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Zidane, durante el partido contra el Atlético en Nueva York (3-7). CORDON PRESS

Opinión

Zidane y la gastritis

Es lo malo de las revoluciones que no revolucionan nada, que al final lo que no se renueva se acaba pudriendo.

Decía Groucho Marx que lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado. Algo así le pasa al ínclito entrenador del Real Madrid y a su sufrida afición.

Corría el final de la funesta temporada pasada cuando Florentino, buscando que al que corriesen no fuese a él, recurrió a Zinedine para intentar aliviar, que no curar, los pesares del equipo. Como médico, ZZ demostró que los cuidados paliativos no eran lo suyo, porque se limitó a sentarse con cara de aburrido al lado del enfermo hasta que éste pasó a mejor vida. El zidanismo se apresuró a explicarnos que aquello no se arreglaba ni con diez capas de pintura y que lo bueno vendría después, en una resurrección tras la cual al equipo no lo iba a conocer ni la madre que lo parió (“Van a cambiar muchas cosas”, dijo el propio Zidane).

Lo malo, por seguir la analogía médica, es que al igual que los infortunados casados de Groucho, el francés confundió el amor a la plantilla que tantas alegrías le dio con la gastritis de un equipo que sale a jugar al fútbol con la misma alegría que los demás vamos al dentista. Aquellos jugadores que él conoció ya ni están ni se les espera. Con más mili que el palo de la bandera, el riñón forrado y pocas ganas de correr, a los Ramos, Marcelo o Kroos se les puede pedir cualquier cosa menos entusiasmo, como canta Sabina.

Hace muchos años, Edmilson, el centrocampista de brega que ponía el músculo en aquel Barcelona de fantasía, afirmaba que para que los artistas luciesen eran otros, como él, los que tenían que “cargar con el piano”. Lo triste es que en el Madrid actual no hay nadie que cargue con el instrumento y, para mayor desgracia, tampoco hay quien intente arrancarle ni una triste nota. El año pasado toda la plantilla hizo una exhibición pública de abandono y falta de intensidad que dieron los resultados que todos sabemos. Ni entre tres entrenadores consiguieron levantar aquel cementerio deportivo, pero por alguna razón entre el embeleso y los dolores de barriga, Zidane parece convencido de que subiendo al carro a Hazard, Pogba y tres o cuatro suplentes esta recua de jumentos reventados se van a convertir en una yeguada SR4 que vuelva a dejar pasmado al planeta fútbol.

Y lo más irónico de este “Lázaro levántate y anda” que de momento parece que no está arrancando demasiado bien es que, aún en el improbable caso de que acabase funcionando nos abocaría a la misma situación la temporada que viene. Porque todos sumarían un año más y algunos sobrepasarían la treintena con holgura. Y ya no quedarían Ceballos, Llorentes ni Reguilones a los que echar la culpa del desaguisado. Es lo malo de las revoluciones que no revolucionan nada, que al final lo que no se renueva se acaba pudriendo. Y, lo que es aún más triste, puede que lo que el madridismo creyó que era un amor eterno al entrenador perfecto acabe resultando una gastritis que puede dejarnos secuelas muy complicadas, porque al menos Florentino ya está casado con el francés y le acompañará, para bien y para mal, en la salud y en la enfermedad, hasta el final del camino.

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