad, y mientras empezaba a llamársele míster, él ya era un coach que empoderaba a los suyos. Cuando las redes sociales no asomaban ni en las escenas más vanguardistas de las películas que imaginaban el futuro, Fernández supo generar la suya en los inolvidables años 90 y mantenerla fiel aun sin actividad reciente: su llegada ha bastado para que los casi 700.000 habitantes de la ciudad nos hayamos reunido alrededor suyo para contraer cada tríceps y declararnos indestructibles a su lado.

Víctor es el mentalista que requería lo terminal de la situación, el único artificiero que sabía cortar los cables correctos cuando ambas bombas, clasificatoria y ambiental, apuraban su devastadora cuenta atrás. Los años no han descafeinado su halo y cuatro días le han bastado para conseguir que todo el mundo crea en sí mismo, y en el de al lado, mientras se guiña un ojo delante del espejo. Nunca es fácil pasar de la depresión más profunda a la sonrisa de quien no pensaba contarlo y todavía vive para hacerlo; ni resulta sencillo inocular tanta autoestima en unos jóvenes aplastados por el peso del lugar y que fueron capaces de, insistiendo una y mil veces, sobrevivir al primer marcador adverso hasta enganchar a la grada, incluso en los momentos en los que el empate, ya no digamos la remontada, parecían más esquivos.

Hubo progresos tácticos, claro que los hubo. Tácticos y de nombres. Por primera vez en la temporada, el Zaragoza se ordenó en un 4-4-1-1, sin rombo en el medio y con Pombo lanzando al delantero centro. Más allá de la radiografía social e institucional, esta variante de línea de cuatro atrás y doble pivote por delante, inédita en lo que se llevaba de temporada, también se señaló como posible solución en artículos anteriores. Nunca consiste en tener la razón, y mucho menos en presumir de ello: se trata de analizar y proponer, tener opiniones propias y animarse a compartirlas por si pueden mejorar la realidad de todos. Porque el futuro de todos dependerá de lo que aportemos cada uno.

Guitián y Álex Muñoz se confirmaron como la impasable pareja de centrales que se preveía y el nuevo ejercicio de solvencia de Muñoz siguió alargando la sombra sobre quién ordenó que no jugara durante casi dos meses de derrotas por sangría defensiva. Con ellos dos no hará falta volver a la línea de cinco defensas y resultará improbable ser uno de los equipos que desciendan a Segunda B, por momentos sufridos que aún queden por superar. Como lo será -improbable que descienda de Segunda- un equipo que tenga de portero a Cristian Álvarez -ayer lesionado y sustituido con prestancia por Ratón-, ni con un creciente Lasure y Benito -también fuera por molestias musculares y mejor suplido por Delmás en la media hora final que por Zapater en la hora inicial- en los laterales.

Javi Ros resulta una rueda de auxilio casi insustituible en el doble pivote, lo acompañen un James cada vez más parecido al de inicio de temporada o Eguaras, cuando se recupere y logre parecerse al Eguaras de la anterior. Guti, versátil y eficiente siempre, puede sumarse a esta terna o disputar con Papu una banda derecha sin heredero natural hasta que el mercado de invierno intente corregirlo. Porque debería incorporarse a un futbolista específico de banda derecha como prioridad. Con Guti en banda se pierde un candidato para el gobierno en el centro del campo y con Papu, zurdo cerrado, trazando siempre rutas interiores, toda la banda quedaría para Benito y sería Ros, o quien ocupase la posición derecha del doble pivote, quien debería frecuentar las coberturas en cada proyección ofensiva de su lateral. Quizá el georgiano, en esa posición, sirva para algunos partidos como local y no para todos los minutos de esos partidos.

Si algo chirrió ayer fue la manera en la que se ordenaron los tres delanteros. Pensados para coexistir en rombo, la disposición táctica de Víctor orilló a Álvaro Vázquez a la banda izquierda del centro del campo y ubicó a Gual de referencia arriba. Superado el debate institucional del rombo -una ventaja fundamental de la llegada de Fernández es que siempre que se juegue en rombo o que no lo haga Álex Muñoz será porque él lo considere; nadie le insinuará nada, ni se atreverá a hacerlo-, este sistema abre dos caminos con la tripleta ofensiva. Si se decide que jueguen los tres -lo más probable dado el sello del entrenador-, parecería más adecuado al perfil solidario de Gual -ayer Álvaro se exprimió como nunca, quede dicho- y al colmillo más afilado de Vázquez, que ambos intercambiaran sus posiciones en El Molinón, siendo Álvaro el nueve y Gual el centrocampista por izquierda. El segundo camino, por el que se vota desde aquí, sería dejar esa banda a Aguirre -quizá el último gran olvidado por recuperar- y apostar por Pombo y Vázquez arriba, quedando Gual como necesario revulsivo… hasta que los biorritmos de cada uno cambien y obliguen a redefinir roles.

Contra el Extremadura, quizá en un cruce de caminos para la historia -para que la siga habiendo o nos convirtiéramos en ella-, el nuevo Zaragoza de Víctor Fernández partió de un kilómetro 0 que debe salvarlo del descenso, acercándolo a posiciones más honrosas, y quizá lleve a Víctor del banquillo actual al palco futuro, al asiento que prefiera. Su entorno y él mismo se esfuerzan por desmentir esa imagen, pero ahí, sólo ahí, cuesta creer en sus palabras y no imaginarlo en despachos superiores.

Todo mentalista sabe que el cerebro es el músculo más poderoso. Casi todo empieza y termina en él. Querer nunca garantizara poder, pero terminará pudiendo quien siempre quiera y nunca se rinda, por desagradable e insistente que parezca mostrarse el destino. Resistir siempre será vencer, aunque en la resistencia activa los asientos acaben en punta y cueste captar voluntarios para aumentar su censo. Víctor es más que glucosa para la psique de todos, pero de ahí emana su fuente de permanente optimismo y de eterna juventud, la que le hizo ser un adelantado a su tiempo en los noventa y lo eleva como un profesional vigente y actual 25 años después.

Cefalópodo. Activista de imposibles renovables. Dueño, como nadador, de un diploma paralímpico único en Londres 2012. Único... porque no ganó más (50 espalda) y porque nunca nadie ha alcanzado uno igual: con 33 años y sin haber entrenado nunca antes de los treinta. Doctor Honoris Causa en México y conferenciante motivacional sin fronteras en www.delospiesalacabeza.org, regresa a la redacción deportiva tras fatigar teclados en Heraldo de Aragón y en As a principios del siglo

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