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Álvaro Vázquez y Marc Gua, después de la victoria.
Álvaro Vázquez y Marc Gua, después de la victoria. Twitter @AlvaroVazquez91

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El Zaragoza de Idiakez regresa de su entierro

No hubo tercero, el que hubiera completado una remontada que hace 20 meses que no se firma. Se estuvo cerca, sin ocasiones claras, pero rondando el área rival hasta el pitido final.

El titular debe tener el aliño exacto. Si no está arreglado con algo de aceite y vinagre, espanta la posterior lectura del texto. Pero si se comete cualquier exceso, el efecto llamada logrado se vuelve en contra, porque ni el redactor más brillante es capaz de sostener el ingenio en cada línea. Aquí se corre el riesgo porque la causa siempre es más importante que uno
mismo y la causa siempre pasa por ser honestos con lo que se ha vivido y con cómo se ha vivido.

Al descanso del partido en el Carlos Belmonte contra el Albacete, correspondiente a la séptima jornada de la actual Liga 123, parecía estarse oficiando el entierro del Zaragoza de Imanol Idiakez. Sólo perdía dos a cero y, no crea, lo peor de la frase no estaba en el ‘dos a cero’… residía en el ‘sólo’. Porque el Albacete, sin darse nunca a la poesía ni en sus minutos más felices, pareció varios mundos por delante de un conjunto aragonés sin plan, sin patrón y sin aparente vida futura. Abrazados al plan de Ramis y sosteniendo un rigor táctico propio de otras culturas, el equipo local destruyó a su rival apenas cortocircuitando la conexión de sus aquí erráticos centrales con Eguarás en el progreso inicial de la jugada. En media hora sólo comparable a una tormenta en alta mar, llegaron las pérdidas en campo propio, los desajustes defensivos, la fiebre con temblores en el eje de la zaga y dos goles, uno de ellos en propia puerta de Verdasca y otro, obra del filoso delantero marroquí Manaj. Pudieron y debieron de ser más si el Zaragoza no hubiera parecido un espectro rogando clemencia.

Quizá al Albacete se le acumulara la humanidad y le conmoviera la impotencia de su oponente o quizá empezó a mirar el resultado y el marcador demasiado pronto. En la segunda opción, se anota una mano que no fue del central Arroyo justo delante de la medialuna de su área, que invitó a Zapater a ensayar una falta peligrosa. Una falta a 35 metros hubiese parecido peligrosa con la primera mitad que estaba perpetrando el conjunto aragonés… pero ésta era objetivamente peligrosa. Y aunque se marchó holgada por encima del larguero, los chicos del Belmonte parecieron pensar: ‘Mira que si nos vamos 2-1 al descanso cuando el encuentro está de 4-0 mínimo…’. Y así no dejaron de mirar lo que llevaban y lo que quedaba, y se olvidaron de mirar la pelota hasta el descanso. Y hasta el final.

Todo esto se supo luego. Después de los 15 minutos que dura un descanso y que ahí parecieron 15 días. Nadie se parecía a nadie y nada se parecería a nada a la vuelta. El zaragocismo vivió el intermedio como un entierro. Tercera derrota seguida,
tras un arranque de temporada más que prometedor, y cada derrota por más margen y con peores sensaciones. No se podía rescatar a nadie, ni había nada a lo que agarrarse. A Idiakez se le afeaba todo, casi hasta lo rizado de su pelo. Porque cuando nos da por despellejar se nos da muy majo. Nacho, dos semanas atrás quemado en una hoguera de ira irracional, regresaba del averno en las improvisadas y breves tertulias de los aficionados para ser dueño de algún que otro elogio que ya parecía imposible conjugar en presente. Y ahí, justo ahí, cuando unos se sentaron delante del televisor por obligación profesional y otros por una frontera difusa entre el amor y el masoquismo, el Zaragoza de Idiakez volvió de su prematuro entierro para colorear su mortecina piel, querer la pelota, animarse a alguna combinación, ofrecer desmarques, atreverse con algún regate, disparar a puerta, levantar la cabeza, cruzar las miradas y sentirse vivos de nuevo.

Hacía falta un gol para que luego fuese necesario otro. El segundo sería necesario para empatar, pero el primero hacia falta porque nunca es lo mismo perder habiendo competido que perder por incomparecencia y sonrojo. Y el que hacía falta lo marcó quien más falta le hacía, Marc Gual, para estrenarse como goleador en partido oficial e ir despejando alguno de los fantasmas agoreros que llevaban una hora dando vueltas en círculo alrededor de un cuerpo inerte. El desmarque al espacio de Zapater, cayendo desde la banda izquierda, y su pase exacto para que Gual apenas la empujara merecen una loa y una ola, las dos cosas, porque Zapater no está en el fútbol para hacer esos trayectos… Y los hace pese a todo porque Zapa siempre ha puesto por encima la causa que a sí mismo.

El necesario lo anotó Álvaro Vázquez, tras mandar a por tabaco a Tejero en una ruta sin balón de delantero de superior categoría y un control más definición de la misma categoría. No hubo tercero, el que hubiera completado una remontada que hace 20 meses que no se firma. Se estuvo cerca, sin ocasiones claras, pero rondando el área rival hasta el pitido final. Y haciéndolo, apenas con el ingrávido cambio de Soro por Pombo en los cuatro últimos minutos, con los mismos que acabaron sin pulso la primera mitad. Las lesiones de Papu y Verdasca en el acto inicial obligaron a gastar dos cambios antes de tiempo y ni siquiera parecía quedar el consuelo de agitar el escenario con los cambios.

El escenario se agitó por completo, en realidad. Y lo hizo con los mismos que estaban y ya no se les esperaba. Se logró hasta con Perone, que no levantó el nivel en todo el partido y convirtió en un misterio la ausencia del solvente Álex Muñoz de la alineación… ¡y de la convocatoria! Y, sobre el mérito coral, se logró gracias al enésimo milagro de Cristian, negándole un cabezazo casi sobre la hora a Ortuño, y gracias a un Lasure que tuvo un segundo de desatención en el primer gol manchego y 90 minutos de cuarto creciente… para terminar en luna llena. Llena y poderosa, para devolverle la vida a los presuntos muertos y permitir al Zaragoza de Idiakez regresar de su entierro.

Cefalópodo. Activista de imposibles renovables. Dueño, como nadador, de un diploma paralímpico único en Londres 2012. Único... porque no ganó más (50 espalda) y porque nunca nadie ha alcanzado uno igual: con 33 años y sin haber entrenado nunca antes de los treinta. Doctor Honoris Causa en México y conferenciante motivacional sin fronteras en www.delospiesalacabeza.org, regresa a la redacción deportiva tras fatigar teclados en Heraldo de Aragón y en As a principios del siglo

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