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Diarios de Vitoria 2019: dos ‘lehendakaris’ y una venganza en Estambul-Gasteiz

La venganza se sirvió, como es tradición, en plato frío: tras caer en idéntica ronda ante el entonces campeón en 2018, el CSKA resurgió de sus cenizas. Y Sergio Rodríguez, esta vez sí, sonrió.

Vitoria es un poquito menos Vitoria este fin de semana. Bendita culpa tiene la Final Four de la Euroliga de baloncesto, que se celebra en un Buesa Arena también menos baskonista de lo que acostumbra. Hasta los periodistas locales parecen meros invitados en lugar de anfitriones de gala en esta ocasión. ¿Motivo? Una de las normas no escritas del evento: ciudad en la que se organiza, ciudad que toman los aficionados turcos. Por lo tanto, bienvenidos, en esta ocasión, a Estambul-Gasteiz.

Darse un paseo por el casco histórico vitoriano dejaba a las claras que Turquía ha ganado la Final Four en cuanto a las aficiones. Para dirimir el aspecto deportivo (50% a ese respecto), habrá que esperar hasta el domingo. En lo demás, la hinchada turca pincha y corta. Eso sí: la capitanean los aficionados del Fenerbahçe. Tanto en los bares como en el pabellón. No obstante, a veces lo mucho cansa.

Que se lo digan a las múltiples almas ataviadas de amarillo que se desgañitaron apoyando a Zeljko Obradovic y compañía en la primera semifinal. Trajeron un pedazo importante de Estambul a tierras vascas, hicieron del ‘Buuuuhhh’ su cántico de guerra imperecedero, llegaron a confundir al personal (con aviso incluido de que no se utilizasen silbatos en la grada)… y cayeron. La ni mucho menos tan generosa representación de seguidores del Efes, arrinconada en una esquina del pabellón, debió alucinar con la situación. Aunque, poco a poco, tanto ellos como sus ídolos se fueron creyendo que podían tumbar al ganador de la liga regular europea.

Los ánimos crecieron poco a poco, aunque siempre estuvieron ahí. Porque el Efes no tuvo nada de Cenicienta: fue La Bestia con todas las letras. Guiados por un Shane Larkin excelso en la que fue su casa no hace tanto, los cerveceros gozaron de toda la serenidad que les faltó a sus adversarios. Hasta Obradovic, hipertenso, perdió su característico color de piel rojo pasión ya bien entrado el duelo. No es que se tirase la toalla: es que no había más gasolina de la que hacer acopio.

Con Larkin de lehendakari y Vasilije Micic como excelso número dos, el vendaval fue inasumible. Al Fenerbahçe le faltaron fuerzas en la pista y le sobraron en la olla a presión que resultó ser la grada. Algo que se notó incluso a pie de pista, donde un aficionado vestido al más puro estilo Goldfinger (o quizá más bien Goldmember, que diría Austin Powers) brillaba con luz propia: como para no con la ropa color mostaza que vestía. Más animado en la primera mitad, llegó tarde al comienzo de la segunda. ¿Quizá vio venir la derrota?

Fuese así o no, el drama se adueñó tanto de él como del resto de fans del campeón de 2017. El rostro miedoso de los niños no mentía (como se suele decir). Y había quienes se tapaban con la capucha de sus sudaderas por aquello del «ojos que no ven…». Incluso hubo un periodista turco que pagó su frustración, puño en ristre, con la mesa de la fila de la tribuna de medios en la que se encontraba. Acababa de presenciar la mejor actuación individual de una Final Four. Acogida con la serenidad del ganador por parte de su bando (Larkin se despidió entre abrazos y buen rollo general de su banquillo; Ergin Ataman fue la calma personificada en la banda frente al desahogo, en muchos minutos continuo, de Obradovic). Y con la pesadumbre (pocas veces se vio a un Zeljko tan triste en sala de prensa) del perdedor.

Los aficionados del Fenerbahçe habían dejado tan alto el listón del apoyo minutos antes que el Buesa no volvió a entrar en calor hasta que el tercer cuarto de la semifinal entre CSKA de Moscú y Real Madrid adquirió poso. Costó que a la hinchada blanca y a la roja moscovita se les oyese con cierta intensidad. La ocasión llegó cuando en las filas del último poseedor de la Euroliga amagaron con romper un encuentro hasta entonces cargado de igualdad, con Edy Tavares y Sergio Rodríguez como grandes protagonistas. El primero, por esa talla suya siempre diferenciadora (aunque las faltas le suelan jugar malas pasadas contra el CSKA). El segundo, por una magia innata que le permite hacer y deshacer a su antojo en la cancha cuando el ‘picorcito’ le estimula (manos, que no para de calentar en momentos de tensión, incluidas). Y vaya si lo hizo en esta ocasión.

Sin embargo, la brújula del partido cambió cuando parecía apuntar, 14 puntos de renta de por medio, hacia el lado del Madrid. El CSKA levantó el vuelo de la mano de De Colo, Clyburn y Hunter para acabar remontando lo imposible y llevándose una plaza de finalista durísima de amarrar. Entre faltas y tensión con el arbitraje, el gran trabajo de Causeur (otro exbaskonista lúcido este viernes) y Campazzo cayó en saco roto. También las apariciones más puntuales de Randolph, Thompkins y Taylor. Y la enésima acometida del irreductible Llull, que luchó hasta el final por hacer del Red Bull sus particulares espinacas de héroe.

La venganza se sirvió, como es tradición, en plato frío: tras caer en idéntica ronda ante el entonces campeón en 2018, el CSKA resurgió de sus cenizas. Y Sergio Rodríguez, esta vez sí, sonrió. Ni su hija mayor, Carmela, pudo aguantarse las ganas de darle un abrazo cariñoso al término del partido. El Chacho, que repartía sonrisas a diestro y siniestro, vuelve a la final de la Euroliga. Incluso el jefe de prensa de la expedición rusa, el mítico Nikolai, se contagió de su alegría.

No podíamos acabar esta contracrónica sin acordarnos del otro lehendakari del Buesa. Quizá el más genuino de todos: Rafa Muntión. La voz del Baskonia en las ondas durante casi 30 años también tuvo su homenaje en plena Final Four. Recibió unas palabras de reconocimiento y una ovación clamorosa durante un parón del juego y, como es habitual en él, las acogió con la mayor de las gratitudes. En esto de la canasta, Muntión cumple a rajatabla el tan manido (y a la vez tan admirable) dicho que afirma que el buen periodista es buena persona. Es lo único que cabe pensar de alguien que te ofrece alojamiento en su casa durante este fin de semana sin apenas conocerte. ¡Te echaremos de menos, txapeldun!

Crecí soñando con contar las gestas de Gasol, Nadal y Contador. El sueño se hizo realidad, sobre todo en las canchas. Años después, pisé unas cuantas, conté las historias de sus habitantes y descubrí que los deportistas, aunque no lo parezca, también son de carne y hueso. Eso sí, nunca se deja de soñar. Ni de aprender. E ir a la contra, marcar la diferencia, nunca está de más

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