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El recorrido de la Vuelta a España 2019. / Foto: Twitter @lavuelta

Vuelta a España

La Vuelta a España, ¿de siempre?

Javier Guillén recupera parte de la esencia perdida en los últimos años y aún con unos cuantos peros, el recorrido mejora al del Tour y al de los últimos años en la ronda española

En tiempos de crítica y rencor, Javier Guillén ha reparado su juguete, al menos unas cuantas piezas. Y es algo que celebro en primera persona y que hago extensible al ciclismo mundial. No es que el recorrido de La Vuelta a España sea la panacea, que no lo es, pero ha recuperado parte de esa esencia que deben tener todas las carreras de gran fondo. Las cuestas de cabras han perdido cierto protagonismo, la contrarreloj, aunque escasa, no es nula y algunas de las etapas de alta montaña cuentan con kilometrajes de verdad, de gran fondo.


Tres regiones sobreexplotadas


Eso va en la balanza de los aspectos positivos y de los cambios a mejor de una carrera que, para qué vamos a engañarnos, está a años luz de su rival natural, el Giro de Italia. Sin embargo, el trazado sigue teniendo puntos negativos. La primera contrarreloj por equipos vuelve a ser casi ridícula, los kilómetros de pelea contra el reloj individual (36) son pocos y no marcarán excesivas diferencias, hay un abuso de las regiones (seis etapas en la Comunidad Valenciana, cuatro entre Cantabria y Asturias y otras cinco entre Madrid y sus alrededores) y un sinfín de llegadas en alto, marca de la casa.

La carrera parte de Torrevieja y hasta la subida final a Javalambre en la quinta etapa pasará sin más pena que gloria por una Comunidad Valencia que tiene el protagonismo de las etapas, pero que serán unos días que no deberían poner en muchos aprietos a los corredores. Javalambre será otra historia, una subida novedosa, que se hace por primera vez y que tiene dureza. El problema es que llega en una jornada unipuerto, ideal para que Valverde, a sus 39 años, tenga su cuota de protagonismo.


Menos protagonismo de las cuestas de cabras


Poco después llega Mas de la Costa, esa subida de cuatro kilómetros agónicos, que no sirve para nada y que solo gusta al espectador que abre un ojo después de la siesta. Ni divertirá al aficionado de toda la vida ni a los corredores, ya críticos con el ascenso hace un par de años. Y poco después Andorra, con su ya clásica etapa de menos de 100 kilómetros, un gran pero, en un día de durísima montaña y un tramo de sterrato más propio del Giro. El final en Encamp estará precedido de la Gallina, el puerto de paso más duro de la edición y del siempre espectacular Col de Ordino.

La contrarreloj individual tendrá lugar el día después de que los corredores descansen en Andorra y lo hará en Pau, ciudad mítica del Tour y que siempre sirve de anuncio de los grandes puertos en Francia. Aquí solamente servirá para que los escaladores pierdan unos segundos por el camino antes de entrar en el norte español, que volverá a ejercer de juez. Sin más Pirineos que Andorra -es terrible el ninguneo a esta cordillera año tras año-, La Vuelta llegará a Bilbao en una etapa similar a aquel bochorno de 2016 que fue casi un día de descanso más que otra cosa.


Gran traca final


A partir de ahí, durísima etapa rumbo a Los Machucos, otra de esas subidas made in La Vuelta que provocará más agonías que diferencias y que debido a la dureza de esos últimos seis kilómetros se bloqueará una etapa bien diseñada por Cantabria. Tras un fugaz paso por Oviedo que servirá de transición, la carrera subirá al Alto del Acebo en una de las mejores etapas de la edición, con un bonito encadenado montañoso y la llegada al Acebo por Cangas de Narcea, la vertiente más dura.

Y dos días después los corredores tendrán la mejor oportunidad de voltear la carrera camino a Becerril de la Sierra, en una etapa que recuerda a la de Cercedilla donde Tom Dumoulin entregó la Vuelta a España de 2016 a Fabio Aru. Por la sierra madrileña, subidas clásicas como Cotos, la Morcuera y Navacerrada cobrarán más protagonismo que nunca con un día de 180 kilómetros y terminado en un largo descenso.

Y tan bien diseñada como esta, será la penúltima jornada de la carrera, con final en la Plataforma de Gredos, pero en un día sin un metro llano, lleno de repechos, de trampas y de zonas para buscar emboscadas y cualquier tipo de movimientos, con el añadido de durísimo ascenso a Peña Negra antes de la suave llegada a Gredos, una etapa ideal para la mecha se prenda desde lejos y se vean persecuciones más propias de otras carreras.

Y llegados a este punto, déjenme hacer un llamamiento a La Vuelta para un par de cuestiones; que se elimine ese paseo triunfal por Madrid porque ni tenemos los Campos Eliseos ni esa tradición tan arraigada y ya nos gustaría una bonita contrarreloj por Madrid que ya se ha hecho y ha funcionado. Y una segunda cuestión, apuesten por el ciclismo femenino, pongan una carrera de dos, de tres o de cuatro días, con montaña, con repechos o con lo que quieran.

Aquí queda escrito.

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