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Deporte USA

Washington, la ciudad de la derrota

Los aficionados al deporte en Washington no celebran un título de alguno de sus cuatro equipos profesionales más importantes desde que los Redskins se adjudicaron la Superbowl XXVI en enero de 1992.

Washington, la ciudad de la derrota

Entre el mes de marzo y las primeras semanas del mes de abril, más de un millón y medio de personas visitan cada año Washington D.C. El motivo es sencillo y, a su vez, hermoso: presenciar la floración de los tres mil cerezos japoneses que Yukio Ozaki, por aquel entonces alcalde de Tokio, regaló a la capital de Estados Unidos el 27 de marzo de 1912 para ensalzar la colaboración entre ambas naciones. Con el paso de los años, los tonos blancos y rosados de las flores de cerezo se han convertido para muchos norteamericanos en el punto de partida de una primavera que en algunas zonas de su vasto país parece no llegar nunca, sepultada bajo la nieve. Además, al margen de los fotogénicos paseos caminando por Independence Ave o en bote en el agua del Tidal Basin, el National Cherry Blossom Festival es también un poliédrico evento plagado de actividades culturales, atléticas o culinarias. Plagado, en definitiva, de bullicio y de vitalidad. Algo que, visto desde una perspectiva deportiva, no es lo habitual en Washington.

Porque, durante el resto de los meses del año, la capital de Estados Unidos es, en realidad, la ciudad de la derrota.

La ciudad de las derrotas más amargas y perpetuas.

No en vano, hay un número que es demoledor para los aficionados al deporte washingtoniano. Es el 26. Se trata de los años que llevan los cuatro equipos profesionales más relevantes de su ciudad sin alzar un título desde que los Redskins vencieron a los Buffalo Bills en la Superbowl XXVI disputada el 26 de enero de 1992. Para poner en perspectiva su trascendencia, sirva este dato: únicamente Minneapolis lleva tantos años sin celebrar un campeonato entre las ciudades estadounidenses con al menos tres conjuntos participando en las cuatro competiciones deportivas más importantes (NFL, MLB, NBA y NHL).

Sin embargo, el dolor de los aficionados al deporte washingtoniano se agudiza todavía más cuando rememoran que sus equipos fueron capaces de ganar cuatro campeonatos entre 1978 y 1992 o, cuestión de rivalidad, caen en la cuenta de que los cuatro conjuntos profesionales más importantes de la ciudad de Boston han podido sumar una decena de entorchados desde el año 2001.

Aflicción. Tristeza. Incredulidad.

Washington es la ciudad de la derrota y todos sus equipos son culpables de ello.

 


El conjunto que no sabe ganar en playoff


Los Nationals tienen, con permiso de Kershaw y Kluber, a uno de los tres pitchers más determinantes de béisbol en la actualidad, Max Scherzer. Además, cuentan entre sus filas con el cinco veces all-star Bryce Harper, el bateador que la próxima temporada va a firmar merecidamente el mayor contrato de la historia y que en casi todas las quinielas de aficionados y periodistas con los mejores jugadores de los últimos años estaría peleando por la primera posición con Trout y Altuve. En la Major League Baseball, además, se han superado en el siglo XXI maldiciones tan longevas y míticas como la del Bambino o la de la cabra Murphy. Y, aun así, los Nats siguen sin ganar cuando llega la postemporada. Increíble, pero rigurosamente cierto.

Fundados en 2005, los Nationals son, en cualquier caso, una franquicia modélica. Y, pese a todo, ganadora. En los últimos seis años, sus números en temporada regular abruman: cuatro veces campeones de su división, la National League East; récord positivo de triunfos en las citadas seis últimas campañas y al menos 95 partidos ganados en cuatro de esas seis temporadas. De hecho, desde 2012, únicamente un equipo en toda la competición ha vencido en más partidos que ellos: Los Angeles Dodgers, actuales subcampeones. Pero cuando la temporada regular deja paso al playoff, los peligrosos y engranados Nats se convierten en el equipo perdedor al que todos quieren enfrentarse. Los datos son incuestionables: los Nationals nunca han ganado una eliminatoria de postemporada pese a ser cabeza de serie en cada una de esas eliminatorias y cuentan con un incontestable 0-8 en contra en partidos que se han decidido por una única carrera de diferencia.

Y, más allá de los datos, los Nats acumulan colapsos imborrables para avergonzar a sus fans. Como las tres derrotas que sufrieron ante los San Francisco Giants en la serie divisional del año 2014 por tan sólo tres carreras. O el quinto y último encuentro de la serie divisional del año pasado en el que iban ganando 4-1 a los Chicago Cubs en la segunda entrada y que finalmente perdieron por 8-9. O, sobre todo, el también último y quinto partido de la serie divisional del 2012 ante Saint Louis Cardinals en el que iban venciendo en su campo 6-0 en la tercera entrada (y 7-5 al inicio de la novena entrada) y terminaron perdiendo por 7-9.

Increíble, sí. Pero también cierto.

 


El vestuario de las pistolas


Después de que hace apenas unas semanas los Wizards cayeran eliminados en seis partidos ante los Toronto Raptors en la primera ronda de los playoffs de la NBA, lo primero que hizo John Wall, su máxima estrella, fue pedir públicamente refuerzos. Si el gran representante del baloncesto de la capital estadounidense quiere ganar la competición en los próximos años, parece obvio que los necesitan.

Al igual que los Nationals, los Wizards son actualmente un equipo ganador. Cuentan con uno de los backcourt más productivos de la NBA (el citado Wall y Beal) y, aunque no alcanzan las 50 victorias en temporada regular desde el año 1979, en las últimas dos campañas han sido capaces de terminar 16 y 4 partidos por encima del 50% de triunfos, respectivamente. Pero, también con cierta similitud con los Nats, en playoff se convierten en un equipo perdedor: los Wizards, que el año pasado cayeron en las semifinales de conferencia en siete partidos ante los Celtics, no avanzan más allá de esa citada segunda ronda de playoff desde que perdieron en cinco partidos ante los añorados Seattle SuperSonics la final del año 1979. Por entonces la franquicia se llamaba todavía Washington Bullets y el año anterior había conseguido su único entorchado NBA.

En cualquier caso, las derrotas no son lo que más atormenta a los aficionados de un conjunto que en los últimos 25 años ha vivido la ilusión de la dupla Chris Webber-Juwan Howard (dos temporadas consecutivas ganadoras antes de acumular seis años consecutivos por debajo del 50% de triunfos cuando la dupla se extinguió con Webber camino de Sacramento) o el último e inesperado regreso a las canchas de Michael Jordan a los 38 años de edad. No, porque lo que más atormenta al aficionado de los Wizards es que a su equipo se le recuerde especialmente por aquel incidente del 21 de diciembre del año 2009 en el que una pelea entre compañeros por una deuda de 1.100 dólares de una partida de cartas acabó con Gilbert Arenas enseñando cuatro pistolas en su taquilla y Javaris Crittenton apuntándole directamente con su arma cargada y preparada para disparar. Al final, Carol Butler, que con 12 años era traficante de drogas y antes de cumplir la mayoría de edad ya había sido detenido quince veces tras una complicada infancia en su Racine natal, medió para evitar la catástrofe.

Pero, para desgracia de los aficionados de los Wizards, todavía nadie se ha olvidado de ese incidente.

 


Un equipo campeón


Los Redskins son un equipo campeón. O, quizá habría que decir mejor, en el pasado lo fueron. El representante del football en la capital estadounidense ha sido cinco veces campeón nacional, sumando tres títulos de Superbowl entre el 30 de enero de 1983 y el 26 de enero de 1992. Desde entonces, sin embargo, los Redskins únicamente han conseguido alzarse con el título de su división, la NFC East, en tres ocasiones y, por el contrario, han terminado con récord perdedor en 14 temporadas. Además, sólo en tres campañas han conseguido alcanzar los dobles dígitos en su casillero de triunfos, si bien nunca han pasado de las diez victorias ligueras. En la postemporada, para honrar a los otros equipos de Washington y para desdicha de sus aficionados, los Redskins son también unos perdedores: hace ya más de 12 años que no ganan un encuentro, desde que en la temporada 2005 se deshicieron de los Tampa Bay Buccaneers en la ronda de wild card.

Aunque hubo un día en el que estuvieron a punto de volver a ganar.

Fue el 6 de enero de 2013. Ese día, los Redskins vencían por 14-0 a los Seattle Seahawks al final del primer cuarto de la ronda de wild card en parte gracias a la aportación de Robert Griffin III, el QB novato que terminaría adjudicándose esa temporada el premio al mejor Rookie ofensivo del año. Sin embargo, al final del partido, el resultado marcaba 14-24 a favor de los Seahawks. Entre medias, los Redskins habían perdido algo más que un encuentro: Robert Griffin III había tenido que abandonar el campo cojeando tras romperse el ligamento anterior cruzado de su rodilla derecha y nunca más volvería a ser el jugador que había deslumbrado con sus pases y con su movilidad durante su primera temporada.

Es probable que los Redskins perdieran ese día, además, la oportunidad de volver a ser un equipo campeón.

 


La esperanza es un goleador voraz


Alex Ovechkin, el capitán de los Capitals, y Sidney Crosby, la estrella de los Penguins, no son únicamente los dos mejores jugadores del mundo en el hockey hielo actual, sino que tienen una trayectoria tan similar que asusta ver las coincidencias. Por ejemplo, ambos ingresaron en la NHL en el mismo año, el 2005. Además, antes del inicio de las semifinales de conferencia de este curso, Ovechkin acumulaba 1122 puntos en toda su carrera, mientras que Crosby sumaba 1116. Asimismo, mientras que ambos han defendido la elástica de sus equipos, los Capitals acumulan 1253 puntos en la temporada regular y los Penguins han sumado 1273. Y, por si tanto azar no fuera suficiente para los escépticos, también se puede añadir que Ovechkin, el goleador voraz, anotó cinco goles en los partidos de la primera ronda de los playoffs de hace apenas unas semanas y Crosby, seis.

Sin embargo, hay una diferencia entre ellos que es abismal: Crosby ha ganado tres Stanley Cup con los Pens. Ovechkin, en cambio, no ha ganado ninguna con los Caps. Y, muchas veces, de hecho, los Pens han sido su verdugo. Tres veces, para ser exactos.

Hasta ayer lunes, Ovechkin nunca había logrado pasar de segunda ronda de playoff, pero, no obstante, su fracaso en la postemporada no era más que el ejemplo de una historia que se repite persistente con los equipos de Washington: los Caps han sido los primeros clasificados en su división en 8 de los últimos 11 años y desde la temporada 2009-2010 se han adjudicado en tres ocasiones el Presidents’ Trophy al equipo con mayor puntuación en la liga regular, pero no habían superado la citada segunda ronda de playoff desde el año 1998.

Hasta ayer lunes, habrá que insistir.

Porque ahora, no en vano, los Capitals y su goleador voraz son la gran esperanza del deporte washingtoniano tras haber eliminado por fin a los Penguins en seis partidos y haberse clasificado para la final de conferencia por primera vez en veinte años. La dimensión de su victoria se entiende todavía mejor con números. Uno de ellos es el 70 y corresponde al número de temporadas acumuladas que sumaban los cuatro equipos icónicos de Washington sin alcanzar una serie de campeonato de conferencia desde que los propios Capitals fueron barridos en cuatro partidos por los Detroit Red Wings en la Stanley Cup del año 1998. Era, por supuesto, la mayor sequía del deporte actual estadounidense y escondía tras de sí otros números igual de embarazosos para los aficionados de Washington. Por ejemplo, los 13 partidos consecutivos que habían perdido entre los cuatro equipos de la capital de Estados Unidos cuando tenían la posibilidad de clasificarse para una final de conferencia o las 16 series consecutivas en las que esos cuatro equipos habían caído eliminados cuando tenían la posibilidad de avanzar a las semifinales de sus competiciones ligueras.

Los Caps ya han borrado para siempre esos números que sonrojaban a sus aficionados, pero todavía les queda el más importante. El mencionado 26. Los años que los equipos de Washington llevan sin alzar el título de alguna de las cuatro ligas estadounidenses más importantes. Si no lo consiguen tampoco este año, los periodistas y los aficionados al deporte washingtoniano volverán a intentar encontrar de nuevo explicaciones recurrentes al enésimo colapso de uno de sus conjuntos. La presión. El acierto goleador de sus rivales (Tampa Bay Lightning les espera en la final de conferencia). La profundidad de banquillo. La falta de soluciones tácticas. Algo. Cualquier cosa. En realidad, lo que sea.

Tal vez, todo sea más sencillo de explicar y únicamente haya que hacer caso a las palabras de George Washington, el primer presidente de la historia de los Estados Unidos y la persona a la que honra desde hace más de dos siglos la ciudad situada a la orilla del río Potomac: “Hay un Destino que tiene el control de nuestras acciones”, escribió el 12 de septiembre de 1758 en una carta dirigida a Sarah Cary Fairfax. Sin duda, en el deporte washingtoniano, ese destino tiene un nombre: derrota. La cruel e implacable derrota que siempre llega al Distrito de Columbia cuando los preciosos cerezos, blancos y rosados, ya están en flor. A menos, claro, que un goleador voraz lo impida esta vez.

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